Lo que la sangre no perdona

37 Sabor amargo

Vesper

La sala de juntas todavía vibra con el eco de los aplausos. La presentación ha sido impecable; la mezcla de mi estrategia creativa y el rigor operativo de Killian ha encajado como las piezas de un reloj suizo. Román preside la mesa con una sonrisa de satisfacción que rara vez muestra en público, y los directivos asienten, intercambiando comentarios elogiosos sobre la "nueva energía" de la constructora.
—Excelente trabajo, de verdad —dice uno de los socios mayoritarios, estrechándome la mano—. Hacía tiempo que no veíamos una propuesta tan sólida y coherente. Felicidades a los dos.
Me giro para compartir el momento con Killian, esperando ver un destello de ese orgullo arrogante que solía mostrar, o al menos una mirada de complicidad. Pero no hay nada.
Killian está cerrando su portátil con una brusquedad que roza la mala educación. No sonríe. No agradece los cumplidos. Ni siquiera levanta la vista para mirar a los hombres que acaban de alabar su gestión. Recoge sus notas, se cuelga la chaqueta al hombro y, sin decir una sola palabra, se da la vuelta y sale de la sala.
El silencio que deja a su paso es incómodo. Los directivos se miran entre sí, confundidos por la huida del heredero en su momento de gloria. Yo me quedo allí, con la mano aún tibia por los saludos, sintiendo un vacío extraño en el estómago. Debería estar celebrando, pero su desplante se siente como una bofetada fría.
—Disculpadle —interviene Román, recuperando el control de la situación con su elegancia habitual—. Ha sido una semana intensa y mi hijo tiene... otros asuntos urgentes que atender en su despacho.
Los presentes asienten y empiezan a recoger sus cosas, abandonando la sala poco a poco. Me quedo a solas con Román. Él no se mueve. Se queda de pie al final de la mesa, mirando hacia la puerta por la que Killian acaba de desaparecer. Sus hombros, normalmente rectos como un muro, parecen haber cedido un poco bajo el peso de su traje de sastre.
En sus ojos no hay la dureza del jefe, sino la pena de un padre que ve cómo su hijo se rompe por dentro mientras intenta reconstruirse por fuera.
Román suspira y gira la cabeza hacia mí. Su mirada es profunda, cargada de una comprensión que casi me duele.
—Lo ha hecho muy bien, Vesper —dice en voz baja, refiriéndose a algo más que al proyecto—. Y tú también.
—Se ha ido sin decir nada, Román —susurro, sintiendo cómo la rabia de ayer se transforma en una tristeza que no quiero admitir—. Todo el mundo le estaba felicitando y él simplemente... ha huido.
—No ha huido del éxito, hija —Román se acerca y me pone una mano en el hombro, con un gesto paternal que me desarma—. Ha huido de la realidad de que, por muy buen trabajo que haga, por muchas juntas que gane, sigue volviendo a un despacho vacío donde no estás tú.
Me quedo en silencio, procesando sus palabras.
—Killian está aprendiendo que el dinero y el poder no sirven de nada para llenar el silencio —continúa Román—. Míralo. Tiene todo lo que un Vane podría desear, y sin embargo, parece que camina por un desierto. Me duele verlo así, pero es necesario. Es el precio de su madurez.
—Ayer fui muy dura con él —confieso, bajando la vista al suelo—. Le dije cosas... sobre mi libertad que sé que le dolieron.
Román me dedica una sonrisa triste.
—Le dijiste la verdad. Y la verdad es el único suelo firme sobre el que él puede empezar a construir algo real. No te sientas culpable por ser libre, Vesper. Él tiene que aprender a amarte en tu libertad, no en tu necesidad.
Román se retira, dejándome sola en la enorme sala de juntas. Miro hacia el pasillo que conduce a los despachos privados. Sé que Killian está allí, al final del corredor, escondido tras su puerta de roble, lidiando con el éxito profesional y el fracaso personal. Y por primera vez en mucho tiempo, no siento ganas de gritarle. Siento ganas de saber si ese silencio que lo rodea es el de la derrota o el de alguien que, finalmente, ha entendido que ganar no siempre significa triunfar.
El silencio de la sala de juntas se me echa encima. Necesito ruido, necesito risas y, sobre todo, necesito recordar quién es Vesper cuando no está analizando balances o esquivando los ojos atormentados de un Vane. Saco el móvil y llamo a Lina.
—¿Lina? Necesito alcohol, música y que me hables de cualquier cosa que no tenga que ver con cemento o remordimientos.
—¡Esa es mi chica! —responde ella al instante—. Pues te viene de perlas. Kai acaba de llamarme para decirme que se lleva a Killian y a los demás de "ruta de tíos". Según mi chico, Killian tiene cara de querer prenderle fuego al mundo, así que Kai va a intentar que no se hunda del todo. ¡Es nuestra oportunidad perfecta para una noche de chicas!
Una punzada de adrenalina me recorre. El hecho de que Lina sea la pareja de Kai hace que nuestras vidas estén inevitablemente entrelazadas, pero esta noche las líneas están bien marcadas: ellos por su lado, nosotras por el nuestro.
—Perfecto. Pasado mañana es historia, hoy es nuestra noche. ¿Cenamos y luego a la pista?
—Ponte el vestido ese que me hace dudar de mi orientación sexual, Vesper. Paso por ti en una hora.
Cenamos en un pequeño local de sushi, entre copas de vino blanco y confidencias. Lina me cuenta lo difícil que es para Kai ver a su mejor amigo autodestruirse lentamente, a pesar de que ahora esté "centrado" en el trabajo.
—Kai está preocupado, Vesper —me dice, robándome un maki—. Dice que Killian trabaja como un animal pero que, en cuanto se queda solo, se apaga. Esta noche lo ha sacado casi a rastras de la oficina para que no se convierta en un fantasma.
—Pues espero que se divierta —respondo con una frialdad que no siento del todo—. Yo planeo hacer lo mismo.
Lina me sonríe y levanta su copa.
—Esa es la actitud.
Entramos en Aura, la discoteca de moda. El bajo de la música nos golpea en el pecho y el ambiente está cargado de esa energía eléctrica de las noches que prometen complicaciones. No tardamos ni cinco minutos en localizar al "grupo de rescate".
En la zona VIP, rodeados de botellas y humo, están Kai y los demás. Kai tiene un brazo apoyado en el respaldo del sofá, riendo con alguien, pero su mirada cambia cuando nos ve entrar. Me dedica un saludo discreto con la cabeza, sabiendo perfectamente que Lina y yo venimos a dar guerra.
Y allí, a su lado, está Killian.
No está bailando. No está riendo. Tiene una copa de cristal de roca en la mano y la mirada clavada en la entrada de la pista. Cuando sus ojos se encuentran con los míos, veo cómo se tensa de forma casi violenta. Se queda inmóvil, como si ver el vestido que llevo puesto —corto, negro y con la espalda descubierta— fuera un golpe físico que no esperaba recibir.
—Ni se te ocurra mirar hacia allí mucho tiempo —me advierte Lina al oído, aunque ella le lanza un beso volado a su novio—. Hoy hemos venido a que te miren, no a que tú lo vigiles a él. Deja que los chicos sufran un poco viendo lo que se pierden.
Pedimos dos gin-tonics y nos lanzamos a la pista. Me dejo llevar por el ritmo, cerrando los ojos y permitiendo que la música me envuelva. Bailo sintiendo cada movimiento, cada nota, disfrutando de la libertad de no tener que dar explicaciones a nadie.
—Vesper —me grita Lina sobre el estruendo de la música, con una sonrisa de absoluta travesura—, Kai me acaba de mandar un mensaje. Dice que Killian está a un paso de saltar la valla del VIP para venir a buscarte y que él lo tiene agarrado del brazo para que no haga ninguna estupidez. ¡Míralo!
Me río, echando la cabeza hacia atrás, y por el rabillo del ojo veo la silueta de Killian de pie en el borde del reservado de Aura. Está ignorando su copa, ignorando a Kai, ignorando todo lo que no sea mi figura moviéndose bajo las luces de neón. Sabe que no puede acercarse, sabe que no tiene derecho a reclamarme, y ver esa lucha interna en él es la mejor música que podría escuchar esta noche.
La música en Aura sube de intensidad, y con ella, mi deseo de desaparecer en el ritmo. Siento el calor de la gente a mi alrededor, pero hay una presencia que se vuelve más nítida. Un chico, un par de años mayor que yo, con una sonrisa segura y manos que no dudan, se sitúa detrás de mí.
No me alejo.
Al contrario, ajusto mi paso al suyo. Siento sus manos apoyarse con firmeza en mi cintura, guiando el movimiento de mis caderas. Es un contacto extraño, carente de la historia y el peso que tiene el tacto de Killian, pero es malditamente eficaz para acallar mis pensamientos. Me dejo llevar, inclinando la cabeza hacia atrás mientras él se acerca a mi cuello, susurrando algo que no llego a entender sobre el ruido, pero que me hace reír.
Permito que sus dedos rocen la piel desnuda de mi espalda. Por un segundo, cierro los ojos y me obligo a disfrutar de la sensación de ser deseada por alguien que no tiene el poder de romperme el corazón.
Sin embargo, el instinto me obliga a mirar hacia el reservado VIP.
Busco la mirada furiosa de Killian, esperaba encontrar sus ojos inyectados en sangre, sus puños cerrados o a Kai forcejeando con él para evitar una pelea. Esperaba ver al Killian posesivo de siempre, al que reclama lo que cree suyo a base de gritos y arrogancia.
Pero lo que veo es mucho peor.
Killian no está peleando. Está de pie, estático, mirando la escena con una expresión que no es de rabia, sino de una derrota absoluta y devastadora. No hay fuego en sus ojos, solo cenizas. Me mira como si acabara de entender que el hilo que nos unía no se ha tensado, sino que se ha cortado definitivamente.
Nuestras miradas se cruzan durante tres segundos que parecen una eternidad. El chico que baila conmigo aprieta su agarre, y veo cómo la mandíbula de Killian se tensa por última vez antes de que su rostro se vuelva inexpresivo, como una máscara de mármol.
Sin decir una palabra, sin mirar a Kai que intenta decirle algo, Killian deja su copa intacta sobre la mesa, se da la vuelta y camina hacia la salida. Su paso no es errático, es el paso de alguien que ya no tiene motivos para quedarse en un lugar donde es un extraño.
—Vesper, se ha ido —Lina aparece a mi lado, apartando suavemente al chico, que me mira confundido—. Se ha marchado, tía. Kai dice que nunca lo había visto con esa cara. Ni siquiera cuando lo de Jazmín.
Me quedo helada en mitad de la pista, mientras el chico intenta recuperar mi atención. Pero el hechizo se ha roto. La adrenalina de la provocación se ha evaporado, dejando en su lugar un frío ártico en mis venas.
Había ganado. Le había demostrado que soy libre, que puedo dejar que otros me toquen, que él ya no es mi dueño. Pero al ver su espalda desaparecer por las puertas de Aura, no siento la victoria. Siento que, por fin, he logrado lo que tanto quería: empujarlo al abismo. Y la vista desde el borde es mucho más solitaria de lo que imaginaba.
—Lina, sácame de aquí —susurro, ignorando al chico que me rodea—. Vámonos a casa.
—¿Estás bien? —me pregunta ella, preocupada.
—No lo sé. Solo... vámonos.
Salimos a la noche fresca de la ciudad. Mientras esperamos el coche, miro hacia la calle oscura por la que se fue el suyo. El silencio de la noche empieza a pesar más que el ruido de la discoteca, y me doy cuenta de que hay una línea muy fina entre recuperar tu poder y destruir lo poco que queda de alguien que, por primera vez, estaba intentando ser mejor. Y esta noche, me temo que he cruzado esa línea de un salto.




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