Me quedé de una pieza. Si me hubieran dicho que un meteorito iba a caer en la avenida Libertador justo en ese momento, me lo hubiese creído más que a la propuesta que Liam me soltó sin anestesia. ¿Salir conmigo? ¿En serio? Mi corazón, que ya venía a un millón por hora, decidió que era buen momento para tratar de salirse de mi pecho.
—¿Cómo que salir contigo, Liam? —solté, tratando de que la voz no me temblara, aunque por dentro era un manojo de nervios—. No entiendo nada. Ayer estabas muy raro, llega tu mamá y me mira como si yo fuera algo que el gato trajo de la calle, ¿y ahora quieres que salgamos?
Él suspiró y se pasó una mano por el pelo, un gesto que yo sabía que solo hacía cuando estaba al borde del colapso. Se levantó de su silla y caminó hacia el ventanal, dándole la espalda a mi mirada inquisidora.
—Alba, no me mires así. Sabes que mi vida es un soberano desastre —dijo con un tono amargo—. Mi madre... bueno, ya la viste. Ella no tiene filtro. Se ha empeñado en que tengo que "continuar mi vida", que si el luto se acabó, que si tengo que buscarme una mujer de su altura para casarme y darle nietos. Me tiene loco, de pana.
Me crucé de brazos, todavía sin tragármelo del todo.
—Ajá, ¿y yo qué pinto en ese cuadro? Soy tu secretaria, Liam. No entiendo por qué me pides esto a mí.
Él se dio la vuelta y se apoyó contra el cristal. La luz de la mañana le daba de lleno y, Dios mío, se veía demasiado bien.
—Porque no estoy listo para lo que ella quiere. No quiero que me presente a ninguna de esas "candidatas" que tiene en lista de espera. Necesito ayuda, Alba. Necesito que ella crea que ya estoy saliendo con alguien, que ya estoy haciendo mi vida para que me deje tranquilo de una vez por todas. Y tú... tú eres la única persona en la que confío lo suficiente para este... este favor.
Aquello me cayó como un balde de agua fría. "Un favor". Mis ilusiones, que por un segundo habían volado alto con el beso de la otra noche, se estrellaron contra el piso de la oficina. Entonces no era porque él sintiera algo real, sino porque yo era la opción "segura" para quitarse a Doña Xiomara de encima.
—O sea, que quieres que sea tu pantalla —dije, sintiendo un nudo en la garganta que me costaba tragar—. Quieres que finjamos algo para que tu mamá deje de atormentarte.
Liam se acercó a mí con pasos lentos, acortando la distancia hasta que pude sentir de nuevo ese magnetismo que me volvía loca. Se detuvo a centímetros de mi cara y bajó la voz.
—No es solo fingir, Alba. Quiero pasar tiempo contigo fuera de estas cuatro paredes. El beso de anoche... aunque estaba pasado de tragos, no fue mentira. Mi cuerpo no miente. Pero necesito esta excusa para que mi madre no me monte una cacería de brujas. Por favor, ayúdame con esto. Solo serán unos meses, hasta el aniversario.
Me quedé callada, procesando todo. Mi cabeza me gritaba: "¡Alba, sal corriendo de ahí, ese hombre te va a romper el corazón en mil pedacitos!", pero mi corazón, ese traidor que no se olvida de cómo latía anoche, me decía que aceptara, que era la única forma de descubrir qué había en esa habitación prohibida y qué lugar ocupaba yo realmente en su vida.
—Está bien —susurré, rindiéndome—. Acepto. Pero con una condición, Liam. Nada de mentiras entre nosotros. Si vamos a hacer este teatro frente a tu mamá, quiero que seas honesto conmigo cuando estemos solos.
Él tensó la mandíbula, pero terminó asintiendo.
—Trato hecho. Mañana pasará un chofer a buscarte a las ocho. Vamos a una gala de caridad. Es el escenario perfecto para que mi madre nos vea juntos.
Salí de su oficina con las piernas de gelatina. "¿Qué acabas de hacer, Alba?", me preguntaba mientras me sentaba en mi escritorio. Estaba aceptando jugar con fuego con el hombre que me gustaba, sabiendo que él todavía lloraba por otra. Pero ya no había marcha atrás.
El resto del día fue una tortura. No podía concentrarme en los informes ni en las llamadas. Cada vez que Liam salía de su oficina y nuestras miradas se cruzaban, sentía una descarga eléctrica. Él me miraba con una mezcla de gratitud y algo más que no lograba descifrar. ¿Sería deseo? ¿O simplemente alivio por haber encontrado una salida a sus problemas familiares?
Al salir del trabajo, pasé por una tienda en el Centro Sambil. Necesitaba un vestido que dejara a la señora Xiomara con la boca abierta y que le recordara a Liam por qué me había besado con tanta hambre. Terminé comprando un vestido rojo fuego, pegadito al cuerpo, con un tajo en la pierna que era un escándalo. "Si vamos a jugar, vamos a jugar fuerte", pensé con una sonrisa maliciosa.
Esa noche, en mi departamento, no podía dormir. Me puse a dar vueltas en la cama, pensando en los últimos tres años. Había pasado de ser una muchacha confundida en un hospital a ser la cómplice del hombre más poderoso y misterioso que conocía. Pero algo me inquietaba. Fui hacia mi closet y empecé a hurgar en el fondo, donde tenía guardadas algunas cajas de mi vida "anterior", cosas que mi mamá me había dado y que yo no me había atrevido a revisar por miedo a lo que pudiera encontrar.
Entre unos libros viejos de la universidad, mis dedos rozaron algo de cuero. Lo saqué con cuidado. Era un cuaderno pequeño, desgastado, con una liga que lo mantenía cerrado. En la primera página, con una letra que reconocí como la mía pero más desordenada, decía: "Propiedad privada de Alba Adams. Si lo lees sin permiso, te cae la pava".
Era mi diario. El diario de los años que no recordaba.
Me senté en el piso, con el corazón en la boca. Lo abrí al azar en una página de hace cinco años, justo meses antes del accidente. Mis ojos se abrieron de par en par al leer la primera frase:
"Hoy Liam me volvió a mirar de esa forma en la oficina. Si él supiera que cada vez que me roza la mano siento que me voy a desmayar... Este amor me va a matar".
Se me fue el aire. ¿Pasante? ¿Amor? ¿O sea que yo ya estaba enamorada de él antes del accidente? Las piezas del rompecabezas empezaron a dar vueltas en mi cabeza como un torbellino. No era un amor nuevo. Era un amor que mi mente había borrado, pero que mi corazón nunca olvidó.
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Editado: 04.02.2026