Vesper
El vestido es una provocación cosida en seda y transparencias. Cada vez que me muevo bajo las luces del salón, siento las miradas ajenas, pero solo me importa una. La de él. La de ese hombre que esta mañana me mordía para silenciar mi placer y que ahora finge que soy una extraña mientras sostiene una copa de cristal fino.
El vacío de su silencio tras mi "te amo" es un agujero negro en mi pecho.
—Vesper, qué gusto saludarte. —Bianca aparece a su lado, tan impecable y luminosa como siempre. Su vestido rojo es elegante, sin estridencias, la viva imagen de la mujer que no tiene nada que ocultar—. Estás... impactante. Un poco arriesgada para una cena de este tipo, pero te queda increíble.
Me mira con una sonrisa genuina, tratando de ser simpática, de integrarme en la conversación que mantenía con Killian. Y eso es lo que más me duele: su amabilidad. Me hace sentir como el monstruo de esta historia.
—Gracias, Bianca —respondo, con una voz que suena como el cristal chocando contra el mármol—. Supongo que algunas preferimos que se vea lo que hay, en lugar de escondernos bajo capas de decoro. ¿No crees, Killian? Tú siempre has sido un gran fan de la... transparencia. En privado, sobre todo.
Killian tensa la mandíbula de una forma que hace que el músculo de su cuello resalte. Su mirada azul, gélida, se clava en la mía.
—Vesper ha tenido un día largo —dice él, con una cortesía que esconde una amenaza—. El cansancio la vuelve un poco... cínica.
—Oh, no es cansancio —insisto, dando un paso más hacia ellos, ignorando la mirada confundida de Bianca—. Es que me resulta fascinante cómo cambian las lealtades según la iluminación de la estancia. A la luz del sol algunos parecen santos, y a la luz de estas lámparas... parecen cobardes.
—Vesper, basta —sentencia Killian. Su voz es un latigazo bajo.
—¿Basta de qué? —le sonrío a Bianca, pero mis ojos están fijos en él—. Solo le recordaba a mí querido hermanastro que hay deudas que no se pagan con dinero, ni con cenas de jubilación. Pero claro, tú eres demasiado buena para entender de deudas de sangre, ¿verdad?
Bianca parpadea, borrando parte de su sonrisa. Nota la electricidad estática, el odio y la necesidad que flotan entre nosotros.
—Creo que... voy a buscar a mi padre —murmura ella, sintiéndose de sobra—. Nos vemos luego.
En cuanto Bianca se aleja lo suficiente, Killian deja la copa sobre una mesa de servicio con un golpe seco. Antes de que pueda reaccionar, su mano se cierra firmemente alrededor de mi antebrazo. No es una caricia; es un anclaje.
—Fuera. Ahora —sisea.
Me arrastra hacia las puertas acristaladas que dan a la terraza trasera, lejos de los ojos curiosos de los empresarios y de la mirada vigilante de Román. Una vez fuera, bajo la oscuridad de la noche y el aire frío que azota mi piel descubierta, me suelta con un movimiento brusco.
—¿Se puede saber qué coño te pasa? —estalla él, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado—. ¿Ese es tu plan? ¿Humillarte a ti misma y humillarme a mí delante de todo el sector? ¿Para esto sirve tu "te amo"?
—¡Mi "te amo" no sirve para nada porque tú lo mataste con tu silencio! —le grito, sin importarme que alguien pueda oírnos desde el jardín—. Saliste de mi habitación como si yo fuera una prostituta a la que acababas de pagar. Me dejaste allí tirada después de lo que pasó, Killian. ¡Después de que casi nos pillan porque no podías parar!
—¡Porque esto es una locura, Vesper! —se acerca a mí, invadiendo mi espacio personal, su rostro a pocos centímetros del mío—. ¿Qué querías que dijera? ¿Que yo también? ¿Que estamos condenados? ¡Cada vez que me tocas siento que estoy traicionando todo lo que soy!
—¡Pues deja de traicionarte y mírame! —le empujo el pecho con ambas manos, frustrada—. Deja de usar a Bianca como un escudo de decencia. Me pusiste la mano en la boca para que nadie me oyera esta mañana, pero esta noche tus ojos me están gritando que quieres volver a hacerlo. ¡Dilo! Di que me odias o di que me quieres, pero deja de tratarme como si fuera un error que intentas borrar.
Killian me agarra las manos, deteniendo mis golpes, y me acorrala contra la barandilla de piedra de la terraza. Su respiración es errática, su frente toca la mía y puedo ver el tormento en sus ojos.
—No eres un error —gruñe contra mis labios, con una furia desesperada—. Eres mi jodida perdición. Y lo peor es que me da igual si el mundo arde mientras pueda volver a silenciarte de la misma manera que hice esta mañana.
El frío de la noche se filtra por las transparencias de mi vestido, pero no es nada comparado con el hielo que siento instalándose en mis huesos. Killian me tiene acorralada contra la piedra; su cuerpo es una brasa que me tienta a arder una vez más, pero ya no me basta con el fuego. Necesito aire.
Le sostengo la mirada, negándome a parpadear, negándome a ser la única que sangra en esta terraza.
—Escúchame bien, Killian —mi voz suena extrañamente tranquila, con la calma de quien ha llegado al borde del abismo—. He tomado una decisión. Te perdono. Te perdono lo de Jazmín, te perdono el engaño y todo el dolor que eso nos causó. Lo dejo atrás aquí mismo, en esta terraza.
Él se tensa, sus pupilas dilatándose por la sorpresa. No esperaba que soltara esa carga, no ahora.
—Pero esto se acaba hoy —continúo, y mi tono se vuelve una sentencia—. Ya no voy a ser tu secreto sucio por las mañanas y tu molestia por las noches. Ahora la decisión es tuya. O lo intentamos de verdad, con todas las consecuencias, o mañana mismo hablaré con Román. Le diré que necesito marcharme un tiempo, lejos de esta casa y lejos de ti, porque ya no puedo más. O todo, o nada.
Me quedo esperando, con el corazón martilleando contra mis costillas. El ruido de la fiesta llega amortiguado a través de los cristales: risas y música de un mundo de apariencias que me resulta insoportable. Killian me mira con una intensidad desgarradora, sus labios están entreabiertos y parece que las palabras están a punto de salir, que va a gritar que me quede, que va a aceptar el reto.
Pero el silencio se alarga. Diez segundos. Veinte.
Él no dice nada. Sus manos, que hace un momento apretaban mis muñecas, se relajan y caen a sus costados. Se queda allí, paralizado por el miedo o por el deber, mirándome como si fuera un sueño del que se obliga a despertar.
Ese silencio es la respuesta más ruidosa que me ha dado en la vida. Es el peso de su cobardía aplastando mi perdón.
—Ya has contestado —susurro, y siento cómo algo dentro de mí termina de romperse definitivamente.
Doy un paso atrás, alejándome de su calor, de su aroma y de la perdición que representa. Él no hace amago de detenerme; se queda estático contra la barandilla, una sombra impecable bajo la luz de la luna.
—Que disfrutes de la cena, Killian. Dile a Román que me he ido porque me encontraba mal. Esta vez no será mentira.
Me doy la vuelta y cruzo el salón a zancadas, ignorando las miradas, ignorando a Bianca y la brillante hipocresía de la gala. Mientras el taxi me lleva de vuelta a la mansión, solo puedo pensar en que el perdón no sirve de nada cuando la otra persona no tiene el valor de sostenerlo.
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Editado: 17.05.2026