Lo que la sangre no perdona

45 El precio de la verdad

Vesper

El silencio en el ala este se vuelve denso cuando escuchamos el motor del Porsche de Killian rugir en la entrada. Mi madre y Román están en el salón principal, pero yo me quedo en nuestro refugio, esperando. Cuando la puerta se abre, Killian entra con el pelo revuelto y los ojos encendidos, pero hay algo diferente en él. No es la rabia ciega de hace unas horas; es una especie de vacío triunfal.
Nos reunimos todos en el salón de abajo. Killian lanza un pequeño dispositivo sobre la mesa de mármol.
—Se acabó —dice, mirando a Román—. Tengo el vídeo original. El vídeo verdadero.
Nos cuenta, de forma atropellada pero clara, la emboscada en el hotel donde se escondían Jazmín y su madre. Cómo acorraló a la modelo y cómo ella, muerta de miedo por ser el daño colateral de Victoria, soltó el material sin editar grabado en el local de siempre. En ese vídeo no solo se ve el encuentro que ya conocíamos, sino que se escucha la voz de Victoria dando instrucciones por el intercomunicador del reservado, moviendo los hilos de Jazmín como si fuera una marioneta. Es la prueba de que todo, incluso ese error en el club que Killian y yo ya habíamos superado, fue una puesta en escena orquestada para destruirnos.
Román asiente, con la mandíbula tensa.
—Esto es suficiente para hundirla legalmente, Killian. Buen trabajo.
Mi madre suspira aliviada, pero yo no puedo dejar de mirar a Killian. Está distante. Apenas me ha mirado a los ojos desde que entró.
—Subamos —me susurra él cuando la reunión termina.
Al cruzar el umbral de nuestra ala privada, espero que me tome en sus brazos, que celebremos que tenemos el arma para ganar esta guerra. Pero no lo hace. Killian se mantiene a un metro de distancia, caminando hacia el ventanal, dándome la espalda.
—Killian... —me acerco lentamente, intentando tocar su brazo—. Lo has conseguido. Por fin tenemos la verdad de lo que pasó en el local.
Él se tensa y se aparta de mi toque como si mi mano quemara.
—No, Vesper —su voz es gélida—. He tenido que volver a ver esas imágenes en la suite de mi madre. He tenido que ver a Jazmín a la cara y recordar cada segundo de esa noche para poder quitarle el teléfono.
Se gira y me mira, pero sus ojos están empañados por la culpa.
—Te he visto ahí fuera, en la pantalla gigante que tenían puesta —continúa, con un hilo de voz—. He visto tu cara de dolor mientras el mundo entero veía cómo te traicionaba en ese club. Y ahora mismo... me doy asco. Siento que si te toco, te voy a manchar con la suciedad de ese sitio.
—Eso ya lo superamos, Killian —le digo, con el corazón encogiéndose—. Ese vídeo es pasado.
—No para el resto del mundo. Y ahora mismo, ni siquiera para mí —niega con la cabeza, retrocediendo hacia su habitación—. No puedo hacerlo, Vesper. No quiero acercarme a ti, no quiero tener sexo... no después de haber visto lo que he visto hoy. Me siento sucio. Necesito estar solo.
Se encierra en su cuarto, dejándome sola en el salón que hace unas horas era nuestro santuario de pasión. El éxito de haber conseguido el vídeo verdadero le ha devuelto la dignidad ante su padre, pero parece haberle arrebatado la capacidad de sentirse digno de mí.

Killian

Escucho el rugido del motor de un coche oficial deteniéndose frente a la mansión. No necesito asomarme para saber quién es. Solo una persona tiene la sangre tan fría como para volver al lugar del crimen después de haber intentado quemarlo todo.
—Está aquí —sentencio, mirando a Vesper.
Bajamos las escaleras. Al llegar al vestíbulo, mi padre está allí, con la espalda tan recta que parece de hierro. Se gira hacia Vesper y hacia Sam con una autoridad que no admite réplica.
—Vesper, Sam. Arriba. Ahora —ordena Román con voz de trueno.
—Pero Román... —intenta protestar Vesper, buscándome con la mirada.
—Vesper, hazle caso —le digo, dándole un apretón rápido en la mano—. Esto es entre los Vane. No quiero que respires el mismo aire que esa mujer un segundo más.
A regañadientes, las dos suben al ala este. En cuanto desaparecen por el rellano, las puertas principales se abren. Victoria entra con una elegancia que me produce náuseas. Camina como si fuera la dueña del mundo, a pesar de que tengo en mi bolsillo la prueba que podría enviarla a una celda de tres metros cuadrados.
—¿Cómo te atreves? —la voz de mi padre es un latigazo.
—He venido a ser práctica, Román —responde ella, ignorándome por completo—. Supongo que ya sabéis que el juego ha cambiado.
—El juego se ha acabado, mamá —intervengo, dando un paso adelante y sacando el teléfono con el vídeo verdadero—. Tengo la grabación original. Se te oye perfectamente dar las órdenes por el intercomunicador del local. Se ve cómo manipulaste la escena. Extorsión, conspiración, acoso... ¿Quieres que siga o prefieres llamar ya a tu abogado?
Victoria clava sus ojos en el teléfono. Por un instante, el brillo de superioridad desaparece, sustituido por el cálculo gélido de una rata acorralada.
—Si ese vídeo sale a la luz, Killian, tú eres el primero que se hunde —sisea ella—. Las acciones de Vane Corp caerán al subsuelo. ¿Vas a destruir el imperio de tu padre por un poco de justicia poética?
Miro a Román. Mi padre asiente levemente. Ya hemos hablado de esto.
—No vamos a destruir la empresa —digo, guardándome el teléfono—. Pero tú vas a desaparecer. Ahora mismo.
Victoria arquea una ceja, esperando el precio.
—Vas a firmar la cesión de todas tus acciones a favor de Román —empiezo a enumerar, disfrutando de cómo palidece—. Vas a renunciar a cada propiedad, cada cuenta y cada derecho legal sobre el apellido Vane. A cambio, no te entregaremos a la policía. Te irás a Suiza, a la residencia privada en los Alpes que mi padre ya ha pagado. Estarás vigilada las veinticuatro horas. Si intentas hablar con un periodista o poner un pie fuera de esa propiedad, el vídeo se envía a la fiscalía automáticamente.
—Es una cárcel de oro —escupe ella con desprecio.
—Es más de lo que mereces —responde Román, extendiendo los documentos sobre la mesa del vestíbulo—. Firma, Victoria. O te sacamos de aquí esposada frente a todas las cámaras que tú misma convocaste.
Mi madre agarra la pluma con dedos temblorosos por la rabia. Firma cada hoja, despojándose de su poder, de su fortuna y de su lugar en el mundo. Al terminar, deja la pluma caer y se dirige a la puerta. Al pasar por mi lado, se detiene un segundo.
—Crees que has ganado, Killian. Pero eres igual que yo.
—No —le respondo al oído, con una sonrisa de victoria—. Yo tengo a alguien por quien merece la pena ser mejor. Tú solo tienes una maleta y un viaje de ida.
En cuanto la puerta se cierra tras ella, siento que un peso de toneladas desaparece de mis hombros. Miro a mi padre. Él me pone una mano en el hombro, un gesto de orgullo que me llena más que cualquier cifra en una cuenta corriente.
—Se acabó, hijo. Vete con ella.
Subo las escaleras de tres en tres, directo al ala este. Al entrar, Vesper me espera ansiosa. No digo nada. La levanto en vilo, sintiendo su calor, su aroma, su vida. La pesadilla ha terminado. Hemos ganado la guerra y, por primera vez, el futuro es nuestro.




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