Lo que la sangre no perdona

38 El peso del silencio

Vesper

Ha pasado una semana. Siete días exactos desde que Killian levantó aquel muro de hielo en su habitación y me sentenció a ser, simplemente, su hermanastra.
Cumple su palabra con una disciplina que me aterra. En el desayuno, me pasa el café con una cortesía mecánica, sin que sus dedos rocen los míos, sin levantar la vista del periódico. En la oficina, es el socio perfecto: eficiente, brillante y distante. Ya no hay "pings" de mensajes suyos, ni miradas cargadas de electricidad por encima del monitor. Me trata con la amabilidad aséptica con la que trataría a un extraño en un ascensor.
Y me está matando.
Son las tres de la mañana y el techo de mi habitación parece estar a punto de desplomarse sobre mí. Me giro en la cama, buscando una posición que no existe, sintiendo un vacío en el pecho que ninguna victoria profesional puede llenar. Me rindo, me incorporo y abrazo mis rodillas mientras las primeras lágrimas, calientes y traicioneras, empiezan a resbalar por mis mejillas.
Se ha rendido. Killian Vane, el hombre que no aceptaba un "no" por respuesta, el que quemaba el mundo por lo que quería, finalmente ha dejado de luchar por mí. Y lo peor es que fui yo quien le dio el empujón final aquella noche en Aura.
Busco mi teléfono y, con la vista nublada, le escribo a Lina. Sé que está despierta; ella y Kai tienen horarios de vampiros.
Vesper: No puedo más, Lina. Se ha rendido de verdad. Me trata como si fuera de cristal, como si fuera solo la hija de la mujer de su padre. No hay nada en sus ojos. Lo he roto.
La respuesta tarda apenas un minuto en llegar.
Lina: Has estado jugando a la ruleta rusa con un hombre que ya estaba sangrando, Vesper. ¿Qué esperabas? Le diste donde más le dolía y él ha hecho lo único que le quedaba para sobrevivir: alejarse.
Suelto un sollozo ahogado, escondiendo la cara en la almohada para que mi madre o Román no me oigan desde el otro lado del pasillo.
Vesper: Pero me duele. Pensé que quería que parara, pero ahora que lo ha hecho, siento que me falta el aire. Me siento una hipócrita.
Lina: No eres una hipócrita, eres humana. Pero escucha bien, nena: no puedes estar entre dos aguas. No puedes jugar con fuego y quejarte cuando el incendio se apaga por falta de oxígeno. Tienes que decidir. O lo perdonas de verdad y te arriesgas, o dejas que este muro sea permanente y sigues con tu vida. Lo que no puedes hacer es seguir castigándolo y esperar que él siga pidiendo perdón para siempre. Nadie aguanta tanto.
Miro la pantalla del móvil hasta que la luz me quema los ojos. "No puedes estar entre dos aguas". Lina tiene razón. He pasado semanas usando mi libertad como un látigo, disfrutando del poder de verlo sufrir porque yo sufrí primero. Pero ahora que el látigo no tiene a quién golpear porque él se ha retirado de la arena, el peso de la soledad es insoportable.
Me levanto de la cama y camino hacia la ventana. La habitación de Killian está a solo unos metros, al final del ala derecha de la mansión. Sé que él también está despierto. Sé que su silencio no es paz, es renuncia.
Me abrazo a mí misma, tiritando a pesar del calor de la habitación. He ganado la guerra, pero me he quedado sola en el campo de batalla. Y ahora, con las palabras de Lina grabadas a fuego en mi mente, me doy cuenta de que perdonar no es solo un regalo para él... es la única forma que tengo de volver a respirar yo.
Mis pies descalzos no hacen ruido sobre la alfombra del pasillo. Cada paso es una batalla interna entre mi orgullo y esta necesidad asfixiante de saber que no lo he perdido para siempre. Me detengo frente a su puerta. Mi mano tiembla sobre el pomo, pero esta vez no dudo. Entro.
La habitación está en penumbra, bañada solo por la luz plateada de la luna que se filtra por los ventanales. El aire aquí huele a él, a ese perfume amaderado y a algo más profundo, algo que me resulta tan familiar como mi propia respiración. Killian está dormido, o al menos eso parece. Su cuerpo es una silueta imponente bajo las sábanas oscuras; su rostro, habitualmente tenso y alerta, se ve extrañamente vulnerable en el descanso.
Me acerco con cuidado y me siento en el borde del colchón. El peso de mi cuerpo hace que la cama ceda un poco, pero él no se mueve. Me quedo unos minutos simplemente observándolo, sintiendo cómo el nudo en mi garganta se aprieta. Estiro la mano, con los dedos vacilantes, y acaricio su mejilla. Su piel está cálida, un poco áspera por la barba de un día que empieza a asomar. Deslizo mis dedos por su sien, apartando un mechón de pelo rebelde.
—Perdóname —susurro, tan bajo que apenas es un aliento.
De repente, su mano atrapa mi muñeca con la rapidez de un resorte. Sus ojos se abren de golpe, conectando con los míos con una intensidad que me hace saltar el corazón. No hay sueño en ellos, solo una alerta fría.
—¿Qué haces aquí, Vesper? —Su voz es un gruñido bajo, cargado de una advertencia que me hiela la sangre.
—No podía dormir —respondo, intentando que mi voz no tiemble.
Él me suelta la muñeca como si mi contacto le quemara y se incorpora, apoyando la espalda en el cabecero. Se frota la cara, claramente irritado, y señala la puerta con un gesto brusco.
—Vete. Te lo dije hace una semana. Fuera de esta habitación.
—Killian, por favor...
—No hay "por favor" que valga —me corta, y ahora su voz sube de tono, ganando esa agresividad defensiva—. Hemos pactado algo. Hermanastros. Distancia. Profesionalidad. No puedes venir aquí a las cuatro de la mañana a acariciarme como si nada hubiera pasado. No soy tu juguete, Vesper. No puedes romperme un día y venir a pegarme los trozos al siguiente cuando te sientes sola. ¡Vete de aquí!
—¡No me voy a ir! —le grito, poniéndome en pie pero sin retroceder hacia la salida. La rabia y la desesperación estallan en mí—. Me importa una mierda lo que pactamos. Estoy harta de este teatro, de que me pases el café como si fuera una desconocida y de que me mires como si no existiera.
—¡Es lo que tú querías! —brama él, poniéndose en pie también. Se queda frente a mí, a escasos centímetros, y su pecho sube y baja con violencia—. ¡Me diste una lección en aquella discoteca! Me demostraste que ya no significo nada para ti. Pues bien, lo acepté. Me rendí. Te dejé el camino libre para que te toquen todos los tipos del gimnasio que quieras. ¿Ahora qué quieres? ¿Quieres que vuelva a arrastrarme para poder pisotearme otra vez?
—¡Quiero que dejes de ser un imbécil! —le espeto, golpeándole el pecho con la palma de la mano—. No me voy a marchar de esta habitación, Killian. Puedes gritar, puedes echar la llave o puedes intentar ignorarme, pero no voy a dejar que entierres lo que sentimos bajo esa fachada de hijo perfecto de Román Vane.
Él me agarra de los brazos, no para sacarme, sino para mantenerme quieta, con los ojos inyectados en una mezcla de furia y dolor puro.
—Vesper, vete ahora mismo —dice con los dientes apretados—, porque si te quedas... si te quedas en esta habitación un minuto más, no voy a poder seguir fingiendo. Y juro que si este muro se cae, no va a quedar nada de pie para ninguno de los dos.
—Que se caiga —le reto, sosteniéndole la mirada con lágrimas en los ojos—. Que se caiga todo, Killian. Pero no me pidas que me marche. Porque esta vez, soy yo la que ha decidido que no se va.
—¡HE DICHO QUE TE LARGUES! —el grito de Killian resuena contra las paredes de la habitación como una explosión.
Nunca lo había visto así. Su rostro está congestionado, las venas de su cuello se marcan bajo la piel y sus ojos desprenden una rabia que es puro veneno. Pero no me muevo. Me quedo firme, respirando su mismo aire, soportando el vendaval de su furia.
—¡No! —le devuelvo el grito, con la voz quebrada pero decidida—. ¡No me voy!
—¿Ah, no? —se ríe de forma histérica, una risa seca que no tiene ninguna gracia—. Bien. Si no te vas tú, me voy yo. No voy a quedarme aquí para que sigas diseccionándome el cadáver del corazón. Quédate con la maldita habitación.
Se da la vuelta con una violencia brusca, agarra una camiseta del suelo y camina hacia la salida con zancadas largas. Pero yo soy más rápida. La adrenalina me da una velocidad que no sabía que tenía y me lanzo hacia la puerta, plantándome justo delante de ella. Extiendo los brazos, bloqueando el paso, y me cuadro con toda la fuerza que mis piernas pueden sostener.
—Apártate, Vesper —dice con una voz que da miedo por lo baja y contenida que es.
—No. No vas a huir. No vas a volver a esconderte detrás de esa máscara de hielo.
—¡Que te apartes! —ruge, dando un paso que casi me aplasta contra la madera de la puerta. Se cierne sobre mí, enorme, peligroso, rodeándome con su sombra—. No me obligues a sacarte de aquí a la fuerza.
—¡Hazlo! —le reto, echando la cabeza hacia atrás, pegando mi espalda contra el pomo frío—. ¡Sácame! ¡Tírame al pasillo! Pero si lo haces, Killian, vas a tener que cargar con el hecho de que fuiste tú el que cerró la puerta por última vez. ¡No me muevo!
Nos quedamos ahí, jadeando, pecho contra pecho. Puedo sentir el calor abrasador que emana de su cuerpo y el latido desbocado de su corazón golpeando mis costillas. La tensión en la habitación es tan alta que parece que el aire va a prender fuego en cualquier momento.
—¿Se puede saber qué coño quieres de mí? —estalla él, y esta vez su voz no es de mando, es de pura desesperación. Golpea la puerta con el puño, justo al lado de mi cabeza, haciendo que toda la estructura tiemble—. ¡Dímelo! ¡Dime qué quieres! Me pediste espacio, te lo di. Me pediste que fuera un profesional, y me he convertido en una puta máquina que apenas respira para no molestarte. He aceptado ser tu hermano, he aceptado que te rías de mí en mi cara con otros tíos... ¡Lo he aceptado todo!
Me agarra de los hombros y me sacude ligeramente, con los ojos empañados por una rabia que está a punto de convertirse en otra cosa.
—¿Qué más quieres, Vesper? ¿Quieres verme de rodillas? ¿Quieres que me abra el pecho y te entregue lo poco que queda? ¡Habla de una vez! ¡Me estás volviendo loco! Me dices que te deje en paz y cuando lo hago, vienes a mi cama a acariciarme. ¡No sé cómo tratarte! ¡No sé quién eres ni quién soy yo cuando estás cerca!
Sus manos aprietan mis hombros y su rostro está a milímetros del mío. Puedo ver el dolor en bruto, la herida abierta que no he dejado que se cierre en toda la semana.
—¿Quieres que te odie? —pregunta en un susurro desesperado—. Porque sería más fácil. Júralo. Sería mucho más fácil odiarte que estar muriéndome por dentro cada vez que te veo pasar por el pasillo y tengo que fingir que solo eres "la hija de mi madrastra". ¿Eso es lo que quieres? ¿Mi odio? ¡DILO!
El silencio que sigue a su grito es ensordecedor. Mis lágrimas finalmente caen, empapando mis mejillas, mientras lo miro con toda la verdad que he estado escondiendo tras mis juegos de poder.
—No quiero tu odio, Killian —susurro, y mi voz suena como el cristal rompiéndose—. Y tampoco quiero un hermano.
Sus manos se quedan paralizadas sobre mis hombros y su respiración se detiene, esperando un golpe que no sabe si será de gracia o de vida.




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