Lo Que Les Dejamos

IV. La Filosofía Del Fin

Ocurrió un viernes al mediodía, que es el momento más inconveniente posible para la destrucción de un edificio en el corazón de una ciudad de ochocientas mil personas. Los viernes al mediodía la Avenida Central era la arteria más transitada de Várena: los empleados de las oficinas gubernamentales saliendo a comer, los mercados de frutas montados en las aceras del tramo norte, los escolares de los colegios del distrito haciendo sus recorridos hacia los comedores populares con esa cadencia específica de los niños en fila que caminan con la mitad de la atención en el destino y la otra mitad en cualquier cosa que no sea el destino. Era, en resumen, el momento en que la Avenida Central estaba más viva y más ocupada y más completamente llena de las cosas que hacen que una ciudad sea una ciudad y no solo un conjunto de edificios.

La razón por la que ocurrió en ese momento y en ese lugar fue exactamente la misma por la que Malaquías hacía la mayoría de las cosas que hacía: no había razón. Había impulso. Había energía acumulada que buscaba dirección, y la dirección que encontró esa mañana fue la Avenida Central, y la Avenida Central en viernes al mediodía era lo que era.

O eso era lo que Malaquías se había dicho durante los cuatro días previos, mientras el impulso se acumulaba y él observaba desde los tejados y desde los bordes de los edificios altos y desde el tejado del hospital donde iba de noche, y sentía la presión crecer con la familiaridad de algo que ya ha ocurrido antes y que el cuerpo reconoce antes que la mente. Eso era lo que se había dicho. Que no había razón. Que era impulso.

La verdad, que Malaquías no se decía a sí mismo pero que existía de todas formas con la solidez de los hechos que no requieren ser reconocidos para ser reales, era diferente.

Cuatro días antes, el médico había llamado para informarle que Sofía había tenido una irregularidad cardíaca durante la noche. Menor, le había dicho, con el tono específico de los médicos que usan el adjetivo «menor» para referirse a cosas que podrían haber sido mayores y que no lo fueron y que sin embargo te recuerdan que la diferencia entre menor y mayor puede medirse en milímetros y en fracciones de segundo. El cuerpo había respondido. Los monitores lo habían detectado a tiempo. Todo estaba estabilizado.

Malaquías había escuchado la palabra «estabilizado» y había colgado el teléfono y se había quedado mirando la pared de su apartamento durante dieciséis minutos exactos —lo sabía porque el reloj de la pared marcaba el tiempo con la indiferencia de los objetos que no saben que el tiempo puede dejar de importar— y luego había salido.

El impulso no era inexplicable. El impulso era la única respuesta que tenía su cuerpo a la información de que el mundo podía quitarle a Lucas antes de que Lucas existiera en el mundo, de que las máquinas que respiraban por Sofía podían dejar de respirar, de que la línea entre el cuerpo que funcionaba y el cuerpo que no podía medirse en una irregularidad cardíaca de las tres de la madrugada. El impulso era la energía que no encontraba salida interna y buscaba una externa. Era mecánico. Era predecible. Era todo lo que tenía.

Los tres edificios gubernamentales de la Avenida Central llevaban años en su lista de cosas que le desagradaban. No era una lista formal —Malaquías no hacía listas— sino una acumulación de impresiones que había ido registrando con la atención involuntaria que se le da a las cosas que irritan: el Ministerio de Planificación Urbana, cuya fachada de los años sesenta era una ofensa al concepto mismo de la arquitectura; la Secretaría de Hacienda, que había sido construida en los noventa con el tipo de optimismo financiero que produce fachadas de vidrio reflectante que en el calor del mediodía convierten la acera en una superficie de fritura; y el Registro Civil, que no era particularmente feo sino simplemente innecesariamente alto para el espacio que ocupaba, como un hombre que se pone de puntillas en una fila sin ninguna razón válida.

Habían ocupado esa lista durante años sin consecuencias. Ese viernes al mediodía dejaron de ser lista.

La Agencia de Seguridad Extraordinaria había aprendido a leer los patrones de Malaquías con la misma atención con que los meteorólogos leen los sistemas de presión: no con la certeza de predecir exactamente qué pasaría, sino con la suficiente experiencia como para detectar cuándo las condiciones eran favorables para algo que convenía no ignorar. La alerta que habían emitido esa mañana a las nueve y cuarenta y seis había sido suficiente para que los edificios estuvieran razonablemente vacíos cuando empezaron a caer. Razonablemente. No completamente.

Razonablemente significaba esto: de los ochocientos treinta y siete empleados que habitualmente ocupaban los tres edificios en un viernes al mediodía, setecientos noventa y cuatro habían evacuado en el tiempo disponible. Los cuarenta y tres restantes eran, en su mayoría, personas que no habían recibido la alerta a tiempo, o que la habían recibido y habían subestimado la urgencia, o que estaban en los sótanos o en los núcleos de comunicación o en los baños o en cualquiera de los lugares específicos donde la gente se encuentra cuando el mundo exterior decide que el momento ha llegado y el interior no está informado todavía. De esos cuarenta y tres, los equipos de rescate habían sacado a veintiséis antes de que cayera el primer edificio. Los diecisiete restantes habían sido rescatados del primer y segundo edificio en el intervalo entre el primer y el segundo derrumbe, en ese espacio de cuatro minutos y treinta y dos segundos que Malaquías había dejado entre ellos: no deliberadamente, no como acto de misericordia, sino porque el primer edificio requería cierto tiempo de observación antes del siguiente, porque el colapso de una estructura de esa escala tenía una estética que exigía ser vista completa antes de continuar con la siguiente.

Los diecisiete habían salido todos. Ninguno había muerto. Varios habían resultado heridos en la evacuación apurada, con el tipo de heridas que produce la gente cuando corre sin saber exactamente hacia dónde: rodillas, tobillos, una fractura de muñeca de un hombre que había tropezado en las escaleras del Ministerio y que declararía más tarde a los medios, con una ecuanimidad que los periodistas encontraron perturbadora, que lo más extraño del día había sido el silencio entre los derrumbes. «Como si esperara», diría. «Como si le importara el intervalo.»




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