Lo que la sangre no perdona

39 Abandono

Vesper

Seis días. Seis días de un silencio glacial que ha convertido la mansión en un mausoleo. Desde aquella noche en su habitación, Killian no solo ha levantado un muro; ha construido una fortaleza de indiferencia. Me trata con una cortesía tan extrema que me hace sentir invisible. No hay reproches, no hay gritos, no hay nada. Solo el vacío.
Hoy, la gala benéfica de la Fundación Vane nos obliga a todos a interpretar el papel de la familia perfecta. Llevo un vestido de seda color esmeralda que debería hacerme sentir poderosa, pero por dentro me estoy desmoronando.
Estamos en el centro del salón principal, bajo las lámparas de cristal, cuando el aire parece cambiar de intensidad. Román, que está a mi lado, ensancha su sonrisa de una forma que rara vez hace: con auténtico entusiasmo.
—¡Pero miren quién ha vuelto! —exclama Román, alzando su copa—. ¡Bianca!
Me giro y el corazón me da un vuelco. Una mujer camina hacia nosotros con la elegancia de alguien que sabe que el mundo le pertenece. Es alta, con una melena azabache que cae en ondas perfectas y una piel de porcelana que resalta bajo un vestido de alta costura color champagne. Es, sencillamente, preciosa.
—Bianca, qué alegría —dice mi madre, uniéndose al saludo con un cariño genuino—. Habíamos oído que habías terminado tu máster en Londres.
—Acabo de aterrizar hace dos días —responde ella con una voz melódica, saludando a mi madre con un beso afectuoso—. No podía perderme la gala de los Vane. Son como mi segunda familia.
Bianca se gira hacia Killian y le dedica una sonrisa cálida, llena de la confianza de quien ha crecido a su lado. Es la hija de los mejores amigos de Román, una presencia constante en los veranos de la infancia de Killian que yo no viví.
—Killian, qué alegría verte —dice ella, dándole dos besos en las mejillas con una naturalidad pasmosa—. Estás mucho más serio que cuando estudiábamos juntos. ¿El trabajo te está robando el sentido del humor?
—Algo de eso hay —responde Killian, y por primera vez en una semana, veo una grieta en su máscara de hielo. Su rostro se relaja en una expresión de afecto fraternal, de nostalgia compartida—. Bienvenida a casa, Bianca. Te hemos echado de menos en la pandilla.
—Fueron grandes años en la universidad —comenta Román, mirando la escena con una satisfacción evidente—. Los padres de Bianca y yo siempre pensamos que hacían un equipo excelente. Me alegra mucho que vuelvas a estar cerca de nosotros.
Killian asiente, manteniendo una charla fluida y relajada con ella sobre amigos comunes, anécdotas de Londres y planes familiares. No hay un coqueteo evidente por parte de ella; es simplemente cariñosa, educada, la "chica ideal" que encaja perfectamente en el rompecabezas de los Vane. Ella no es una complicación. Ella es la paz que Killian parece haber encontrado ahora que ha decidido que yo solo soy su hermanastra.
Verlos así, hablando con esa facilidad que nosotros hemos perdido, me atraviesa el pecho como un puñal. Bianca no tiene que pedir perdón por nada. Bianca no le ha gritado ni lo ha humillado en una discoteca. Ella representa todo lo que la vida de Killian podría ser si yo no estuviera en medio ensuciándolo todo.
Siento que el oxígeno abandona mis pulmones. El verde de mi vestido parece burlarse de la bilis que me sube por la garganta. Ver a Killian sonreírle a ella con esa calma que a mí me niega me está consumiendo viva.
—Si me disculpan... —consigo decir, con una voz que suena a mil kilómetros de distancia—. Necesito ir al tocador.
No espero respuesta. No miro a Killian, aunque siento su mirada clavarse en mi nuca por un breve segundo. Camino lo más rápido que mis tacones me permiten, esquivando a empresarios y modelos, hasta que llego al pasillo de los baños.
Entro en el baño de mármol, cierro la puerta con pestillo y me apoyo contra el lavabo, jadeando. Me miro al espejo y no reconozco a la mujer que me devuelve la mirada. Tengo los ojos brillantes de lágrimas contenidas y las manos me tiemblan violentamente.
Los celos me queman. No es porque ella esté intentando quitármelo, sino porque ella es el recordatorio de que Killian tiene un mundo entero fuera de mí donde puede ser feliz, tranquilo y "normal". Y yo, encerrada en este baño, me doy cuenta de que la idea de que él encuentre esa paz lejos de mis brazos me está destrozando el alma.
Me obligo a mojarme las muñecas con agua fría para detener el temblor de mis manos. Me retoco el labial con dedos torpes, intentando recomponer la máscara de la "hermanastra perfecta" antes de salir de nuevo al foso de los leones.
Cuando salgo del baño, el murmullo de la fiesta me golpea como una barrera de sonido. A lo lejos, veo a Killian. Sigue en el mismo grupo, escuchando algo que Bianca cuenta con gestos animados. Él la mira con atención, asintiendo, con una mano metida en el bolsillo de su esmoquin. Se le ve tan... en su sitio. Tan libre del drama asfixiante que nos rodea a nosotros.
No puedo volver allí. No puedo acercarme y fingir que no me importa que su padre ya la esté visualizando como la futura señora Vane.
Camino hacia el grupo con paso decidido, pero manteniendo la mirada baja. Cuando llego a su altura, Román es el primero en notar mi presencia.
—Vesper, querida, estábamos a punto de pasar al comedor —dice él, con esa amabilidad señorial que siempre me hace sentir una impostora.
—Lo siento mucho, Román —consigo decir, forzando una sonrisa que me duele en los músculos de la cara—. Pero de repente me he empezado a sentir muy indispuesta. Debe de ser algo que he comido, o quizás el cansancio acumulado.
Siento la mirada de Killian sobre mí al instante. Es una mirada pesada, analítica, que intenta descifrar si mi palidez es real o si es otra de mis maniobras.
—¿Quieres que llamemos a un médico? —pregunta mi madre, acercándose con preocupación.
—No, mamá, de verdad. Solo necesito descansar. Me iré a casa ahora mismo, no quiero estropearles la noche a todos. Sigan disfrutando de la compañía de Bianca.
Bianca me mira con una simpatía que me resulta insoportable.
—Espero que te mejores pronto, Vesper. Es una pena que no podamos charlar más.
—Gracias —respondo secamente.
Entonces, mis ojos se cruzan con los de Killian. No hay rastro de la calidez que le mostraba a Bianca. Sus ojos vuelven a ser dos témpanos de hielo.
—¿Quieres que pida que preparen tu coche? —pregunta él. Su voz es tan impersonal, tan estrictamente educada, que me dan ganas de gritarle allí mismo.
—No es necesario. El chófer está fuera. Buenas noches a todos.
Me doy la vuelta antes de que alguien pueda decir nada más. Cruzo el salón, sintiendo que el vestido esmeralda pesa ahora como una armadura de plomo. Salgo al aire fresco de la noche y me subo al coche oficial de la familia en silencio.
Durante todo el trayecto de vuelta a la mansión, apoyo la frente contra el cristal frío de la ventanilla. La imagen de Killian relajado, sonriendo a esa mujer que no le exige nada, se ha quedado grabada en mi retina.
Al llegar, subo las escaleras corriendo y me encierro en mi habitación. Me quito el vestido, las joyas y el maquillaje como si me estuviera arrancando una piel que ya no me pertenece. Me meto en la cama y me cubro con el edredón hasta la barbilla, aunque la mansión está a una temperatura perfecta.
Tengo frío. Un frío que nace de saber que, mientras yo estoy aquí sola, Killian está allí fuera, descubriendo que la vida sin mí es mucho más sencilla. Y esa es la mayor amenaza de todas: no su odio, ni su rabia, sino su capacidad de ser feliz sin mí.
El silencio de mi habitación es insoportable. Las paredes de esta mansión parecen haberse estrechado, asfixiándome con el recuerdo de la mirada vacía de Killian y la sonrisa impecable de Bianca. No puedo quedarme así, con el corazón martilleando contra las costillas y esa sensación de pérdida quemándome la garganta.
Tomo el móvil con las manos temblorosas y marco el número de Lina. Necesito una voz que no me dé la razón por compromiso, alguien que me obligue a salir de este bucle de autocompasión.
—¿Vesper? Son casi las doce, ¿no estabas en la gala? —La voz de Lina suena distorsionada por el ruido de fondo; probablemente esté en algún local.
—Me he ido. No he podido más, Lina —suelto un sollozo que he estado conteniendo desde que salí del baño del salón—. Ha vuelto Bianca. Una antigua amiga de Killian, la mujer perfecta, la que su padre adora... Y él... él le sonreía. La trataba con una paz que conmigo ha muerto.
Le cuento todo en un torrente de palabras atropelladas: la frialdad de Killian en la oficina, la humillación de mi propio cuerpo traicionándome en su cama hace unos días, y cómo hoy, al verlo con otra, he sentido que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Me mira como si fuera un mueble, Lina. Como si fuera, de verdad, solo su hermanastra —termino, con la voz quebrada—. Y duele más que cuando me gritaba.
Se hace un silencio largo al otro lado de la línea. Escucho cómo Lina se aleja del ruido, probablemente saliendo a un callejón o a un baño para hablar conmigo.
—Vesper, escúchame bien porque solo te lo voy a decir una vez más —su voz suena firme, despojada de cualquier rastro de fiesta—. Estás recibiendo exactamente lo que sembraste.
—¿De qué lado estás? —pregunto, herida.
—Del lado de la realidad. Le pediste que te dejara en paz, le gritaste que no era nada para ti, le restregaste a otros tíos en la cara para castigarlo por lo de Jazmín. ¿Y ahora que el tío finalmente ha aprendido la lección y se está comportando como un caballero distante, te pones a llorar porque le sonríe a una vieja amiga? No puedes tenerlo todo, nena.
—Es que no quiero perderlo...
—¡Pues entonces deja de jugar! —me corta Lina con dureza—. Te lo he dicho mil veces: no puedes estar entre dos aguas. O lo perdonas de verdad, con todas las consecuencias, aceptando que él también está roto y que cometió un error de mierda, o lo dejas en paz definitivamente. Pero este limbo en el que lo tienes, donde lo castigas si se acerca y te mueres de celos si se aleja, es tóxico. Lo estás volviendo loco a él y te estás volviendo loca tú.
—Él ya no quiere saber nada de mí, Lina. Me echó de su habitación.
—Te echó porque tiene dignidad, Vesper. Porque no es un perro al que puedas silbar para que vuelva después de haberle dado una paliza emocional. Si quieres a Killian, vas a tener que bajar de ese pedestal de víctima, dejar de lado el orgullo y decidir si vale la pena el riesgo. Si no... deja que Bianca o cualquier otra le dé la paz que tú le has quitado. Pero decide ya, porque el fuego se está apagando y te vas a quedar a oscuras.
Cuando Lina cuelga me quedo mirando la pantalla iluminada del móvil, con sus palabras resonando en mi cabeza como una sentencia.
"O lo perdonas o lo dejas en paz".
Me tumbo en la cama, mirando las sombras que proyectan las ramas de los árboles en el techo. Lina tiene razón. He usado mi dolor como una excusa para ser cruel, y Killian, en su intento de redimirse, ha terminado por aceptar que la única forma de no hacerme más daño —y de no sufrir él— es sacarme de su corazón.
La pregunta ya no es qué va a hacer Killian. La pregunta es si yo soy capaz de soltar el látigo antes de que no quede nada de nosotros que salvar. Y la imagen de él sonriéndole a Bianca me da la respuesta: prefiero morir de miedo a su lado que vivir en esta seguridad gélida donde ya no somos nada.




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