El restaurante olía a madera de sándalo y a vino caro. Liam se veía relajado, pero yo no podía dejar de estudiar cada uno de sus movimientos. ¿Cómo podía mover la silla para mí con tanta naturalidad? ¿Cómo podía sonreír con esa calidez si sabía que en mi apartamento yo acababa de descubrir fotos que lo cambiaban todo?
—Te noto pensativa, Alba —dijo él, mientras el camarero servía dos copas de un vino tinto que parecía sangre bajo la luz de las velas.
—Solo estoy cansada, Liam. La gala de anoche fue... reveladora —solté, midiendo su reacción.
Él no se inmutó, o al menos eso quiso hacerme creer. Pero noté cómo sus dedos apretaron ligeramente el tallo de su copa.
—Mi madre puede ser difícil. Ya te lo dije. No quiero que sus palabras te afecten. Ella no está pasando por un buen momento y a veces se desquita con quien no debe.
"Mientes", pensé. Sentí un impulso eléctrico de sacar las fotos de mi bolso y estamparlas contra la mesa. Quería gritarle: "¡Tu madre me decía 'hija'! ¡Me probaba sombreros y me decía que yo era la luz de su casa! ¿Por qué finges que solo es una 'mujer difícil' con su secretaria?".
Pero me obligué a tomar un sorbo de vino. Estaba frío y amargo, justo como mi corazón en ese instante. Si Liam me estaba ocultando que yo era prácticamente parte de su familia antes del accidente, debía haber una razón oscura. Si le confesaba lo que sabía, él simplemente inventaría una nueva mentira para tapar la anterior.
—Dime una cosa, Liam —apoyé los codos en la mesa, acercándome a él—. Antes del accidente... cuando yo trabajaba para ustedes... ¿Xiomara y yo nos llevábamos bien?
El silencio que siguió fue denso. Liam dejó la copa y me miró fijamente. Por un segundo, creí ver una grieta en su armadura, un rastro de culpa que le nubló la mirada.
—Tenían una relación profesional respetuosa —respondió, su voz era un hilo de seda engañoso—. Mi madre es exigente, y tú siempre fuiste la mejor en lo que hacías. Por eso te apreciaba. Pero como te dije, el accidente cambió muchas cosas en la dinámica de la familia.
Mi respiración se volvió pesada. "Relación profesional respetuosa". La frase me golpeó como un bofetón. Recordé la foto de las dos riendo a carcajadas en el jardín, el té, el cariño genuino en los ojos de Xiomara. Liam no solo estaba omitiendo detalles; estaba borrando mi historia frente a mis propios ojos.
—Es extraño —continué, forzando una sonrisa ligera, la de una mujer que solo siente curiosidad—. A veces tengo flashes. Imágenes de un jardín, de flores... de ella sonriéndome.
Liam se tensó visiblemente. Sus ojos buscaron los míos, tratando de descifrar cuánto recordaba realmente.
—La memoria juega trucos, Alba. A veces el cerebro inventa recuerdos para llenar los huecos del trauma. No te obsesiones con eso. Lo que importa es el ahora. Lo que tú y yo estamos construyendo hoy.
—Tienes razón —mentí, sintiendo una náusea creciente—. El ahora es lo que importa.
Durante el resto de la cena, lo observé actuar. Era el caballero perfecto. Cortaba su carne con precisión, me preguntaba sobre mis planes futuros, evitaba cualquier tema que rozara el pasado. Y mientras él hablaba, yo lo desarmaba mentalmente. ¿Qué más me estaba ocultando? Si me ocultaba mi amistad con su madre, ¿qué más había en ese "depósito" que mi mamá no quería que viera?
Él estiró su mano sobre la mesa y cubrió la mía. Su piel estaba cálida, y por un instante, mi cuerpo traidor quiso relajarse bajo su toque. Había algo en su contacto que me resultaba dolorosamente familiar, una seguridad que mi mente no reconocía pero mi piel sí. Pero la rabia fue más fuerte. Retiré la mano con la excusa de tomar una servilleta.
—¿Estás bien? —preguntó, con una preocupación que parecía tan real que casi me hace dudar.
—Solo un poco de dolor de cabeza. Creo que necesito ir a casa.
—Claro, te llevo.
En el camino de vuelta, el silencio en el coche era una guerra fría. Él pensaba que me había tranquilizado. Yo sabía que esto era solo el comienzo. Liam Lewis creía que tenía el control de mis recuerdos, pero se le había olvidado un detalle: las fotos no mienten, y las personas heridas, tarde o temprano, encuentran la forma de morder.
Cuando me dejó en la puerta de mi edificio, se acercó para darme un beso en la mejilla. Me quedé inmóvil, dejando que sus labios rozaran mi piel.
—Descansa, Alba. Mañana será un mejor día.
—Seguro que sí, Liam —susurré mientras lo veía alejarse—. Mañana empezaré a buscar el resto de las piezas.
Entré en mi apartamento y cerré la puerta con doble llave. Me apoyé contra la madera, respirando agitada. No solo me estaban ocultando mi pasado; me estaban robando mi identidad. Fui a la sala, agarré el diario de cuero y lo apreté contra mi pecho. Si Xiomara me amaba y ahora me odiaba, y si Liam me mentía en la cara sobre ello... entonces el accidente no fue solo un choque de autos. Fue el fin de un mundo que ellos no quieren que yo vuelva a pisar.
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Editado: 07.02.2026