Hay una diferencia entre no tener alma y haberla perdido. Malaquías Voss lo sabía porque había conocido las dos cosas, en ese orden, y entre una y otra había transcurrido el único período de su vida que merecía el nombre de haber vivido.
La ciudad de Várena dormía mal. Siempre lo hacía cuando él estaba despierto. Era una relación parasitaria, casi simpática, entre el monstruo y su huésped: Malaquías consumía la paz de la ciudad con el mismo descuido con que un hombre distraído apaga la luz al salir de una habitación que aún está ocupada. No como acto de crueldad. Simplemente porque la oscuridad era su estado natural y le resultaba incómodo que hubiera luz a su alrededor.
Eran las tres y dieciséis de la madrugada. Malaquías estaba sentado en el borde del edificio más alto de Várena —cuarenta y dos pisos sobre el nivel del mar, suficiente para que los autos de abajo parecieran insectos y los insectos de abajo parecieran nada— y miraba el horizonte con la expresión concentrada de alguien que intenta recordar el nombre de una persona a quien ya no le importa.
No había nada ahí afuera. Eso era lo que le fascinaba. No el vacío del cielo, sino el vacío de significado que se extendía debajo de él: ochocientas mil personas que respiraban y sudaban y amaban y morían sin que ninguna de esas acciones cambiara en lo más mínimo la textura del universo. Vidas como burbujas de jabón. Hermosas quizás, en su brevedad, pero idénticas en su destino: reventar sin dejar rastro en el aire que las contenía. Ese pensamiento, que a otros podría haberles parecido sombrío, a Malaquías le producía algo parecido a la paz. No porque disfrutara de la insignificancia ajena, sino porque en un mundo sin significado, la pregunta de si él mismo era significativo o no dejaba de tener sentido. Y eso era un alivio que los hombres comunes no podían comprender.
Hacía tres meses y catorce días que Sofía estaba en el hospital.
El pensamiento llegó sin anunciarse, como siempre lo hacía. Malaquías lo dejó pasar como se deja pasar un tren: con respeto involuntario, sin intentar detenerlo y sin pretender seguirlo. Pero el tren siempre dejaba algo en el andén. Un peso. Una temperatura equivocada en el pecho. La sensación de que algo que debía estar en su lugar no estaba, y de que ese desorden era permanente.
Tres meses y catorce días. Sofía seguía respirando, pero era la máquina quien respiraba por ella. El corazón seguía latiendo, pero era una mentira educada que el cuerpo le contaba al cerebro muerto: aquí estamos, todo está bien, no hay nada que ver. El bebé crecía en ese espacio intermedio entre la vida y la muerte, alimentado por el cuerpo de una mujer que ya no habitaba ese cuerpo. Un milagro oscuro. Un hijo de la ausencia.
Malaquías flexionó los dedos y veintitrés metros de la azotea del edificio vecino se plegaron sobre sí mismos como papel. Lo hizo sin mirar. Sin pensar. Con la misma atención que un hombre le dedica a tamborilear los dedos sobre una mesa durante una conversación aburrida. El concreto gimió, el acero protestó, y después hubo silencio. Tres segundos de silencio —siempre tres segundos, era la duración específica que el mundo necesitaba para asimilar que una cosa grande había dejado de existir— y luego, abajo, en las calles de Várena, las sirenas empezaron a aullar.
Malaquías terminó el café que tenía en la mano. Lo había comprado en una cafetería de la esquina, pagado con dinero real, esperando en la fila detrás de una mujer con un cochecito de bebé y un hombre que no podía decidirse entre el americano y el cortado. A veces le gustaba hacer eso. Fingir, durante los cinco minutos que duraba la transacción, que era una persona. El cajero no lo había reconocido. O si lo había reconocido, había elegido la única forma de inteligencia disponible: no decir nada.
Su nombre real era Malaquías Andrés Voss Ferreiro, pero hacía tanto tiempo que nadie lo llamaba así que el nombre había adquirido la calidad de un idioma muerto: existía en los archivos, en las bases de datos gubernamentales, en el expediente clasificado que el Ministerio de Seguridad Extraordinaria guardaba bajo siete capas de contraseña, pero nadie lo pronunciaba en voz alta. La prensa lo llamaba el Vacío. Los ciudadanos lo llamaban cosas que no conviene repetir. El gobierno lo llamaba Amenaza Nivel Omega, categoría para la cual habían tenido que crear una categoría nueva porque las existentes resultaban insuficientes para describir a alguien que podía doblar el acero con la concentración que otros usan para resolver un crucigrama.
El catálogo de sus capacidades era, en términos técnicos, el problema más complejo que los analistas de la Agencia de Seguridad Extraordinaria habían enfrentado en los cincuenta y tres años de existencia de la institución. Podía manipular la energía cinética de cualquier objeto dentro de un radio que había expandido progresivamente a lo largo de los años. Podía detener proyectiles en el aire con el mismo esfuerzo que requería abrir una puerta. Podía hacer que un edificio de treinta pisos vibrara a la frecuencia exacta que hacía colapsar sus cimientos, que era el mismo principio por el que un tenor de ópera puede romper una copa de cristal, solo que en una escala que habría dejado al tenor boquiabierto. Podía afectar el sistema nervioso de una persona mediante variaciones microscópicas de presión, inducir inconsciencia, o —si lo decidía, si lo elegía— hacer que alguien sintiera el equivalente de una hora de dolor en diez segundos de contacto.
Lo había hecho antes. No frecuentemente. Pero lo había hecho.
Lo que más desconcertaba a los analistas, sin embargo, no era el catálogo de lo que podía hacer. Era el catálogo de lo que elegía no hacer. En once años de actividad registrada en Várena, el número de muertes directamente atribuibles a Malaquías Voss era sorprendentemente bajo para alguien de su escala. No porque le importara la vida humana de la manera en que le importa a quienes tienen una relación funcional con la moral, sino porque matar sin intención le parecía descuidado. Era una cuestión estética, no ética. Los daños colaterales eran señal de trabajo impreciso, y Malaquías era, en todo lo demás, absolutamente preciso.