El sonido de las olas se escuchaba nítido en mi oreja, junto con la ráfaga de viento y gotitas que salpicaban en mi cara.
Era un lugar tranquilo,
lo cual es un colmo de mi parte.
Ir a un lugar así, donde transmite tranquilidad siempre, para mí no lo fue en un momento.
La playa era una casa, un lugar seguro en el cual poder sacar de encima mis problemas, pensamientos; en el ruido se disminuían y me quedaba solo con mi mente, ya que los problemas se iban cada vez que la marea subía y me envolvían risas y momentos felices cuando la marea volvía.
Donde poder sentir paz. Un momento de tranquilidad, desconectar.
Sé que los problemas no desaparecían, pero por lo menos no existían. Había silencio, porque me sumía en mí. En el mar.
Porque escuchaba mi voz o simplemente mi respiración.
Pero ahora cambió.
Ahora mi mente no se calla, ruego porque haya ruido, los problemas no se van tan fácil y el agua no alivia su peso.
Ahora estoy solo con mi mente. En silencio.
Siempre, aunque no esté en el mar.
Pensando en que debo hacer, que cambio, y si tendre oportunidad en algo en la vida.
Ese lugar en particular de la playa estaba apartado, nunca había nadie por ahí, o muy pocos, era como si me hubiera llamado y hubiera ido ahí.
Mas tranquilo.
Ya la gente no se esfuerza en ir a lugares de la naturaleza, disfrutar lo que esta nos ofrece, pasar tiempo juntos.
Solo prefieren verlo a través de fotos o vivir la vida entre pantallas.
Lo cual en momentos como este o en este lugar, lo agradezco, porque sé que lo arruinan, arruinan su presencia.
—Mierda —una voz dijo a lo lejos, a mis espaldas.
Turistas.
Como decía, la gente arruina estos lugares y no tardé mucho en equivocarme.
¿Por que hablo antes de tiempo?
—¿Necesitas algo? —pregunté cuando noté una sombra elevarse encima de mí.
Se aclaró la garganta.
Levanté la vista.
Wow.
Qué hermosa que era.
Tenía unos ojos marrones preciosos que brillaban con cierta radiación.
Su nariz era respingada e iba acompañada por un piercing con diamantina, igual que el mío.
Además, tenía leves pequitas en el puente.
Sus labios eran rojizos y parecían naturales, tal vez se los mordía o algo.s
No eran muy grandes, pero iban perfectos con su cara y el piercing circular que acompañaba el labio inferior era increíble.
—Oye, lo siento, no quisiera molestar, pero el auto me acaba de dejar tirada, porque me estafaron, y no sé por qué ni cómo, ya que vi fotos y eso, pero… —sin duda era italiana.
—Habla más lento, por favor.
—Lo siento.
—No lo sientas.
—Sí, de todos modos, el auto-. BENDITO SEA-. que me traía me dejó a la deriva, o sea aquí-.Dolio un poco, este lugar es hermoso-, no me refiero a la playa sino donde no hay más que pasto, no hay ni una casa. Y quería preguntarte si sabes sobre algún lugar.
Conocer, sí, y mucho, pero no iba a dejar que ella se quedara en uno de esos hoteles, con lo peligrosos que son en esta parte de la ciudad, un hotel y estando sola. Ademas de sus dueños mega imbeciles.
No.
Absolutamente no.
¿Acaso no pensó en las consecuencias?
Tal vez, su zona es segura
—Claro —respondí.
—Qué increíble. ¿Dónde queda?
—Yo te llevo.
—No hace falta. Ya fuiste de ayuda.
—¿Cómo abrirás la puerta?
—¿Qué?
—La puerta de mi casa.
—¿De qué hablas?
—Te daré mi casa.
—No, ¿qué dices?
—La paso en casa de familia, ni siquiera la paso en mi casa real.
—Debe de haber hoteles por aquí.
—Sí,los hay.
—Entonces dime.
—No. Mira, conozco la zona y justo esa es peligrosa, y no te recomiendo ir a un hotel ni estar sola. Quiero decir, no te ofendas, pero no es muy seguro para una mujer.
—Está bien, entiendo, pero debe de haber algo o alguna casa de alquiler.
—Te ofrezco la mía.
—¿A cuánto? —¿Qué clase de hombre soy?
—Gratis.
—No, algo debo pagarte.
—Te la ofrezco como favor —me levanté y, wow, era alta, pero seguía sacándole una cabeza como mínimo. Me saqué los lentes sol, me estire y mire hacia los lados—. ¿Dónde están tus cosas?
—Allá —señaló.
Divina interrupción.
Es mi playa favorita
Caminé por delante mientras me aproximaba a sus cosas, que estaban apoyadas en un mini caminito de madera con arena.
Y me sorprendí demasiado al verlo.
—¿Surfeas? —pregunté mientras me agachaba a agarrar la tabla y unas maletas que tenía.
—No, todavía.
Me levanté con el extraño peso de la tabla de surf debajo de mi brazo y me giré para mirarla. Entrecerrando los ojos por no comprender, pregunté:
—¿Todavía?
—Así es —agarró una bolsa que quedaba y siguió—. Vine a aprender a surfear, siempre fue como un sueño frustrado para mí. ¿Y tú surfeas?
—Ya no.
Me miró con una mirada confusa y comprensiva.
Creo que, al ser nativo de la isla, es raro que no siga haciéndolo. Quiero decir, es como una regla de vida o muerte en este sitio.
Pero además tengo mis temas.
—Estudio en la facultad, y eso complica las cosas —la encaminé hasta mi auto, por el camino de arena.
Ni muerto le hablaria de mis miedos y mierdas en voz alta.
—Ah, sí, vida de gente intelectual.
—No sé si es una ofensa o cumplido.
—La segunda.
—¿Y tú?
—¿Qué?
—¿Estudias algo? —creería que no, por cómo habla, pero quién sabe.
—Perdida, no sé qué hacer ni qué estudiar. Prácticamente estoy en un intento de año sabático, quiero decir, estudio, pero todavía no una carrera universitaria.
—¿Y qué estudias?
—Cursos, marketing, tecnología, no lo sé, cosas típicas pero que me agradan. Además acabo de graduarme y quiero un tiempo para volver a empezar —me quedé sorprendido.
—¿Graduarte? ¿Pero de qué? Si dices que no estudias.