Abrí los ojos y lo primero que encontré fue el rostro de Liam. A la luz tenue de la mañana, las facciones que habitualmente eran duras y autoritarias se veían suavizadas por el sueño. Una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios al observar la tranquilidad con la que dormía; parecía un hombre diferente, libre del peso del mundo que siempre cargaba sobre sus hombros. Con una lentitud agónica, me zafé de su agarre, sintiendo el calor de su piel abandonando la mía, y salí de la habitación de puntillas, como si estuviera cometiendo un pecado.
Al llegar a la sala, la realidad me golpeó. El departamento estaba sumido en un caos absoluto: botellas vacías, papeles fuera de lugar y el rastro de la crisis de la noche anterior.
—Liam, ¿qué voy a hacer contigo? —susurré para mí misma.
Quería irme, escapar antes de que él despertara y las preguntas nos asfixiaran, pero mi instinto de protección fue más fuerte. No podía dejarlo así. Pedí algo de comer por una aplicación y, mientras esperaba, me puse manos a la obra. Limpiar se convirtió en una forma de organizar mis propios pensamientos. Durante una hora, recorrí cada rincón, devolviendo el orden a su lujoso santuario, hasta que solo quedó una puerta: la habitación del fondo.
Nunca me había fijado en ella. Estaba al final de un pasillo oscuro, apartada de todo. Cuando mi mano rozó el pomo frío de la puerta, un movimiento brusco me sobresaltó. Antes de que pudiera reaccionar, unos brazos fuertes me acorralaron contra la pared. Liam estaba allí, con la respiración agitada y una intensidad en sus ojos verdes que me hizo flaquear las rodillas.
—Liam... —mi voz apenas fue un hilo de aire. Mi corazón golpeaba mi pecho con tal fuerza que temí que él pudiera sentir la vibración. Estaba tan cerca que podía oler el rastro del vino y su propio aroma natural.
—Esta habitación está prohibida, Alba —dijo con una voz ronca, autoritaria, pero cargada de un dolor punzante.
El silencio que siguió fue denso, roto solo por el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas. En ese instante de máxima tensión, el timbre de la casa resonó como un disparo.
—Llegó la comida —logré decir, intentando recuperar el aliento.
—Comamos entonces —respondió él, rompiendo la cercanía y dándose la vuelta para abrir la puerta.
Comimos comida china en el sofá, envueltos en un silencio sepulcral que me carcomía por dentro. Mis ojos viajaban inevitablemente hacia ese pasillo oscuro. ¿Qué ocultaba allí? ¿Por qué un hombre tan racional se ponía así por una simple habitación? ¿Sería el santuario de su esposa desaparecida? El Liam que vi en ese pasillo estaba aterrado de que yo entrara, y eso me dolía más de lo que quería admitir.
—Alba —su voz me sacó de mi trance—. Anoche... nosotros nos besamos, ¿verdad?
Sentí que la sangre subía a mis mejillas. Asentí, incapaz de mirarlo a los ojos.
—¿Fue todo lo que pasó? ¿O hubo algo más?
Estaba a punto de responder, de explicarle cómo mi corazón casi se detiene cuando sus labios tocaron los míos, cuando la puerta principal se abrió de golpe. Xiomara, la madre de Liam, entró con la elegancia de un huracán.
—Parece que tienes visitas —dijo, recorriéndome con una mirada cargada de un desprecio que no se molestó en ocultar.
—Señora Xiomara, un gusto volver a verla —mentí, tratando de ser amable. Ella solo me dedicó una mueca de asco. Desde el primer día, me dejó claro que para ella yo no era más que una empleada de clase baja que no merecía estar cerca de su linaje.
—Madre, te he dicho que no vengas sin avisar —gruñó Liam, dejando los palillos con fastidio.
—Tenemos asuntos que atender, EN PRIVADO —recalcó ella, clavando sus ojos en mí.
Entendí la indirecta. Recogí mis cosas rápidamente.
—Liam, espero que descanses. Mañana seguimos hablando.
Salí de allí sintiendo que el aire volvía a mis pulmones. Esa mujer lograba que el ambiente se volviera irrespirable.
El dilema de LiamUna vez que Alba cruzó la puerta, me dejé caer en el sofá. La cabeza me estallaba.
—Madre, por favor, no empieces —le advertí antes de que abriera la boca.
—Esa chica no es buena para ti, Liam. Estás anclado al pasado. No puedes casarte con otra mientras sigas casado legalmente con... ella.
Me tensé.
—Ese es mi problema, madre.
—Puedo resolverlo con una llamada —dijo ella, tomando su teléfono—. En una semana estarás soltero de nuevo.
—Ni se te ocurra —le arrebaté el aparato de la mano. No estaba listo. No todavía.
—Hijo, estás desperdiciando tu vida.
—Dame hasta el aniversario —suspiré, sintiéndome derrotado—. Si para entonces nada ha cambiado... haré lo que dices.
Cuando finalmente se fue, caminé hacia la habitación prohibida. La abrí con la llave que siempre llevaba conmigo. Al entrar, el tiempo parecía haberse detenido. Fotos, ropa, recuerdos... toda una vida encapsulada en cuatro paredes. La culpa me golpeó como una ola.
—Solo seis meses más —susurré a la nada—. Solo seis meses y te dejaré ir.
Un nuevo día, una nueva confesiónA la mañana siguiente, el gimnasio y el trabajo me sirvieron de distracción. Llegué a la oficina a las 7:00 a.m., vestido con mi mejor traje azul oscuro, intentando recuperar la máscara de jefe imperturbable. Alba ya estaba allí, con mi café listo y esa sonrisa que, sin saberlo, me salvaba la vida cada mañana.
La observé mientras me leía la agenda. Su seguridad, la forma en que movía sus labios al hablar, la pasión con la que explicaba los proyectos... era perfecta.
—¿Señor Liam? ¿Me está escuchando? —preguntó, sacándome de mis pensamientos.
—Si... Alba, tenemos que hablar. —Ella se puso firme, profesional—. ¿Qué pasó anoche exactamente?
Vi cómo se ponía roja, un tono carmesí que la hacía lucir adorable.
—Bueno... usted me besó y... después... se desmayó.
—¿Cómo? —pregunté, incrédulo.
—Se quedó dormido por el alcohol. Me tenía tan apretada que no pude irme y me quedé dormida a su lado.
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Editado: 04.02.2026