Lo que la sangre no perdona

42 El precio del pasado

Vesper

El resto de la mañana transcurre en una burbuja de sábanas revueltas y confesiones al oído. Es extraño sentir esta paz en una casa que siempre ha sido un campo de batalla. Nuestros padres deben de estar sumidos en un sueño profundo; regresaron de la gala casi al amanecer y el silencio en su ala de la mansión es absoluto.
Estoy apoyada en el pecho de Killian, escuchando el latido de su corazón, sintiéndome más dueña de mi cuerpo que nunca. Me incorporo un poco, dejando que mi pelo caiga sobre sus hombros, y le miro con una chispa de atrevimiento.
—Killian —susurro, trazando una línea con mi dedo desde su barbilla hasta su abdomen—. Quiero probar algo diferente contigo. Quiero probar... sexo anal.
Él se queda rígido un segundo y suelta una risa corta, llena de incredulidad, mientras me rodea la cintura para pegarme a él.
—No, Vesper. Ahora no —responde en un tono que intenta ser firme pero que suena ronco—. Eso requiere tiempo, estar relajados... No quiero que te duela o que lo hagamos con la presión de que alguien pueda subir.
—Sé que serás delicado —insisto, mordiéndome el labio y buscando su mirada—. Quiero sentirlo contigo.
—He dicho que no —sentencia, dándome un beso corto y posesivo—. Lo haremos durante nuestras vacaciones.
Me quedo quieta, parpadeando con sorpresa.
—¿Vacaciones? ¿De qué vacaciones hablas? —pregunto, sintiendo un vuelco en el estómago.
—Ya lo verás —me responde con una sonrisa enigmática que me calienta la sangre—. Solo confía en mí. Tengo planes.
No tengo tiempo de interrogarlo. El remanso de paz se hace añicos cuando unos gritos desgarradores suben desde la planta baja. Voces cargadas de odio que rebotan contra las paredes de mármol. Nos miramos, la alarma encendiéndose en nuestros ojos. Nos vestimos de cualquier manera, tirando de ropa cómoda que encontramos por el suelo, y salimos al pasillo corriendo.
Al asomarnos a la barandilla de la escalera, el estómago se me encoge.
Abajo, en el centro del salón, la escena es una pesadilla. Una mujer que reconozco al instante por las fotos de los archivos de mi madre está gritando como una posesa. Es Victoria, la madre de Killian. Está desaliñada, con los ojos inyectados en rabia y esa desesperación de quien no tiene nada que perder. Román está frente a ella, todavía en bata, con las venas del cuello a punto de estallar, mientras mi madre, Sam, observa la escena con una palidez mortal.
—¡No me voy a ir con las manos vacías, Román! —chilla Elena, su voz rompiéndose—. ¡Vivís rodeados de oro mientras yo me pudro! Necesito dinero, del mío o de mi hijo, me da igual de quién salga.
—Te hemos mantenido durante años. —ruge Román—. ¡Vete de aquí antes de que te haga sacar a rastras!
—¡Atrévete! —ella suelta una risotada histérica que me pone los pelos de punta—. Si no recibo lo que quiero ahora mismo, me voy directa a la prensa. Voy a contar toda la mierda de esta familia. Voy a hundir tu reputación y el futuro de oro de tu preciado Killian. Voy a decirle al mundo quiénes sois de verdad.
Siento la mano de Killian cerrarse con fuerza en la barandilla a mi lado. Bajamos los escalones a toda prisa. El pasado ha estallado en mitad de nuestro salón, y esta vez, el chantaje de esa mujer amenaza con quemar la poca felicidad que acabamos de encontrar.
El aire en el salón se vuelve irrespirable. Killian no espera a llegar al último escalón; salta los últimos peldaños con una furia que nunca le había visto, una energía oscura que parece emanar de sus poros. Se planta frente a Victoria, esa mujer que le dio la vida y que ahora parece dispuesta a vendérsela al mejor postor.
—¡Cállate de una puñetera vez! —ruge Killian. Su voz vibra tanto que hace temblar las copas de cristal que quedaron en el aparador desde anoche—. ¡No vas a volver a extorsionar a nadie en esta casa! ¡Vete a la mierda, Victoria!
Victoria, lejos de amedrentarse, se infla como una cobra. Sus ojos brillan con una locura lúcida.
—¿Me hablas así a mí? ¿Después de todo lo que sacrifiqué por ti? —ella suelta una carcajada seca—. Eres igual que tu padre. Un animal vestido de seda.
—¡Vete! —insiste él, dándole un paso al frente, invadiendo su espacio.
Entonces, sucede. El sonido es seco, como una rama quebrándose en mitad del silencio. Victoria levanta la mano y le asesta una bofetada sonora que hace que la cabeza de Killian gire violentamente hacia un lado. El salón se queda en un vacío absoluto durante un segundo eterno. Solo se oye la respiración agitada de los cuatro.
Veo la marca roja de los dedos de esa mujer florecer en la mejilla de Killian. Y veo algo peor: el estallido en sus ojos.
Killian pierde el control. Levanta su mano, con los tendones del cuello marcados y los ojos inyectados en sangre, dispuesto a devolverle el golpe con toda la rabia acumulada de una vida de abandonos.
—¡Killian, no! —grito, lanzándome hacia él.
Román reacciona al mismo tiempo. Entre los dos lo agarramos de los brazos, frenando el impacto justo a tiempo. Killian forcejea, es pura adrenalina y músculo tenso; parece no vernos, solo tiene la mirada fija en el rostro burlón de su madre.
—¡Suéltame, Román! ¡Suéltame! —grita, forcejeando con una fuerza sobrehumana.
—¡Basta ya! —brama Roman, logrando contenerlo mientras me mira con desesperación—. ¡Lleváoslo de aquí! ¡Ahora!
Dos hombres de seguridad, que han aparecido como sombras ante la señal de Román, flanquean a Killian. No lo tratan con delicadeza; lo agarran por los hombros y los codos, prácticamente arrastrándolo hacia las escaleras para evitar que la situación escale a algo irreversible. Killian sigue gritando insultos, tratando de zafarse, mientras Elena se queda allí abajo, arreglándose el pelo con una sonrisa de victoria asquerosa.
—¡Killian! —lo llamo, pero él no me oye.
Subo las escaleras detrás de ellos, con el corazón en la boca. Oigo cómo los hombres lo meten en su habitación y, tras unos segundos de forcejeo en el interior, salen cerrando la puerta a sus espaldas.
—Déjennos solos —les digo con una autoridad que no sabía que tenía, apartándolos del camino.
Entro en el cuarto y cierro con pestillo. Killian está de espaldas a mí, apoyado contra el escritorio, con los hombros subiendo y bajando violentamente. El silencio aquí arriba es pesado, cargado de la electricidad que acaba de descargar ahí abajo. Me acerco despacio, con miedo de que cualquier movimiento brusco lo haga estallar otra vez, pero sabiendo que soy la única que puede recoger sus pedazos ahora mismo.
El sonido de la puerta al cerrarse queda sepultado por el estruendo de un jarrón estrellándose contra la pared. Killian es un animal herido, una tormenta de músculos tensos y odio puro. Sus manos tiemblan, y la marca de la bofetada en su mejilla brilla ahora con un rojo violáceo, como un estigma.
—Voy a matarla, Vesper —gruñe sin mirarme, su voz suena como si estuviera arrastrando piedras—. Juro por mi vida que voy a matarla. No va a quedar nada de esa mujer cuando acabe con ella.
Se gira hacia mí y sus ojos no son los del hombre que me besaba esta mañana. Son pozos oscuros, cargados de una violencia que ha estado reprimiendo durante años bajo trajes de mil dólares.
—No la mates a ella —le digo, dando un paso firme hacia el centro de la habitación—. Descárgate conmigo. Saca toda esa rabia aquí, ahora.
Me llevo las manos al borde de la camiseta y me la quito de un tirón. Luego el pantalón. En segundos, estoy desnuda frente a él, expuesta, ofreciéndome como el único pararrayos capaz de soportar su tormenta.
—No —masca él, retrocediendo un paso, aunque sus ojos devoran mi cuerpo con una mezcla de hambre y asco hacia sí mismo—. No puedo. Si te toco ahora... no seré el Killian que quieres. Seré otro. Uno que no te va a gustar. Uno que solo sabe destruir.
—Me da igual —sentencio, acortando la distancia hasta que mi pecho roza el suyo—. Acepto a cualquier Killian que seas. Al santo, al heredero y al monstruo que tengo delante. Úsame para no volverte loco. Rompe todo lo que tengas que romper, pero hazlo conmigo.
Sus ojos chispean. La última barrera de su autocontrol se pulveriza.
—Tú lo has pedido —sisea.
Su mano se lanza hacia mi cuello, no para asfixiarme, sino para reclamarme. Me empuja con una fuerza bruta hacia la cama, pero antes de que llegue a caer, me voltea con una violencia controlada y me estampa contra la pared de madera. Mis pechos se aplastan contra la superficie fría y su cuerpo, pesado y ardiente, me inmoviliza por completo.
Me agarra las dos muñecas y las sube por encima de mi cabeza, sujetándolas con una sola mano, apretando hasta que siento el hueso. Con la otra, me tira del pelo hacia atrás, obligándome a arquear el cuello, exponiendo mi garganta mientras su respiración errática me quema la oreja.
—Vas a arrepentirte de esto —me advierte en un rugido bajo, antes de morder mi hombro con tal fuerza que estoy segura de que dejará marca.
No hay delicadeza. No hay romance. Killian se desprende de su ropa como si le estorbara la piel. Siento su erección, dura como el acero, golpeando contra mis nalgas. Sin una sola caricia previa, sin lubricación, me penetra de una estocada salvaje que me arranca un grito de dolor y placer absoluto.
—¡Ah! —mi gemido rebota en las paredes mientras él me embiste con una furia rítmica y despiadada.
Sus manos abandonan mis muñecas para bajar a mi cintura, clavando los dedos en mi carne como si quisiera dejar sus huellas impresas para siempre. Cada golpe es seco, profundo, una descarga de adrenalina que me hace vibrar hasta los dientes. Me golpea contra la pared una y otra vez, usándome para purgar el odio hacia su madre, hacia Román y hacia sí mismo.
—¿Esto es lo que quieres? —me gruñe, dándome un azote sonoro que me hace jadear—. ¿Quieres al monstruo? Pues aquí lo tienes.
—¡Sí! —le grito, echando la cabeza hacia atrás, buscando su boca en un beso cargado de sabor a sangre y desesperación.
Él me agarra con más fuerza, girándome de golpe para tirarme sobre el colchón. Se posiciona sobre mí, sujetando mis manos contra la cama, y sigue poseyéndome con una intensidad sadomasoquista, sin apartar sus ojos de los míos, obligándome a ver toda su oscuridad mientras se vacía dentro de mí. Es un acto de guerra, una comunión de sombras donde el dolor se confunde con la vida, y donde yo, por fin, siento que he domesticado a la bestia entregándome a ella.
El aire en la habitación es denso, cargado del olor a sexo, sudor y esa furia negra que Killian todavía no ha terminado de purgar. Me tiene sometida bajo su peso, sus ojos son dos grietas de fuego azul que amenazan con consumirlo todo. Siento cada embestida como un golpe de realidad, pero sé que no es suficiente. Él necesita más. Necesita perder el control por completo para no romperse.
Me agarro a sus hombros, clavando las uñas en su piel sudada, y lo miro con una determinación que me quema las entrañas.
—Ahora, Killian —jadeo, mi voz rompiéndose por la intensidad—. Hazlo. Por detrás... Ahora.
Él se detiene en seco. Su cuerpo se tensa como una cuerda de piano a punto de estallar. Sus ojos se clavan en los míos con una mezcla de horror y deseo prohibido.
—No —gruñe, negando con la cabeza mientras intenta recuperar el ritmo anterior—. Te dije que no aquí. No así. No quiero hacerte daño, Vesper. Ya te estoy tratando como a una maldita perra, no me pidas que cruce esa línea.
—¡Hazlo! —le grito, y el eco de mi voz retumba contra las paredes—. ¡No seas un cobarde también aquí! ¡Úsame, Killian! ¡Saca toda esa mierda que te ha dejado esa mujer antes de que te pudra por dentro! ¡Hazme tuya de verdad!
Mi grito parece ser el detonante final. Algo dentro de él hace crack. Su expresión se transforma; la duda desaparece para dejar paso a una frialdad implacable, una máscara de pura dominación.
—Tú lo has querido —sisea, y su voz suena tan profunda que me estremece hasta la médula—. Luego no me culpes. No llores cuando sientas lo que es que te posea de verdad.
Me voltea con una brusquedad que me deja sin aliento, obligándome a hincar las rodillas en el colchón y a apoyar los antebrazos sobre la cama. Me agarra del pelo, tirando con fuerza para que mi espalda se arquee de forma dolorosa, exponiéndome por completo ante él. Siento sus dedos, húmedos por nuestra entrega previa, preparándome apenas con una rapidez cruel que me hace jadear de anticipación y miedo.
—Mírame —me ordena, agarrándome la mandíbula para que gire la cabeza y lo vea por encima del hombro—. Mira lo que me obligas a hacerte.
Sin más preámbulos, se posiciona. Siento la presión, la invasión de un territorio que nunca antes había sido reclamado. Suelto un grito agudo cuando me penetra, una entrada lenta pero devastadora que me hace sentir como si me estuviera partiendo en dos. El dolor es un destello blanco en mi mente, pero va acompañado de una plenitud oscura, de la sensación de que, en este momento, él está volcando cada gramo de su agonía dentro de mí.
—¡Killian! —sollozo, apretando las sábanas con tanta fuerza que me duelen las manos.
Él no se detiene. Empieza a moverse con una cadencia pesada, implacable, ignorando mis jadeos de dolor inicial. Cada embestida es una reclamación de propiedad, un acto de posesión absoluta que borra el mundo exterior, a Victoria, a Román y a la prensa. Solo existimos nosotros y este dolor que se transforma, poco a poco, en un placer agónico y punzante.
Killian me sujeta con una fuerza que me dejará marcas durante días, sus dedos hundiéndose en mis caderas mientras gruñe palabras incoherentes, soltando toda la rabia de una vida en este acto final de entrega. Siento cómo su control se desvanece por completo, cómo se rinde ante la oscuridad que tanto temía, y sé que, al hacerlo conmigo, se está salvando de sí mismo.




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