Lo que las olas me trajeron

Capitulo 2

ℬ𝒾𝒶𝓃𝒸𝒶

Lo que pretendía ser un año sabático para disfrutar y despejar mi mente de lo que me acorralaba y me esperaba, terminó conmigo en el asiento de copiloto de un desconocido.

Absolutamente, esto es lo más raro que pasó en toda mi vida. Estar en un auto con un desconocido, de camino a su casa ¿gratis?

Creo que hubiera preferido el hotel.

¿Por qué no elegí el hotel?

Porque el chico es lindo.

Pero no será tan lindo si me lleva a un baldío y ya sabes… ya serían dos abandonos, o algo peor, en un día.

Record.

No entiendo ni cómo fue que me subí a su auto o cómo acepté su propuesta.

Tal vez no tenía dinero y decidí que era la mejor opción.

Ni siquiera sé cómo fui capaz de decirle que le podía pagar. Quiero decir, ¿con qué dinero? Si ni tengo. O por lo menos no para un alquiler.

Cuando decidí hacer un año sabático, no me esperaba esto.

Tenía todo listo y organizado.

Creo que era lo único que no esperaba que sucediera.

Ni siquiera estaba en la lista.

Pero bueno, aqui estoy.

Mejor empiezo desde el principio.

Viajé hasta la otra mitad del país para no soportar a mi familia diciéndome la necesidad de tener un título universitario.

Siempre me apoyaron en todo, pero en esto nunca.

Toda la vida fue planeada para un título.

Se podía negociar lo que quisiese, menos eso.

Mi nombre debería estar en un documento con firma. Una firma legal y oficial.

Siemepre lo que ellos querian. Y asi terminaba siendo

No podian arruinarme esto.

Por lo cual, cuando me preguntaran dónde estaba, no podía no mentirles. Recorrerían todo el país y me llevarían de regreso, sermoneándome sobre que ellos tenían razón y, para el caso, que nunca debía hablar con desconocidos.

<Ya estrechamos las manos, es un hecho>

Cuando mi auto me dejó varada en medio de la nada, con mi tabla de surf y telas en maletas, no supe qué hacer más que insultarlo.

<Mira, conozco la zona y justo esa es peligrosa, y no te recomiendo ir a un hotel ni estar sola. Quiero decir, no te ofendas, pero no es muy seguro para una mujer>

Ahora que lo pienso, hasta un poco agobiado sonó.

¿Acaso el conductor no se dio cuenta de que era mujer o qué?

Tal vez tengas bigote.

Y, desesperada porque no sabía qué hacer, miré en todas direcciones hasta que di con una espalda bien formada y marcada en medio de la playa.

Con su torso, no la espalda.

Y lo único que pude hacer fue caminar directo hacia esa señal de vida en medio de lo inhumano.

Me puse frente a él para que se diera cuenta, mientras procesaba qué decir o cómo empezar.

—¿Necesitas algo? —preguntó con la mirada fija en el mar. Y creo que un poco aliviado de más.

Empecé a hablar muy rápido por lo nerviosa que estaba.

No por él.

Por la situación en general.

—Lo siento.
—No lo sientas —parecía medio duro.

Ahora ya me miraba fijo y, aunque tenía lentes y no podía ver sus ojos, sabía que me estaba repasando con la mirada.

Cuando se levantó pude apreciar mejor todo él: su piel tostada y marcada, con tatuajes, sus ojos azules como el mar cuando se sacó los lentes y su cabello rubio crecido.

Y la manera en la que me miró desde arriba, ya que era lo suficientemente alto como para hacerlo.

El resto es historia.

Y ahora estoy en su coche, de camino a su casa.

—Así que, ¿qué estudias? —pregunté, tamborileando los dedos y la cabeza al ritmo de la música. Pareció dudar un poco antes de responder.
—¿Estudiar?—fruncia el ceño, muy confundido.
—Mmm, sí, me dijiste eso —un poco confundida, me giré a verlo.
—Oh, sí —levantó la mano que tenía en la ventana para apoyar la frente—. Trabajo mucho y a veces me olvido de muchas cosas, por eso… no sabía que te había dicho nada.

—¿De qué trabajas?
—Muchas veces en la inmobiliaria de mi padre y otras en la perfumería de mi madre —hizo un gesto con la mano señalando su cara y me miró—. Quiero decir, las caras bonitas venden.

Sonreí.

—Eso dicen.
—¿Qué hay de ti? ¿Solo vienes por el surf?
—En su mayoría se podría decir que sí.
—¿Y en la minoría?
—Mi familia.
—¿Tu familia?
—Un descanso de ella.
—Ah, sí, lo entiendo —asintió.
—¿Y la tuya? Dijiste que estás en su casa.
—Así es. ¿Esto será pregunta y respuesta atacada?
—Tú preguntas, yo respondo. Yo pregunto, tú respondes. ¿Por qué no vives en tu casa?
—Paso los veranos con mi familia y luego vuelvo. Pero no significa que tengas que irte —habló rápido, como si me fuera a retractar. Mejor opción no tenía.
—¿Por qué me ofreces tu casa?
—Porque no tienes. No uso la mía y te dije que no es un lugar seguro esa zona.
—¿Cómo lo sabes? —pareció ponerse tenso.
—Solo lo comentan —se aclaró la garganta y se removió. La mano ya no agarraba la frente, sino que fue a parar a su gorra—. Rumores, pero es mejor prevenir, ¿cierto?
—Mmh, cierto —no le di impotancia.

El resto del camino hacia su casa fue en silencio, pero no tanto, ya que el ruido de las olas y las ráfagas de viento todavía resonaban, junto con risas y gritos.

Tampoco fue incómodo. Aprovechaba los momentos para mirar por la ventana y llenarme de ese aire tan fácil y poco denso que existe, y cada tanto lo miraba a él.

Disimulada.

O eso creia yo.

—¿Buenas vistas? —y para mi mala suerte tuvo que frenar en un semáforo y se giró a mirar con una ceja apenas enarcada y bastante dispuesto esperando mi respuesta.
—Ya sabes lo que dicen, las caras bonitas venden —y me giré hacia la ventana, nerviosa. Creo que hasta logré ver una sonrisa escapar de sus labios.




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