Lo que me dice mi Corazón

1

El dolor fue lo primero que regresó. No era un dolor agudo, sino una presión sorda y rítmica detrás de mis párpados, como si alguien estuviera golpeando un tambor dentro de mi cráneo. Intenté moverme, pero mis extremidades pesaban como si estuvieran hechas de plomo. Poco a poco, con un esfuerzo titánico, obligué a mis ojos a abrirse.

​La oscuridad se fracturó. Una luz blanca, clínica y despiadada, me hirió las pupilas, obligándome a parpadear con desesperación. A lo lejos, un sonido constante y monótono empezó a cobrar sentido: beeeep... beeeep... beeeep... Era un ritmo electrónico que me resultaba extrañamente familiar. Cuando mi visión finalmente se enfocó, distinguí las líneas verdes que bailaban en un monitor de frecuencia cardíaca. El olor a antiséptico y a sábanas almidonadas me dio la respuesta antes de que mi mente pudiera procesarla: estaba en un hospital.

​—¿Qué hago aquí? —mi voz sonó como un rascado de lija, seca y desconocida—. ¿Cómo llegué aquí?

​—Hija, qué bueno que ya despertaste... —La voz de mi madre llegó desde un costado. Al girar la cabeza, la vi. Parecía haber envejecido diez años en una noche; sus ojos estaban rojos, rodeados de ojeras profundas que hablaban de noches en vela.

​—Mamá... ¿qué está pasando? ¿Por qué estoy en esta cama? ¿Qué fue lo que pasó? —Sentí una oleada de pánico. Mi madre se acercó rápidamente, ayudándome a incorporarme con almohadas para que pudiera quedar sentada. El movimiento me provocó un mareo que hizo que la habitación diera vueltas.

​—Tuviste un accidente mientras manejabas —dijo mi hermano, que apareció detrás de ella con los brazos cruzados y una expresión de alivio mezclada con una extraña cautela.

​Fruncí el ceño, confundida. La confusión era tan densa que casi podía tocarla.

—¿Manejaba? Pero si ni siquiera tengo licencia, mucho menos un auto. ¿De qué están hablando?

​Se hizo un silencio sepulcral. Mi familia intercambió miradas rápidas, de esas que esconden verdades incómodas. Fue en ese momento cuando lo sentí: una mirada fija, pesada, cargada de una intensidad que me erizó la piel. Mis ojos viajaron hacia el rincón de la habitación, donde un hombre permanecía de pie, casi fundiéndose con las sombras.

​Era alto, de una presencia imponente. Su cabello rubio estaba perfectamente peinado, aunque algunos mechones rebeldes caían sobre su frente, dándole un aire de fatiga elegante. Tendría unos 30 años y vestía un traje que gritaba poder y sofisticación. Pero lo que me detuvo el aliento fueron sus ojos: de un verde profundo, como un bosque antiguo, que me observaban con una mezcla de ansiedad y algo que no supe identificar. Mi corazón, desobedeciendo mis órdenes, empezó a latir con una fuerza salvaje.

Bip-bip-bip-bip... El monitor de frecuencia cardíaca me delató sin piedad. El ritmo se aceleró erráticamente mientras sentía que el calor subía por mi cuello hasta encender mis mejillas. Aquel desconocido me dedicó una media sonrisa, una expresión cargada de una familiaridad que yo no poseía, lo que me hizo desear que la tierra me tragara. Por suerte, el doctor entró en ese momento, rompiendo el hechizo y desconectando el equipo que pregonaba mi nerviosismo.

​—Nos alegra que haya despertado, señorita Adams. Le haré unas preguntas de rutina para verificar su estado, ¿está de acuerdo? —Asentí, todavía aturdida.

​—¿Cuál es su nombre?

—Alba Adams —respondí con seguridad. El médico anotó algo en su tabla.

—¿Qué edad tiene?

—Veintiún años —dije sin dudar.

​El silencio que siguió fue distinto al anterior. Fue un silencio de horror. El doctor levantó la mirada, mirándome por encima de sus anteojos. Mi madre ahogó un sollozo y mi hermano apretó los puños.

​—¿Qué es lo último que recuerda, Alba? —preguntó el médico con voz suave, demasiado suave.

—Estaba estudiando para los finales... para pasar a mi último año en la universidad, en la carrera de Administración de Empresas. Recuerdo que me quedé dormida sobre los libros de contabilidad —respondí, sintiendo una punzada de dolor en las sienes al intentar hurgar más allá de ese recuerdo.

​El doctor escribió algo frenéticamente y luego se dirigió a los presentes.

—Por favor, retírense. Tenemos que realizar unas pruebas adicionales.

​Vi a mi familia salir con los hombros caídos. El hombre de los ojos verdes fue el último en moverse; me dedicó una última mirada cargada de una tristeza infinita antes de cerrar la puerta. Durante las siguientes cinco horas, mi mundo se convirtió en un desfile de tubos, escaneos y preguntas repetitivas. Mi mente era un lienzo en blanco donde antes debería haber habido recuerdos.

​Finalmente, el doctor regresó con los resultados, acompañado de mi familia y, para mi sorpresa, el extraño apuesto.

​—Señorita Adams —empezó el médico, con una gravedad que me heló la sangre—, usted tiene veintinueve años.

​El aire abandonó mis pulmones. ¿Veintinueve? Eso era imposible. Yo me sentía como la chica de veintiuno que solo pensaba en sus exámenes y en su futuro.

​—El accidente provocó un traumatismo cerebral que ha afectado su memoria a largo plazo. Al parecer, ha olvidado los últimos ocho años de su vida. Lo que usted cree que fue ayer, en realidad sucedió hace casi una década.

​Dejé de escuchar. Las palabras del médico se convirtieron en un zumbido blanco. Ocho años borrados. Mi juventud, mis logros, mis errores... todo se había esfumado en un choque de metal. ¿Quién era la mujer de veintinueve años que ocupaba mi cuerpo?

​—¿Qué voy a hacer ahora? —susurré, sintiéndome pequeña en esa cama inmensa.

​—Por ahora, descansar —indicó el doctor—. Irá a casa y deberá asistir a sesiones de terapia con un psicólogo para intentar reconstruir su pasado o, al menos, aprender a vivir con este nuevo presente. Vendrá a revisión cada mes.

​Cuando el médico se retiró, la habitación quedó en un silencio tenso. Miré a ese hombre, al que todavía no conocía pero que no se había ido de mi lado. Mi corazón volvió a contraerse, doliendo de una forma física.




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