Killian
El neón parpadea con una intensidad que hoy se siente diferente. El local, el mismo donde Victoria intentó enterrarme, hoy late bajo mi ritmo. He organizado esta fiesta no para celebrar la victoria, sino para marcar territorio. Quiero que cada socio, cada periodista infiltrado y cada empleado sepa que los Vane no solo han sobrevivido, sino que son los dueños absolutos de la noche.
—Todo está listo, Killian —Kai se acerca a la zona VIP, ajustándose la chaqueta. Se le ve aliviado; el peso de la traición de su madre también ha desaparecido con el exilio de la mía—. El aforo está completo. La seguridad ha filtrado a cualquiera que huela a prensa amarillista. Solo amigos y aliados.
Asiento, observando la pista de baile desde la barandilla de cristal. El bajo de la música retumba en mis botas, una vibración constante que me mantiene alerta.
—¿Y ellas? —pregunto, sin apartar la vista de la entrada.
—Acaban de llegar.
Vesper entra acompañada de Sam. En cuanto pone un pie en el club, el tiempo parece detenerse. Lleva un vestido que abraza cada curva de su cuerpo, un desafío visual que grita que no tiene nada de qué esconderse. Ya no es la chica que se ocultaba tras los muros de la mansión; es la mujer que ha caminado por el fuego conmigo y ha salido intacta.
Bajo las escaleras de la zona VIP, ignorando los saludos de los empresarios que intentan llamar mi atención. Camino directo hacia ella, abriéndome paso entre la multitud que se aparta como si fuera el mar Rojo. Cuando llego a su altura, la tomo de la cintura y la pego a mí, reclamándola frente a todos.
—Estás increíble —le susurro al oído, dejando que mi aliento roce su piel—. Pero me gusta más recordar cómo estabas esta mañana en la ducha.
Vesper suelta una risa vibrante, rodeando mi cuello con sus brazos.
—Céntrate, Vane. Tienes una fiesta que presidir.
—La fiesta soy yo, nena. El resto solo son invitados —le respondo con una arrogancia que hoy me permito disfrutar—. Vamos arriba. Quiero que todos vean quién manda aquí de verdad.
La guío hacia el reservado más alto, el que tiene la vista completa del local. Mientras subimos, veo a mi padre en una mesa lateral, compartiendo una copa con Sam. Él me dedica un breve asentimiento con la cabeza, un gesto de respeto entre iguales. Victoria es un fantasma en los Alpes; nosotros somos la realidad aquí.
Llegamos al reservado, el mismo donde ocurrió todo. He mandado cambiar el mobiliario, la decoración, incluso la iluminación. No queda rastro del pasado. Me siento en el sofá principal y atraigo a Vesper hacia mi regazo. Ella se acomoda sin dudarlo, apoyando su cabeza en mi hombro mientras observa las luces.
—¿Te sientes bien? —me pregunta, trazando círculos en mi pecho.
—Me siento libre —confieso, y es la verdad más absoluta que he dicho nunca—. Por primera vez, no hay planes ocultos, no hay cámaras, no hay madres dementes. Solo estamos tú y yo, y esta ciudad a nuestros pies.
Pido una botella del champán más caro y brindo con Kai y los nuestros. La música sube de nivel, el ambiente se vuelve eléctrico. Miro a Vesper y sé que, aunque hayamos tenido que bajar al infierno para conseguir este momento, cada segundo de lucha ha valido la pena.
Esta noche, el local no es un escenario de traición. Es el trono donde coronamos nuestra victoria.
Vesper
El zumbido de los bajos de la discoteca aún retumba en mis oídos mientras el coche se detiene frente a la mansión. Son casi las cuatro de la mañana. El aire de la noche es fresco, limpio, un contraste absoluto con la atmósfera cargada de sudor, perfume y triunfo que acabamos de dejar atrás.
Killian apaga el motor y, por un momento, nos quedamos sentados en la penumbra del habitáculo. La luz de la luna se filtra por el parabrisas, perfilando su mandíbula. Ya no hay rastro de la tensión eléctrica de la fiesta; ahora solo queda una paz exhausta.
—Hogar, dulce hogar —susurra él, estirando el brazo para acariciar mi nuca.
Entramos en la casa en silencio. La mansión hoy se siente diferente. Los pasillos están en calma, las sombras ya no parecen esconder secretos. Subimos las escaleras hacia el ala este, nuestro santuario, y el sonido de mis tacones sobre el mármol es lo único que rompe el vacío.
Al cruzar la puerta de nuestra zona privada, Killian se deshace de la chaqueta, lanzándola sobre un sillón, y se afloja la corbata con un suspiro de alivio. Me quedo observándolo desde el umbral.
—Ha sido una noche larga —digo, quitándome los zapatos y sintiendo el contacto frío del suelo bajo mis pies.
—La mejor noche en mucho tiempo —responde él, girándose para mirarme. Sus ojos brillan con una suavidad que solo reserva para cuando estamos a solas—. Ver a mi padre sonreír, ver que nadie se atrevía a susurrar a nuestras espaldas... se siente como si por fin hubiéramos recuperado lo que nos pertenece.
Me acerco a él y rodeo su cintura con mis brazos. Killian apoya la frente contra la mía, cerrando los ojos. Aquí, lejos de los neones y las miradas ajenas, no necesitamos ser los dueños de la ciudad. Solo somos dos personas que han sobrevivido a un naufragio.
—¿Crees que ella estará bien allí? —pregunto en un susurro, refiriéndome a Elena.
Killian se tensa un segundo, pero luego se relaja.
—Estará donde debe estar, Vesper. Lejos de nosotros. Suiza es un lugar muy silencioso para alguien que solo sabe gritar mentiras. No volvamos a desperdiciar ni un pensamiento en ella.
Me levanta la barbilla y me besa con una ternura lenta, profunda, que me hace olvidar cualquier rastro de la "hija de perra" y su veneno. Me guía hacia la cama, pero esta vez no hay urgencia, no hay rabia. Hay una promesa de permanencia.
Nos acostamos y él me atrae contra su pecho, envolviéndome con sus brazos como si fuera un escudo. Mientras el sueño empieza a vencerme, escucho el latido constante de su corazón bajo mi oído. Mañana el mundo seguirá ahí fuera, con sus problemas y su ruido, pero por primera vez en mi vida, sé exactamente dónde pertenezco.
Estamos en casa. Y esta vez, la puerta está cerrada por dentro.
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Editado: 17.05.2026