El día que nació Lucas comenzó sin que Malaquías durmiera.
No había dormido tampoco la noche anterior, ni la anterior a esa, aunque por razones distintas. La noche de la Explanada Norte no había dormido por lo que había hecho y por la forma en que lo que había hecho se asentaba en el interior cuando el cuerpo dejaba de estar en movimiento: no con culpa —la culpa requería un sistema de valores que él no tenía— sino con el tipo de reconocimiento que produce el inventario honesto de uno mismo, que es a veces más difícil que la culpa porque la culpa al menos tiene el consuelo de implicar que uno lamenta algo, y él no lamentaba, solo registraba, y registrar sin lamentar tenía una frialdad que incluso para sus estándares podía ser incómoda. La noche siguiente no había dormido porque el teléfono había sonado a las tres de la madrugada.
El médico. La voz del médico, que Malaquías había aprendido a leer como se leen los instrumentos: no por el contenido sino por la temperatura, por el ritmo, por los milisegundos de diferencia entre una palabra y la siguiente que decían más que las palabras mismas.
Esta vez la voz tenía prisa.
—El cuerpo ha iniciado el proceso —dijo el médico—. El bebé viene antes de lo programado. Estamos preparando el quirófano.
Malaquías había colgado el teléfono. Se había quedado de pie en el apartamento del ala norte —la luz del teléfono apagándose, el apartamento devolviéndose a la oscuridad, los libros de Sofía organizados por color en la estantería que él nunca había reordenado— durante exactamente cuatro segundos. Cuatro segundos que eran el tiempo que tardó en entender que «el cuerpo ha iniciado el proceso» significaba que Lucas estaba llegando, que el espacio entre la promesa y la realidad se había cerrado de golpe en una llamada de las tres de la madrugada, y que lo que fuera que Malaquías Voss era iba a encontrarse muy pronto cara a cara con lo que fuera que Lucas Voss iba a ser.
Luego había volado hacia el hospital.
Los quirófanos del Hospital Regional de Várena estaban en el tercer piso, ala oeste, detrás de una puerta de acceso restringido que requería código y credenciales y el tipo de justificación burocrática que los hospitales desarrollan para proteger los espacios donde ocurren las cosas que no pueden tener interrupciones. Malaquías se había detenido en el pasillo antes de la puerta restringida. No porque no pudiera abrirla —podía abrirla de varias formas que ninguna de ellas figuraba en el manual de procedimientos del hospital— sino porque había una enfermera en el extremo del pasillo que lo había mirado con la expresión de alguien que ya ha evaluado la situación y ha tomado una decisión antes de que la situación requiera que se la comunique.
No era Hortense Malaver. Era una mujer más joven, del turno de madrugada, con el tipo de aplomo que los hospitales producen en sus mejores empleados: la capacidad de procesar lo inesperado sin que lo inesperado los defina.
—El procedimiento comenzó hace quince minutos —dijo, sin moverse de donde estaba—. El médico a cargo es el doctor Ferrán. Es el mejor del servicio.
Malaquías la miró. —¿Cuánto tarda?
—Entre cuarenta y cinco minutos y una hora y quince, en condiciones normales. —Una pausa que tenía el peso específico de las pauses que preceden a la información que se da con cuidado. — Las condiciones son las que son, pero el doctor Ferrán ha trabajado con esta paciente desde el principio. Conoce el caso. Sabe lo que hace.
Era una información y también era una promesa. No la promesa de un resultado —eso habría sido deshonesto, y los buenos empleados de hospital no son deshonestos sobre los resultados porque saben que la deshonestidad en esa dirección tiene un costo que no merece el consuelo temporal que produce— sino la promesa de que lo que podía controlarse estaba siendo controlado por alguien competente.
Era, en el mapa de lo que Malaquías podía recibir esa noche, suficiente.
Se apoyó en la pared del pasillo frente a la puerta restringida. La enfermera volvió a sus cosas con el tino de alguien que ha entendido que su presencia ha hecho lo que tenía que hacer y que ahora lo mejor que puede ofrecer es la normalidad del pasillo. El pasillo del tercer piso ala oeste a las tres y veintidós de la madrugada era casi completamente silencioso: el ruido de las máquinas del ala de cuidados intensivos llegaba atenuado desde el otro extremo, y el sistema de ventilación producía su sonido constante de fondo, ese sonido que en los hospitales se convierte en el ritmo base sobre el que se superponen todos los demás sonidos hasta que te das cuenta de que llevas horas escuchándolo sin haberlo registrado conscientemente.
Malaquías esperó.
No era bueno esperando. Era extraordinariamente bueno en muchas cosas que no eran esperar, y esperar era el polo opuesto de lo que era: la inmovilidad, la dependencia del tiempo ajeno, la ausencia de cualquier posibilidad de intervención activa sobre lo que importaba. Había esperado durante cuatro meses en la habitación 412. Había aprendido, en esos cuatro meses, que la espera no mejoraba con la práctica de la misma manera en que mejoran las habilidades que tienen técnica. La espera era simplemente la espera, todas las veces: el mismo peso, la misma suspensión, la misma acumulación de tiempo que no avanza hacia nada que uno pueda acelerar.
Esperó cuarenta y un minutos.
A los cuarenta y un minutos la puerta del quirófano se abrió y el doctor Ferrán salió con la mascarilla quirúrgica colgada del cuello y la expresión de alguien que ha terminado lo que tenía que terminar y que está evaluando cómo comunicarlo.
Malaquías se incorporó.
—El bebé está bien —dijo el médico, antes de cualquier otra cosa, con la consciencia de los médicos que saben cuál es la primera pregunta aunque no haya sido formulada todavía.— Un varón. Tres kilos doscientos. Las constantes son buenas.
Malaquías no dijo nada. El médico continuó.