Lo Que Les Dejamos

II. Un Hombre De Azul En Una Ciudad Gris

Elías Crane desayunaba a las seis y cuarenta y cinco todas las mañanas con la regularidad de alguien a quien la rutina no lo sostiene sino que lo define. La distinción importa: hay personas que se aferran a la rutina porque sin ella se deshacen, y hay personas para quienes la rutina es simplemente el contenedor natural de lo que son, la forma visible de una coherencia interna que existiría de todas formas, con horarios o sin ellos. Elías era del segundo tipo. Si el mundo hubiera terminado a las seis y cuarenta y cuatro de la mañana, habría desayunado entre los escombros.

Valeria solía decir que, si alguien quería encontrar una brecha en la armadura del Centinela, que viniera entre las seis y cuarenta y cinco o a las siete y diez, cuando tenía la mitad de la mente en el huevo revuelto y la otra mitad en la sección de noticias locales. Lo decía con la ironía afectuosa de quien conoce completamente a alguien y elige encontrar encantador lo que otros encontrarían predecible. Malaquías lo sabía también. Y nunca venía a esa hora, lo cual decía algo sobre él, aunque Malaquías nunca habría reconocido qué.

Era una mañana de miércoles, tres semanas después del episodio del edificio en el centro, y Elías estaba leyendo el reporte que la Agencia de Seguridad Extraordinaria le enviaba cada madrugada —cuatro páginas de incidentes clasificados por severidad, un documento que en otras manos podría haber pasado por la crónica policial de una ciudad particularmente desafortunada y que en las suyas era simplemente el estado del mundo que había elegido habitar— cuando llegó a la última entrada y se quedó quieto durante un momento más largo de lo habitual.

Escala de destrucción: Moderada. Zona: Distrito Industrial Norte. Causa: El Vacío. Víctimas: Ninguna. Nota especial: Por decimotercera vez consecutiva, la zona objetivo no tenía civiles presentes en el momento del ataque. Se solicita análisis sobre posible patrón de comportamiento.

Decimotercera vez consecutiva.

Elías dobló el reporte y miró por la ventana de la cocina hacia el skyline de Várena. Desde aquí, a esta hora, con la luz del amanecer golpeando los edificios en el ángulo exacto de las seis y cincuenta de la mañana en una ciudad costera en el corazón del otoño, el horizonte se veía como siempre había prometido que podría ser. Limpio. Quieto. El tipo de ciudad que una persona podría elegir para vivir sin calcular primero el radio de daño de la entidad más poderosa que habitaba su distrito norte.

Decimotercera vez. Elías no era dado a las coincidencias. Los patrones eran su lengua materna, más que cualquier idioma: su mente traducía el mundo a estructuras antes de procesarlo en palabras. Y lo que el patrón de trece eventos sin víctimas decía no era algo que pudiera ignorar, aunque le habría resultado más cómodo hacerlo.

Decía que Malaquías Voss elegía.

Que en algún lugar entre lo que era y lo que hacía, seguía habiendo una línea que no cruzaba. No porque la línea fuera moral, no en el sentido en que Elías entendía la moral. Pero era una línea de todas formas, y las líneas, por pequeñas que fueran, decían algo sobre el hombre que las trazaba. No decían que era bueno. Decían que era humano todavía en algún sentido que importaba, aunque ese sentido fuera difícil de articular en los términos que los informes de la Agencia utilizaban.

—¿Qué pone? —preguntó Valeria desde el umbral.

Sostenía el vientre con ambas manos, con esa expresión de concentración interna que había adoptado desde el quinto mes de embarazo, como si escuchara algo que los demás no podían oír. A Elías le parecía que esa expresión era la cosa más hermosa que había visto en su vida, lo cual era una afirmación competitiva dado que en once años de trabajo como el Centinela había visto cosas extraordinarias. Pero ninguna de ellas se comparaba con Valeria en el umbral de su cocina a las seis y cincuenta de la mañana, escuchando a sus hijos.

—Nada nuevo —dijo él.

Valeria le lanzó la mirada que había perfeccionado en ocho años de matrimonio y que podría describirse como «lo que acabas de decir contiene técnicamente cero mentiras y sin embargo has mentido». Era una mirada que Elías apreciaba porque requería un nivel de atención que la mayoría de las personas no se tomaban el trabajo de desarrollar. Se sentó en la silla de enfrente, rechazó el huevo revuelto con la firmeza de alguien cuyas relaciones con los huevos revueltos habían entrado en una fase complicada desde el segundo mes de embarazo, y extendió la mano.

Elías le pasó el reporte.

Lo leyó. Asintió despacio, como si confirmara algo que ya sabía. Luego lo dejó sobre la mesa con el cuidado específico de alguien que coloca algo en su lugar correcto.

—Sigue sin matar a nadie —dijo.

—Sigue sin matar a nadie —confirmó Elías.

—Eso no lo convierte en un buen tipo.

—No. Pero significa algo.

Valeria se recostó en la silla con el cansancio específico de alguien que carga a dos personas en el cuerpo y también, en paralelo y sin posibilidad de pausa, procesa información táctica antes del desayuno. Había sido Aurora durante seis años —la heroína de velocidad y percepción aumentada que había trabajado junto al Centinela en las temporadas más complicadas que Várena había tenido, antes de que el Vacío fuera el Vacío y la ciudad todavía creía que sus problemas eran manejables— y aunque se había retirado al quedar embarazada, el cerebro no se retiraba con el uniforme. Eso era algo que Elías sabía sobre ella y que no habría cambiado por nada: el cerebro de Valeria seguía siendo el de Aurora incluso cuando ella no lo era, y tener a Aurora en la cocina a las seis y cincuenta era una ventaja que no desperdiciaría mientras durara.

Había sido Valeria quien le señaló el patrón, tres meses atrás. No el patrón de los ataques, que Elías registraba y analizaba desde hacía años, sino el otro patrón, el que existía en los márgenes: los horarios que evitaban las horas pico, los edificios destruidos los fines de semana cuando la ocupación era menor, la costumbre específica de elegir objetivos simbólicos o estéticos en lugar de objetivos que maximizaran el daño. «Este hombre está eligiendo», había dicho, con la certeza de alguien que ha pasado suficiente tiempo estudiando amenazas como para distinguir el caos del caos que tiene forma. «No es que no pueda hacerlo peor. Es que no quiere.» Elías había tardado tres semanas en admitir que tenía razón. La razón le costaba, a veces, cuando implicaba que el enemigo era más complicado de lo conveniente.




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