Vesper
El comedor huele a café recién hecho y a una tensión que solo yo puedo palpar. Román preside la mesa con su habitual aire de autoridad, mientras mi madre revisa la agenda en su tablet. Y frente a mí, está él.
Killian parece impecable. Lleva una camisa blanca con los primeros botones abiertos y el pelo aún ligeramente húmedo de la ducha, lo que me indica que se ha despertado tarde tras nuestra "discusión" nocturna. No me mira. Mantiene los ojos fijos en el periódico, pero noto la rigidez de sus hombros. Sé que no ha olvidado el sabor de anoche. Yo tampoco.
—Vesper, querida —la voz de Román rompe el silencio—. ¿Cómo te encuentras? Anoche nos diste un buen susto marchándote tan pronto de la gala.
Siento la mirada de Killian subir lentamente desde el papel hasta mi rostro. Es un contacto visual fugaz, pero cargado de una electricidad que me quema.
—Mucho mejor, Román —respondo, manteniendo la voz firme y tomando un sorbo de té—. Solo necesitaba descansar. El aire del salón estaba muy cargado.
—Me alegra oírlo —asiente él—. Porque esta noche tenemos la cena de jubilación de Alberto Méndez. Es un pilar en el sector y quiero que vayamos todos. La familia Vane al completo. Es una cita ineludible.
—Allí estaré —confirmo, sintiendo cómo el estómago se me cierra. Otra noche de teatro. Otra noche de estar cerca de Killian sin poder ser su dueña.
Termino el desayuno por puro compromiso y me disculpo para subir a mi habitación. Necesito aire. Necesito distancia. Pero en cuanto cierro la puerta de mi cuarto y me quedo a solas, el peso de lo que ocurrió anoche me golpea con la fuerza de un huracán.
Verlo ahí abajo, tan pulcro, tan "hermano", cuando hace apenas unas horas lo tenía gimiendo mi nombre mientras yo me entregaba a él de rodillas, me está volviendo loca. El contraste entre su frialdad pública y su rendición privada es una tortura que no sé cómo gestionar.
Me deshago de la ropa de mañana, sintiendo que la tela me asfixia. Camino de un lado a otro, pero mi mente vuelve una y otra vez a la imagen de su cuerpo bajo el mío, a su reacción violenta de placer, a la forma en que mis labios lo marcaron. Siento un calor punzante que nace en mi vientre y se extiende por mis muslos, un hambre que no se sació anoche, sino que despertó a la bestia.
No sé qué me pasa. Siempre he tenido el control, siempre he sido yo la que marcaba los tiempos, pero ahora... ahora soy una adicta buscando su dosis.
Me tumbo en la cama, cerrando los ojos con fuerza. Intento pensar en otra cosa, en la cena de esta noche, en el trabajo, en Lina... pero solo visualizo sus manos, esas manos que ahora se niegan a tocarme, recorriendo mi piel. Suelto un gemido de frustración y mis manos descienden por mi propio cuerpo de forma instintiva.
Necesito borrar la tensión. Necesito apagar este incendio antes de que llegue la noche y tenga que volver a sentarme a su lado en una mesa, fingiendo que no deseo que nos consuma el fuego allí mismo. Necesito sentir, aunque sea a través de mis propios dedos, el rastro de la electricidad que él dejó encendida en mí.
Mis dedos apenas han comenzado a buscar el alivio bajo la seda de mi lencería cuando el sonido de la puerta abriéndose me detiene en seco. El corazón me da un vuelco tan violento que casi me impide respirar.
Es él.
Killian entra con la mandíbula apretada y esa mirada de acero que usa cuando quiere dar una orden. Viene directo a mí, con las palabras ya formadas en los labios, seguramente para soltarme otro de sus discursos sobre la dignidad y la distancia.
—Vesper, no pienses por un segundo que lo de anoche va a vol...
Sus palabras se mueren en el aire. Sus pies se clavan al suelo de parqué a un par de metros de mi cama.
Me quedo inmóvil, con la espalda arqueada contra las almohadas, las mejillas encendidas por la excitación y las manos todavía perdidas entre mis piernas. El silencio que cae sobre la habitación es tan pesado que casi duele. Killian me recorre con los ojos, y veo cómo sus pupilas se dilatan hasta borrar el azul de su iris. Su mirada baja, se detiene en mi postura, en mi semidesnudez, y un destello de puro deseo animal cruza su rostro antes de que pueda ocultarlo.
Él reacciona antes de que yo pueda decir una palabra. Se gira con la velocidad de un rayo, agarra el pomo y cierra la puerta de golpe. El estruendo de la madera encajando en el marco resuena como un disparo, sellando el mundo exterior. Gira el pestillo. Click.
Ahora no hay salida para ninguno de los dos.
—¿Qué coño estás haciendo, Vesper? —su voz es un susurro ronco, cargado de una furia que no logra ocultar que está temblando.
No me tapo. No me escondo. Al contrario, retiro mis manos lentamente pero mantengo la mirada fija en la suya, desafiante, sintiendo cómo mi propio deseo se multiplica al ver el efecto que tengo sobre él.
—Haciendo lo que tú te niegas a hacerme —le devuelvo, con la voz quebrada—. Porque parece que es la única forma de que yo pueda tener algo de paz en esta casa mientras tú juegas a ser un santo.
Killian suelta un gruñido, un sonido que no tiene nada de fraternal. No se marcha. Da un paso hacia la cama, y luego otro, como un depredador que sabe que acaba de caer en una trampa de la que no quiere escapar. El aire entre nosotros está tan cargado de electricidad que juraría que si nos tocamos ahora mismo, la habitación entera saltará por los aires.
—Te dije que salieras de mi cabeza —dice él, acercándose tanto que puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, el olor a jabón y a hombre recién duchado—. Te dije que me dejaras en paz.
—Mírame a los ojos y dime que eso es lo que quieres —le reto, incorporándome sobre los codos, dejando que mi cuerpo sea la única respuesta—. Dime que quieres que me detenga. Dime que no te estás muriendo por dentro tanto como yo.
Él no dice nada. Solo se queda ahí, de pie, luchando la batalla más dura de su vida contra sus propios instintos, mientras yo espero el momento exacto en el que el muro termine de desmoronarse definitivamente.
El silencio que sigue a mi desafío es tan denso que puedo oír el tic-tac del reloj en la mesilla de noche, marcando el ritmo de un desastre inminente. Killian no se mueve. Es una estatua de mármol y tensión, con los puños cerrados a los costados y la mirada fija en el lugar donde mis manos descansan sobre mi propia piel.
—¿Te vas a quedar ahí mirando, Killian? —le provoco, con una voz que apenas reconozco como mía.
Si él quiere jugar a los extraños, yo voy a enseñarle lo que es el infierno. Lentamente, sin apartar los ojos de los suyos, vuelvo a deslizar mis dedos hacia mi centro. Su respiración se corta. Veo cómo traga saliva, cómo el músculo de su mandíbula se tensa hasta el límite. Empiezo a acariciarme, suavemente al principio, observando cómo su pecho sube y baja de forma errática.
Es una tortura compartida. Cada movimiento mío es un latigazo para su autocontrol. Su mirada está anclada en mis dedos, absorto, como si estuviera viendo el final del mundo y no pudiera apartar la vista.
—Vesper... para... —suplica, pero no da un paso atrás. Al contrario, se inclina ligeramente hacia delante, atraído por el magnetismo de mi cuerpo.
—Ven y parame tú —susurro.
El hilo de su voluntad se rompe con un chasquido invisible. Killian suelta un juramento en voz baja y se lanza sobre la cama. No me besa, no me abraza; se posiciona entre mis piernas con una urgencia ciega, apartando mis manos con una firmeza que me hace jadear.
—Si esto es lo que quieres, esto es lo que vas a tener —dice, y sus ojos son dos pozos de fuego oscuro.
Siento el calor de su cuerpo envolviéndome antes de que su mano encuentre su objetivo. Sus dedos, expertos y decididos, se cierran sobre mi clítoris con una presión perfecta. El contacto es tan eléctrico, tan directo después de semanas de vacío, que mi espalda se arquea violentamente contra el colchón y un grito queda atrapado en mi garganta.
—Mírame —me ordena con voz ronca.
Me obliga a sostenerle la mirada mientras me trabaja con una intensidad que me nubla la vista. Sus dedos se mueven en círculos rápidos, constantes, llevándome a un borde del que no quiero bajar. No hay ternura en sus gestos, solo una necesidad bruta de reclamar lo que es suyo, de demostrarme que, aunque me eche de su habitación, sigue sabiendo exactamente cómo hacerme perder el sentido.
El placer sube por mis piernas como una marea alta, inundándolo todo. Aprieto las sábanas con las manos, intentando no perderme en el abismo, pero Killian no me da tregua. Aumenta el ritmo, presionando justo donde sabe que me duele de gusto, hasta que el mundo entero se reduce a ese punto de contacto entre nosotros.
—Killian... —su nombre sale de mi boca como una súplica.
—Eso es —gruñe él, sin dejar de mirarme—. No lo olvides.
Entonces, la ola rompe. Mis músculos se tensan en un espasmo violento y el orgasmo me golpea con una fuerza que me deja sin aliento. Me corro frente a él, con su nombre vibrando en mis labios y su mano todavía allí, sosteniéndome en medio de la tormenta. Cierro los ojos, sintiendo el eco de las pulsaciones recorriéndome entera, mientras el silencio vuelve a caer sobre la habitación, esta vez roto solo por nuestros jadeos entrecortados.
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Editado: 17.05.2026