Lo que la sangre no perdona

36 En guardia

Vesper

Llevamos una semana de tregua forzada, y debo admitir que Killian me ha sorprendido. No ha habido intentos de seducción, ni miradas de cachorrito apaleado, ni interrupciones dramáticas. Se ha limitado a ser eficiente, puntual y extrañamente silencioso. Trabajamos en la mesa larga de la sala de juntas de la constructora, rodeados de planos, muestras de materiales y gráficos de métricas. La distancia profesional que impuse se ha mantenido... al menos hasta hoy.
Lina, mi mejor amiga y la única persona capaz de entrar en mi zona de trabajo sin pedir permiso, ha venido a traerme unos documentos y, de paso, a "analizar la situación".
Killian está sentado al otro lado de la mesa, sumergido en su ordenador mientras bebe un café solo. Parece que no nos escucha, pero sé que tiene el oído puesto en cada palabra que decimos.
—Vesper, en serio —Lina se apoya en mi escritorio, ignorando olímpicamente la presencia de Killian—. Te veo demasiado centrada. Estás radiante, sí, pero estás acumulando una tensión que no es sana.
—Es el trabajo, Lina —respondo sin levantar la vista de la pantalla—. El lanzamiento de la nueva fase es en dos semanas.
—No es el trabajo, es la abstinencia —suelta ella con una carcajada, bajando el tono pero no lo suficiente—. Tienes esa mirada de "necesito que alguien me desmonte". Lo que tú necesitas es una noche de locura, salir, beber algo que no sea agua con gas y, básicamente, follar. Un buen revolcón de esos que te dejan las piernas como gelatina y te hacen olvidar hasta tu nombre.
Me quedo paralizada, con el ratón en la mano y la cara encendiéndose como un árbol de Navidad.
—¡Lina! —susurro con un hilo de voz, lanzando una mirada fugaz hacia Killian.
En ese preciso instante, un sonido de asfixia rompe el silencio del despacho. Killian, que acababa de dar un sorbo a su café, se ha atragantado. El sonido es una mezcla de tos violenta y esfuerzo por no escupir el líquido sobre los planos de medio millón de dólares. Se golpea el pecho con el puño, con la cara roja y los ojos llorosos, intentando recuperar el aire.
—¿Estás bien, Vane? —pregunta Lina con una sonrisa maliciosa, disfrutando del espectáculo.
Killian deja la taza con un golpe seco sobre la mesa, se limpia la boca con una servilleta y nos mira. Su expresión es una mezcla de indignación, celos mal disimulados y puro shock.
—Si vais a discutir vuestra... agenda recreativa —dice él con la voz todavía un poco ronca por la tos—, podríais hacerlo en la cafetería. Hay gente aquí intentando concentrarse en presupuestos de cimentación.
—Uy, perdón —Lina se cruza de brazos, divirtiéndose—. No sabía que el heredero fuera tan puritano. Solo le estaba dando un consejo de salud a mi amiga. El sexo libera endorfinas, ¿sabes?
Killian se levanta de la silla de golpe, rodeando la mesa hasta quedar a un par de metros de nosotras. Su mandíbula está tan tensa que parece que va a romperse.
—Vesper no necesita consejos de ese tipo, y menos de alguien que cree que "un revolcón" es la solución a todo —espeta él, clavando sus ojos en los míos. El tono profesional ha desaparecido por completo, sustituido por esa posesividad territorial que no ha logrado erradicar del todo—. Si está cansada, lo que necesita es descansar, no irse por ahí con el primer idiota que se cruce en un bar.
—¿El primer idiota? —me decido a intervenir, arqueando una ceja y cruzándome de brazos—. No sabía que ahora eras el gestor de mi vida privada, Killian. Creía que estábamos aquí para hablar de marketing.
—Lo estamos —responde él, dando un paso más hacia mí, ignorando a Lina por completo—. Pero me cuesta mucho centrarme en los beneficios del trimestre mientras escucho cómo te sugieren que... que hagas eso.
—¿Que haga qué? ¿Sexo? —le digo, desafiante, disfrutando por primera vez de verlo perder los papeles—. Es una palabra de cuatro letras, Killian. Y Lina tiene razón, soy una mujer libre. Puedo hacer lo que quiera, con quien quiera.
Killian abre la boca para replicar, pero se queda mudo. Veo cómo sus manos se cierran en puños a sus costados. El silencio en la sala se vuelve denso, cargado de una electricidad que no tiene nada que ver con el trabajo. Lina nos mira a los dos como si estuviéramos en una película de estreno, pasándose una mano por el pelo con aire triunfal.
—Bueno —dice Lina, rompiendo el momento—, yo me voy. Vesper, piénsalo. Hay un chico en mi gimnasio que...
—Lina, vete ya —le pido, aunque estoy intentando no reírme de la cara de Killian.
Cuando mi amiga sale por la puerta, Killian se queda ahí, mirándome como si fuera la primera vez que se da cuenta de que realmente podría perderme para siempre si otro hombre entra en escena. El aire de "profesional impecable" se ha desmoronado, dejando ver al hombre que todavía se muere por reclamarme, aunque sepa que no tiene derecho a hacerlo.
Apenas se cierra la puerta tras Lina, el silencio en la sala de juntas se vuelve ensordecedor. Killian sigue ahí de pie, con la respiración un poco más agitada de lo normal, mirándome como si estuviera a punto de estallar o de suplicar. Yo me obligo a volver a mi pantalla, aunque las letras bailan frente a mis ojos.
De repente, mi teléfono vibra sobre la mesa. Lo desbloqueo y veo la notificación de Lina.
Lina: "¿Has visto cómo se ha puesto de rojo? Ese hombre sigue locamente enamorado de ti, Vesper. Le ha faltado marcar el territorio con orina. Solo le he dicho esas burradas para ver cómo saltaba... ¡y vaya si ha saltado! Disfruta del espectáculo, nena. Se lo merece."
No puedo evitarlo. Una pequeña risa se me escapa, una mezcla de alivio por la ocurrencia de mi amiga y de diversión al recordar el momento en que Killian casi escupe el café. Es la primera vez que me río de verdad en esta oficina, y se siente bien.
—¿Se puede saber qué es tan gracioso? —la voz de Killian suena como un trueno bajo.
Levanto la vista. Está apoyado contra el borde de la mesa, observándome con una mezcla de sospecha y ansiedad. Sus ojos saltan de mi cara a la pantalla del móvil que acabo de bloquear.
—Cosas de Lina —respondo con sencillez, intentando recuperar la compostura.
—¿Cosas de Lina o del "chico del gimnasio"? —espeta él. Da un paso hacia mí, invadiendo ese espacio que habíamos acordado respetar—. Porque te ha faltado tiempo para sonreírle a la pantalla en cuanto ella ha salido por esa puerta.
—Killian, vuelve a tu sitio —le digo con calma, aunque por dentro me divierte su desesperación—. No tengo por qué darte explicaciones de quién me escribe.
—Me importa una mierda el protocolo ahora mismo, Vesper —dice, y noto que está perdiendo el control—. Llevo una semana siendo el profesional perfecto, aguantando las ganas de hablarte de nosotros, y en cinco minutos llega tu amiga a decirte que te busques a cualquiera para... para eso. Y tú te ríes. ¿Tan rápido vas a pasar página? ¿Tan poco te importa ya que esté aquí intentando arreglar las cosas?
—Lo que me importa es que no sabes comportarte —le rebato, poniéndome en pie para quedar a su altura—. Te has atragantado porque no soportas la idea de que yo tenga una vida propia. ¿Qué pasa, Killian? ¿Te molesta que alguien más pueda hacerme sonreír?
Él se queda mudo un segundo, con la mandíbula apretada. Se acerca tanto que puedo oler de nuevo ese perfume suyo que me nubla el juicio, pero esta vez no retrocedo.
—Me molesta no saber quién es —confiesa en un susurro cargado de rabia y celos—. Me molesta imaginar que estás escribiéndote con alguien mientras yo estoy aquí, a un metro de ti, muriéndome por decirte que ese mensaje debería ser mío.
—Pues no lo es —le digo, guardando el móvil en el bolsillo—. Es de mi amiga, burlándose de lo ridículo que te has visto celando a alguien que ya no es tuyo. Así que, si quieres que sigamos trabajando, siéntate y termina el informe de costes. O tendré que decirle a Román que el "profesional" Killian Vane no puede manejar una conversación sobre sexo sin colapsar.
Él me mira con una intensidad que me hace vibrar las rodillas, pero finalmente, suelta un gruñido de frustración y se desploma en su silla, arrastrándola con un ruido estridente. Se pasa las manos por el pelo, totalmente desquiciado, mientras yo vuelvo a mis notas con una pequeña sonrisa triunfal que no intento ocultar.
Lina tiene razón: ver cómo su armadura de hielo se derrite por unos celos absurdos es, sin duda, la mejor parte de este proyecto.




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