Lo que la sangre no perdona

44 Fuego

Vesper

​La luz de la mañana se filtra por los grandes ventanales del ala este, pero no es la luz hostil de ayer. Es suave, casi protectora. Me despierto entre las sábanas de seda, sintiendo el peso del brazo de Killian sobre mi cintura y su respiración constante en mi nuca. Durante unos minutos, me quedo inmóvil, saboreando el silencio de nuestro santuario. No hay cámaras, no hay gritos, no hay Victoria. Solo nosotros.
​Me escabullo con cuidado de la cama, dejando que el aire fresco roce mi piel desnuda, y camino hacia el cuarto de baño. Es un espacio de mármol blanco y grifería dorada que huele a aceites esenciales. Abro el grifo de la ducha y dejo que el agua alcance una temperatura casi hirviente.
​Entro bajo el chorro, cerrando los ojos. El agua resbala por mi cuerpo, llevándose consigo los restos de la noche, el sudor y la tensión acumulada. Me apoyo contra la pared de azulejos, disfrutando de la sensación de limpieza, cuando escucho el sonido de la puerta corredera de cristal abrirse.
​No tengo que mirar para saber quién es. El aire cambia, se vuelve más pesado, más eléctrico.
​Siento el calor de su cuerpo antes de que me toque. Killian entra en la ducha, el agua golpeando sus hombros anchos y su espalda marcada. Se coloca justo detrás de mí, envolviéndome con su presencia. Sus manos, grandes y firmes, se deslizan por mis costados, subiendo hasta mis pechos mientras su boca busca el punto sensible detrás de mi oreja.
​—Buenos días —me susurra al oído, con esa voz ronca que solo tiene al despertar.
​—Buenos días —respondo con un hilo de voz, arqueando la espalda contra su pecho mojado.
​No hay preámbulos. Killian me sujeta de las caderas con una fuerza posesiva, obligándome a inclinarme ligeramente hacia adelante y a apoyar las manos contra la pared de mármol empañada. Siento su erección presionando contra mis nalgas, exigente y vibrante bajo el agua que cae sin descanso.
​De un solo movimiento fluido y decidido, me embiste por detrás.
​Suelto un grito que se ahoga en el vapor de la ducha mientras él me llena por completo. El contraste entre el agua caliente golpeando mi espalda y la invasión ardiente de su cuerpo me hace perder el sentido de la orientación. Killian empieza a moverse con un ritmo poderoso, constante, sus manos bajando hacia mis muslos para abrirme más, permitiéndole entrar hasta lo más profundo.
​—Eres mía, Vesper —gruñe contra mi piel, sus embestidas volviéndose más rápidas, más urgentes—. Aquí dentro, bajo este techo, eres lo único que importa.
​Me aferro a la piedra fría del muro mientras él me reclama una vez más. Cada golpe seco suena por encima del ruido del agua, un ritmo primitivo que resuena en todo el baño.
El vapor de la ducha nos envuelve como una cortina de seda blanca, pero el aire que respiro es puro fuego. Siento cada embestida de Killian en mi espalda, un recordatorio salvaje de que no hay vuelta atrás. Pero no es suficiente. Necesito mirarlo. Necesito ver esa oscuridad en sus ojos que solo yo he aprendido a amar.
—Killian... —suplico entre jadeos, girando el rostro hacia él.
Él entiende el mensaje de inmediato. Sus manos, resbaladizas por el agua y el jabón, me sujetan con una fuerza asombrosa. En un movimiento fluido que me hace soltar un chillido de sorpresa, me da la vuelta y me eleva en el aire. Enredo mis piernas alrededor de su cintura y mis brazos en su cuello, aferrándome a él como si fuera la única balsa en medio de un naufragio.
Me estampa contra la pared de mármol, sus ojos clavados en los míos con una intensidad que me quema más que el agua hirviendo. Sin romper el contacto visual, se posiciona y me penetra de nuevo, esta vez de frente, con una profundidad que me hace arquear el cuello hacia atrás.
—Mírame, Vesper —gruñe él, con la voz rota por el esfuerzo—. Mira quién te posee.
El ritmo se vuelve frenético. Killian me sostiene en vilo mientras se mueve dentro de mí con una desesperación casi violenta, una urgencia de borrar el mundo exterior a base de placer y dolor compartido. El eco de sus embestidas contra el mármol y el fragor del agua cayendo crean una sinfonía caótica que nos empuja hacia el abismo.
Siento la presión acumulándose en mi vientre, una descarga eléctrica que me recorre la columna. Mis dedos se clavan en sus hombros, mis uñas marcando su piel mojada.
—¡Killian! —grito su nombre al sentir que las paredes de la ducha empiezan a dar vueltas.
Él no se detiene. Aumenta la velocidad, golpeando mi cuerpo contra la pared una y otra vez, su respiración mezclándose con la mía en un solo aliento desesperado. La tensión estalla. El orgasmo me golpea como una ola gigante, haciéndome contraer alrededor de él con espasmos incontrolables. Segundos después, Killian suelta un rugido animal, un grito que sale de sus pulmones como una liberación de toda la rabia acumulada, y se vacía dentro de mí con una fuerza que me hace temblar de pies a cabeza.
Nos quedamos así, jadeando, gritando como locos en la soledad de nuestra ala privada, mientras el agua sigue cayendo sobre nosotros, lavando la furia, pero dejando intacto el vínculo inquebrantable que acabamos de sellar.
Estamos agotados, estamos marcados y el escándalo nos espera abajo, pero en este baño empañado, acabamos de demostrar que nadie, ni siquiera Victoria, puede arrebatarnos lo que hemos construido entre las sombras.
Salimos del ala este con el cabello aún húmedo y esa sensación de invencibilidad que solo da el refugio de los brazos del otro. Killian me lleva de la mano, con los dedos entrelazados, bajando las escaleras con una seguridad que no tenía ayer. Pero, a medida que nos acercamos al salón principal, el silencio de la casa se siente... diferente. Demasiado pesado.
Román y mi madre están frente al televisor de gran formato del salón. No hablan. Ni siquiera se mueven.
Al entrar, la imagen que proyecta la pantalla nos golpea como un muro de cemento. Killian se detiene en seco, y siento cómo su mano se vuelve de hielo dentro de la mía.
—No... —susurra él, con una voz que apenas es un aliento.
En la pantalla, en un bucle infinito de alta definición, se ve el reservado del local. Las luces de neón bañan los cuerpos, pero la calidad es lo suficientemente nítida para que no haya dudas. Es Killian. Y sobre él, moviéndose con una lascivia coreografiada, está Jazmín. No es un ángulo robado; es una cámara estratégicamente colocada para captar cada detalle de la traición, cada roce, cada segundo de esa noche que Killian intentó enterrar.
"...el video que confirma la doble vida del heredero", narra una voz en off con entusiasmo carroñero. "Mientras la ciudad hablaba de su romance con su hermanastra, Killian Vane se entregaba a los excesos con la conocida modelo Jazmín, quien hoy ha roto su silencio..."
De repente, la imagen cambia. Aparece Jazmín en lo que parece una rueda de prensa improvisada, sentada al lado de nada menos que Victoria. Jazmín tiene los ojos rojos, fingiendo una vulnerabilidad que me da náuseas, mientras Victoria le rodea los hombros con un brazo protector, como si fuera la hija que nunca tuvo.
—"Me sentí utilizada" —dice Jazmín ante los micrófonos, con una lágrima perfectamente calculada resbalando por su mejilla—. "Killian me prometió un futuro mientras me usaba para vengarse de su padre. Victoria ha sido la única que me ha apoyado para contar la verdad sobre la oscuridad que se vive en esa mansión".
Me quedo helada. No es solo el video. Es la alianza. Jazmín, la mujer que ayer juraba estar del lado de Killian, la que parecía haber aceptado nuestra relación, se ha aliado con la "hija de perra" mayor para asestarnos el golpe definitivo. Han esperado a que bajáramos la guardia, a que nos sintiéramos seguros en nuestra burbuja, para reventarla frente a todo el país.
Miro a Killian. Está petrificado, con la mirada fija en la televisión, viendo cómo la mujer en la que confió para "superar" sus demonios se ha convertido en el verdugo que sostiene la soga junto a su madre. El perdón de Román, nuestro refugio en el ala este, la paz de hace apenas una hora... todo parece desintegrarse bajo el peso de esa traición televisada.
—Killian... —intento decir, pero las palabras se me atascan en la garganta.
Él no reacciona. Sus ojos están vacíos, reflejando el brillo de la pantalla donde su madre sonríe victoriosa a la cámara. Elena ha ganado la ronda: ha convertido nuestra historia de amor en un sucio triángulo de escándalo, sexo y mentiras.
—Me han tendido una trampa —dice Killian finalmente, con una voz tan plana y carente de emoción que me asusta más que cualquier grito—. Las dos. Todo este tiempo... estaban juntas.
Román se gira hacia nosotros. Su rostro es una máscara de decepción y cansancio. El "ala privada" ya no parece un refugio; ahora se siente como la celda donde nos han encerrado antes de la ejecución pública.




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