El espejo me devolvía la imagen de una mujer que apenas reconocía, pero que me encantaba. El vestido rojo se me ajustaba como una segunda piel, resaltando curvas que la Alba de veintiún años todavía no tenía. Me puse unos tacones plateados que me hacían sentir que podía caminar sobre el mundo y, tras un último toque de labial, escuché el timbre. Era el chofer.
Mientras bajaba las escaleras, mi mente no dejaba de dar vueltas a lo que había encontrado en el diario esa tarde. "Si él supiera que cada vez que me roza la mano siento que me voy a desmayar... este amor me va a matar". No decía nombres, pero yo sabía que hablaba de Liam. Entonces, mi enamoramiento no era algo nuevo de estos últimos tres años. Era un sentimiento que venía de mucho antes, una llama que el accidente no pudo apagar, aunque me hubiera robado los recuerdos del porqué.
Cuando el auto se detuvo frente al hotel de lujo, Liam ya me esperaba. Vestía un esmoquin negro que lo hacía ver como un modelo de revista. Al verme bajar, se quedó petrificado. Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, y por un segundo, vi un brillo extraño en su mirada, una mezcla de asombro y una nostalgia que me apretó el pecho.
—Estás... —se aclaró la garganta, perdiendo su habitual compostura—. Estás increíble, Alba. De verdad.
—Gracias, Liam. Tú tampoco te quedas atrás —le respondí, tratando de que no se notara que mi corazón estaba haciendo gimnasia rítmica.
Él me ofreció su brazo y entramos al salón. El lugar era un derroche de lujo: cristales, música de cámara y gente que parecía sacada de una película. No habíamos caminado ni diez metros cuando sentí una vibra pesada, de esas que te ponen los pelos de punta. No necesité buscar mucho para encontrar el origen.
Al fondo, la señora Xiomara nos observaba. Llevaba un vestido azul marino impecable, pero su cara era un poema de puro desagrado. Me clavó los ojos con una intensidad tan fría que sentí un escalofrío. Era como si mi presencia allí fuera un insulto personal para ella.
—Tu madre nos está viendo —le susurré a Liam mientras aceptábamos dos copas de champaña.
—Lo sé. No le quites la mirada —me respondió él, acercándome más a su cuerpo—. Recuerda el trato. Sonríe. Que crea que estamos en nuestro mejor momento.
Intenté hacerle caso. Liam me presentaba como su "acompañante", pero la forma en que me tomaba por la cintura o la manera en que se inclinaba para susurrarme cosas al oído hacía que cualquiera pensara que éramos algo más.
—¡Pero qué sorpresa! —La voz de Xiomara nos interceptó. Se acercó con una sonrisa fingida que me dio escalofríos—. Liam, querido, no sabía que vendrías con... compañía.
—Madre, ya conoces a Alba —dijo Liam con un tono cortante.
—Por supuesto. La secretaria —dijo ella, escupiendo la palabra como si fuera un insulto—. Aunque debo decir, querida, que ese vestido es un poco... arriesgado para alguien de tu posición. Casi parece que estás tratando de ocupar un lugar que no te toca.
Sentí que la sangre me hervía, pero respiré profundo.
—Solo trato de estar a la altura de la invitación de su hijo, señora —respondí con toda la calma que pude fingir.
Xiomara soltó una risita seca y se acercó a mi oído, lo suficiente para que Liam no escuchara.
—Puedes disfrazarte de seda, Alba, pero una amnesia no borra quién eres realmente. Disfruta tu noche de cenicienta, porque el reloj siempre termina dando las doce.
Se dio la vuelta y se alejó. Me quedé helada. ¿A qué se refería con "quién soy realmente"? Sabía que yo tenía amnesia, pero sus palabras sonaron a advertencia, como si hubiera algo oscuro en mi pasado que yo todavía no descubría.
—¿Qué te dijo? —preguntó Liam, notando que me había quedado tiesa.
—Nada, lo de siempre. Que no pego aquí —mentí. No quería darle el gusto de saber que su mamá me había sacudido.
En ese momento, la orquesta empezó a tocar un vals lento. Liam me tomó de la mano y me llevó al centro de la pista. Al principio me sentí torpe, pero apenas me pegó a su pecho, mis pies empezaron a moverse con una naturalidad asombrosa. Era una sensación extrañísima, como si mi cuerpo recordara el peso de sus manos y el ritmo de su paso, aunque mi mente estuviera en blanco.
—Bailas muy bien, Alba —susurró él. Su aliento en mi nuca me dio un vuelco al corazón.
—Es raro... siento que ya conozco este ritmo —respondí, buscándole la mirada. Él evitó mis ojos por un segundo, apretándome un poco más fuerte contra él.
Por un instante, me olvidé de las mentiras, de la madre tóxica y del diario. Solo existíamos nosotros dos. Pero la burbuja se rompió cuando vi a lo lejos que Xiomara hablaba con un grupo de señoras elegantes, señalándonos con un gesto de absoluta repugnancia.
Al terminar el baile, Liam se disculpó para saludar a un inversionista. Me quedé cerca del balcón buscando aire fresco cuando una mujer mayor, que parecía conocer a la familia de siempre, se me acercó.
—Te ves muy linda, Alba —me dijo con una sonrisa triste—. Me alegra ver que te recuperaste del accidente. Liam sufrió mucho cuando pasó... estuvimos todos muy preocupados.
—Gracias, señora. Ha sido un proceso largo —respondí, tratando de ser amable.
—Lo imagino. Pero ten cuidado, niña. La familia Lewis tiene mucha historia, y a veces la historia pesa más que el presente. No dejes que Xiomara te intimide, ella solo tiene miedo de perder el control de su hijo.
Antes de que pudiera preguntarle más, Liam regresó. La mujer se despidió rápido y se fue. Mi cabeza era un ocho. El diario decía que yo lo amaba desde antes, su mamá me trataba como si yo fuera una amenaza, y mi cuerpo reaccionaba a él como si estuviéramos conectados por un cable de alta tensión.
—Vámonos, Alba —dijo Liam, con un tono cansado—. Ya cumplimos con la cuota de teatro por hoy.
Mientras caminábamos hacia la salida, sentí de nuevo la mirada de Xiomara clavada en mi espalda. Ella no quería que yo estuviera cerca de su hijo, y yo empezaba a sospechar que no era solo por una cuestión de clases sociales. Había algo más, algo que mi diario mencionaba a medias y que Liam callaba con ese silencio de piedra.
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Editado: 04.02.2026