Iba siempre de noche. No porque le importara que lo vieran —nadie en el Hospital Regional de Várena era tan imprudente como para hacer comentarios sobre la presencia del Vacío en sus instalaciones— sino porque de noche el hospital tenía una cualidad diferente. De día era un lugar de acción: médicos en movimiento perpetuo, familias acumuladas en los pasillos con ese aire específico de la gente que espera noticias y ha agotado ya los recursos de la conversación, el ruido constante de la maquinaria institucional que intenta mantener vidas con la eficiencia desapasionada de algo que no puede permitirse la duda. De noche era un lugar de espera. Y esperar era lo único que Malaquías sabía hacer sin destruir algo.
La diferencia entre las dos versiones del hospital era la diferencia entre un verbo y un sustantivo. De día, todo era transitivo: el médico examinaba, la enfermera administraba, el familiar preguntaba, el sistema respondía. De noche, las cosas simplemente eran. El pasillo era. La luz era fluorescente. El sonido de las máquinas era. Y Sofía, en la habitación 412, era también de esa manera nocturna: sin acción, sin tránsito, sin el movimiento que define a los vivos. Solo siendo, con la permanencia impasible de las cosas que ya no cambian.
Malaquías llegaba siempre entre las once y la medianoche. Era la hora en que el personal de turno terminaba sus rondas y el pasillo del segundo piso quedaba en ese silencio de gestión mínima que tenían los hospitales cuando el mundo exterior había terminado su jornada y el mundo interior —el mundo de las máquinas y los monitores y los cuerpos que no podían esperar a mañana— continuaba su trabajo sin necesitar audiencia.
La enfermera del turno nocturno en el segundo piso se llamaba Hortense Malaver y llevaba seis semanas fingiendo que no lo reconocía. Era un fingimiento tan perfectamente ejecutado, tan libre de la tensión que habitualmente acompañaba a las personas que fingían no reconocer cosas que reconocían perfectamente, que Malaquías había llegado a la conclusión de que Hortense Malaver era, en su campo, una profesional de primer nivel. No le daba el café porque creyera que él lo necesitaba. Se lo daba porque había entendido instintivamente que era la única forma de interacción que no requería que ninguno de los dos se definiera frente al otro. El café era un acto sin categoría. Podía ser compasión o podía ser protocolo o podía ser simplemente el hábito de una mujer que había aprendido, en años de turnos nocturnos, que las horas largas eran más habitables con algo caliente en la mano.
Malaquías aceptaba el café por la misma razón. Porque era la única interacción que no requería que él fuera nada específico. No el Vacío. No el villano. No el marido devastado. Solo el hombre que recoge el café del mostrador y asiente levemente y sigue hacia el pasillo.
Esta noche el café era de canela.
Malaquías lo olió en el umbral del pasillo antes de recogerlo. Sofía tomaba el café de canela en verano y el de cardamomo en invierno, y era noviembre, lo cual hacía la elección de la enfermera simultáneamente correcta e incorrecta, y la coincidencia lo golpeó con la precisión de algo afilado: ese tipo de golpe que no hace ruido ni deja marca visible pero que te detiene, te hace perder el paso un instante, y te obliga a recordar dónde estás y por qué.
Recogió el café. Caminó hasta la habitación 412. Empujó la puerta.
La habitación 412 tenía cuatro metros con setenta de largo y tres metros con veinte de ancho, lo cual Malaquías sabía porque había medido la primera noche sin ningún propósito práctico, solo porque necesitaba saber las dimensiones del espacio donde Sofía existía. Tenía una ventana que daba al patio interior del hospital —no la vista más generosa, pero suficiente para que la luz de la mañana entrará en diagonal entre las nueve y las once— y las paredes eran del beige institucional que los hospitales elegían porque generaba la menor cantidad posible de reacciones emocionales en la mayor cantidad posible de personas, que era exactamente la razón por la que a Malaquías le resultaba insoportable.
En la primera semana había traído una planta. Una pequeña kalanchoe roja, comprada en la floristería que estaba a dos manzanas del hospital, pagada con dinero real como el café. Los médicos no le habían dicho nada. Las enfermeras tampoco. La planta seguía ahí, en el alféizar de la ventana, con esa obstinada vitalidad que tienen las suculentas: sobreviviendo con poca agua y poca luz, sin pedir más de lo que el ambiente podía dar. A Malaquías le parecía, en ocasiones, que la planta era el único ser vivo en la habitación que entendía las reglas del lugar. Sofía no podía sobrevivir con poca. La planta sí. Y la planta seguía ahí, con sus flores rojas pequeñas y su aire de no necesitar a nadie, como si el mundo le debiera exactamente nada y estuviera bien con eso.
La máquina respiraba. El monitor cardíaco marcaba su ritmo monótono y absolutamente honesto —el corazón no mentía, seguía latiendo porque los músculos del corazón seguían siendo músculos aunque el cerebro que los había gobernado ya no gobernaba nada— y Sofía yacía en la cama con el cabello oscuro extendido sobre la almohada.
Malaquías insistía en que se lo cepillaran. Lo había dicho una sola vez, en la segunda semana, a la enfermera del turno de la tarde, con la calma precisa que usaba para las cosas que no estaban en discusión. La enfermera había anotado la instrucción sin comentario y desde entonces se cumplía. No porque a Sofía le importara. Sofía no estaba ahí para que le importara. Sino porque a Malaquías le importaba que el cuerpo de Sofía tuviera, en la medida de lo posible, la apariencia de algo que Sofía habría querido. Era lo único que podía hacer. Era muy poco. Pero era lo único.
Arrastró la silla de plástico duro —siempre la misma, siempre en el mismo lugar junto a la cama de su lado, nadie la movía porque nadie quería ser la persona que moviera la silla— y se sentó. Dejó el café sobre la mesa de noche. Miró el rostro de Sofía durante el tiempo que le tomó convencerse, como cada noche, de que era real, que seguía siendo ella aunque no fuera nadie, que el cuerpo era de Sofía aunque Sofía ya no estuviera en él.