Tres años. Mil noventa y cinco días han pasado desde que desperté en aquella cama de hospital siendo una extraña para mí misma.
Mi alarma suena puntualmente a las 5:00 a.m. No necesito posponerla; mi cuerpo se ha acostumbrado a la disciplina de una vida que, aunque no recuerdo haber construido, domino a la perfección. Me levanto y me sumerjo en un baño de agua caliente, dejando que el vapor empañe los espejos, ocultando por un momento la imagen de la mujer de veintinueve años que todavía, a veces, me sorprende al otro lado del cristal.
Al salir, selecciono mi armadura para el día: una falda de tubo negra, lo suficientemente corta para ser moderna pero lo bastante profesional para la oficina, y una camisa blanca de seda con un escote en V que insinúa más de lo que muestra. Me aliso el cabello hasta que brilla como la seda y aplico un maquillaje sencillo, resaltando mis ojos. Al calzarme los tacones y tomar mi bolso, me siento lista. La Alba de veintiún años habría usado zapatillas y una mochila; la Alba de hoy camina con una seguridad que parece grabada en sus huesos.
Mi recuperación fue un fenómeno que incluso los médicos calificaron de asombroso. Aunque los recuerdos de esos cinco años perdidos siguen bajo llave en algún rincón oscuro de mi mente, mis habilidades profesionales regresaron como por instinto. Tras un año de vivir con mis padres, decidí que era hora de recuperar mi independencia. Compré un departamento en el centro, lo suficientemente cerca de Lewis Publishing para disfrutar de una caminata matutina.
Me encanta cruzar el parque a esta hora. Observo a los corredores, a los niños con sus mochilas y a los adolescentes que ríen camino a clase. A veces, una punzada de nostalgia me atraviesa el pecho sin previo aviso. Es una sensación extraña: extrañar una etapa de la vida que técnicamente ya viví, pero de la que no conservo ni un solo fotograma.
Me detengo en mi cafetería habitual.
—Lo de siempre, Alba —dice el barista con una sonrisa.
Dos cafés negros cargados y cuatro medias lunas de jamón y queso. Uno para mí y el otro... para el hombre que se ha convertido en el centro de mi universo.
Al llegar a la oficina, el ambiente se siente pesado, cargado de una electricidad estática que conozco bien. Las secretarias del piso inferior me miran con lástima. Apenas el ascensor abre sus puertas en el PH, una de las chicas del equipo administrativo corre hacia mí.
—Alba, qué bueno que llegaste. El jefe está insoportable hoy —susurra, señalando la puerta doble de caoba—. Se escuchan ruidos... creo que ha roto algo.
Le devuelvo una sonrisa tranquilizadora, aunque mi propio corazón empieza a martillear contra mis costillas.
—No te preocupes, yo me encargo.
Liam Lewis tiene un carácter que puede reducir a cenizas a cualquier empleado, pero conmigo siempre ha sido diferente. Hay una paciencia en él, una suavidad oculta que solo me reserva a mí, y eso es precisamente lo que me ha condenado. Entro en su oficina sin tocar. El espectáculo es desolador: una lámpara yace destrozada en el suelo y varios papeles están esparcidos como nieve sucia. Liam está sentado en su silla de cuero, con la cabeza apoyada sobre el escritorio de cristal, sus dedos enterrados en su cabello rubio.
—Veo que estamos teniendo un mal día —digo suavemente, dejando el café cerca de su mano.
Él levanta la mirada. Sus ojos verdes, siempre tan profundos, están empañados, casi cristalizados. Verlo así me rompe en mil pedazos. Me enamoré de él hace un año y medio. No fue un flechazo instantáneo, sino una erosión lenta y constante de mis defensas. Me enamoré de su inteligencia, de la forma en que protege a su gente y de esos momentos de vulnerabilidad que solo yo presencio.
Pero mi amor es un secreto bajo llave. Poco después de empezar a sentir esto, descubrí la verdad: Liam estuvo casado. Su esposa lo abandonó, dejándole un vacío que él intenta llenar con trabajo y arranques de ira. Mis fuentes dicen que a veces aún llora por ella. ¿Qué oportunidad tengo yo contra el recuerdo de una mujer que él amó tanto? Soy solo la secretaria que olvidó su propia vida, tratando de encajar en los restos de la suya.
—Alba... —su voz es un susurro roto.
—Es hora de desayunar, Liam. Come algo.
Él me dedica una sonrisa triste y acepta el café. Desayunamos en un silencio que no es incómodo, sino íntimo. Es nuestro ritual.
—¿Me contarás qué está pasando? —pregunto finalmente.
—¿Hiciste la reservación que te pedí? —responde él, evadiendo la pregunta. Asentí—. Vete temprano hoy. Arréglate. Saldremos a cenar.
A veces hace eso. Me lleva a cenar a lugares elegantes, paga todo y me trata como a una reina, solo para luego dejarme en mi puerta con un "buenas noches" formal que me recuerda mi lugar. Acepto, porque cualquier migaja de su tiempo es mejor que nada.
A las 8:00 p.m., un deportivo negro ronronea frente a mi edificio. Bajo vistiendo un vestido verde oscuro que resalta mi piel y un escote de corazón que me hace sentir poderosa. Liam baja la ventanilla. Lleva el mismo traje verde de la mañana; se ve impecable, pero sus ojos delatan que no ha descansado.
—Te ves muy hermosa, Alba —dice, y el tono de su voz me hace sonrojar como si tuviera diecisiete años.
—Tú también te ves muy bien, Liam.
El trayecto al restaurante que elegí, una terraza con vista a toda la ciudad, transcurre en un silencio cargado de palabras no dichas. Una vez sentados, con la ciudad brillando a nuestros pies, Liam pide la primera botella de vino. Luego la segunda.
—Este lugar es perfecto —dice él, mirándome fijamente mientras sostiene su copa—. Igual que tú.
—Todo es gracias a la paciencia que me has tenido, Liam. Gracias por confiar en mí cuando ni yo misma lo hacía.
Él se queda rígido. Su mirada se vuelve intensa, casi dolorosa.
—¿Cómo lo haces, Alba? Siempre logras causar cosas en mí con tus palabras... Siempre causaste eso en mí.
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Editado: 04.02.2026