Lo que me dice mi Corazón

8

La sensación de encierro no se fue conmigo de la cita, se instaló en mis huesos. El peso de las omisiones de Liam Lewis era asfixiante. Me levanté el domingo por la mañana con la decisión de que no esperaría a que las piezas cayeran del cielo. Iba a buscarlas, a arrancarlas de la oscuridad si era necesario. Y el primer lugar para empezar era donde mi vida se había fracturado: el sitio del accidente.

​Busqué en internet artículos de periódicos viejos. "Accidente vehicular en la carretera 34, cerca del mirador", "Joven mujer hospitalizada en estado crítico", "Famoso arquitecto Liam Lewis, ileso". La información era escasa, fría y despersonalizada. Un par de líneas bajo una foto borrosa de un coche destrozado que bien podría haber sido el mío. Pero la mención de la carretera 34 fue suficiente.

​Me puse la ropa más cómoda que encontré: unos vaqueros viejos, una camiseta y unas zapatillas. Nada de tacones, nada de vestidos. Necesitaba sentirme preparada para la batalla. Agarré las llaves del coche, el móvil y salí de mi apartamento. Mi madre no estaba en casa, lo cual agradecí. No quería explicaciones ni excusas.

​El camino fue largo. La carretera 34 era una serpiente de asfalto que se perdía entre colinas cubiertas de pinos y eucaliptos. Cuanto más me acercaba, más extrañas eran las sensaciones que me invadían. No eran recuerdos, no aún. Eran más bien ecos, escalofríos que me recorrían la espalda, una especie de zumbido en los oídos que no provenía de mi coche. El aire se sentía más denso, cargado de una memoria que no era mía, pero que me esperaba.

​Finalmente, el GPS indicó "destino alcanzado". Frené en el arcén y apagué el motor. Un silencio sepulcral me envolvió, roto solo por el susurro del viento entre los árboles. El lugar era desolado, pero no abandonado. Había una pequeña cruz de flores marchitas pegada a un poste de luz, un triste recordatorio de que ese tramo de carretera había cobrado vidas. ¿Habría sido por mí?

​Me bajé del coche y la brisa fría me golpeó la cara. Miré a mi alrededor. La carretera se curvaba bruscamente justo delante, ocultando el tráfico que venía en sentido contrario. A mi derecha, un pequeño mirador con una barandilla oxidada ofrecía una vista impresionante del valle. Y a mi izquierda, un tramo de guardarraíl de metal estaba visiblemente doblado y abollado, con la pintura raspada hasta dejar ver el metal grisáceo. Era ahí. Mi coche debió haber impactado contra eso.

​Caminé lentamente hacia el guardarraíl, mis pasos resonaban en el asfalto. Me agaché y pasé los dedos por el metal frío y rugoso. Un escalofrío me subió por la columna vertebral. Y entonces, ocurrió.

​Un parpadeo. Una ráfaga de color.

¡BIP!

​El ruido de un claxon, pero no de mi coche. Una luz cegadora en mis ojos.

​Y después, una voz. La voz de Liam.

​No escuchaba las palabras, pero podía sentir la tensión en el tono. Era una discusión.

​No estaba aquí sola.

​El flashback era como una película vieja, sin sonido, pero con una claridad visual aterradora. Me vi a mí misma, pero no como soy ahora. Llevaba un vestido oscuro, ceñido, y el pelo recogido en un moño. Mi rostro estaba contraído, mis cejas fruncidas en una expresión de pura furia. Y delante de mí, de espaldas, estaba la silueta inconfundible de Liam Lewis. Su postura era rígida, los hombros tensos. Estábamos de pie en el arcén, muy cerca, justo al lado de un coche que no recordaba si era el mío o el de él.

​Movíamos los brazos con desesperación. La escena era de una discusión intensa, de esas que no se resuelven con gritos, sino con la furia silenciosa de las palabras que hieren. Él gesticulaba, frustrado, mientras yo negaba con la cabeza, mis movimientos rápidos y desafiantes. Podía sentir el temblor en mis propias manos, incluso ahora, en el presente.

​El fondo de la imagen cambiaba. Parecía que acabábamos de salir de un restaurante, o de algún lugar con luces tenues. Quizás la misma cita de la noche anterior, pero en otro tiempo. ¿Estábamos discutiendo sobre Xiomara? ¿Sobre el matrimonio? ¿Sobre qué?

​La escena se aceleró. Liam dio un paso hacia mí, como intentando calmarme, pero yo retrocedí, mi rostro ahora bañado en lágrimas de rabia. Un movimiento brusco. Mi cuerpo giró para alejarse.

​Y fue entonces.

¡ZUUUUUM!

​Un sonido. Un rugido de motor.

​Una luz blanca. Demasiado rápida.

​No veía el coche, pero la luz era ensordecedora. La imagen se distorsionó, como si la realidad misma se estuviera rompiendo. Liam extendió una mano, pero ya era tarde. Su rostro se contorsionó en un grito mudo, de horror.

​Y después, solo negro. El impacto. El vacío.

​Mi cuerpo se desplomó en el asfalto. Mis manos buscaron inconscientemente el lugar del golpe. Mi cabeza latía. Estaba de rodillas junto al guardarraíl, sudando frío, el corazón desbocado. El flashback había terminado, pero la sensación de la caída, el grito silencioso de Liam, la luz cegadora, todo permanecía impreso en mi piel.

​"Discutíamos", pensé. "Liam y yo estábamos discutiendo intensamente justo antes del accidente".

​Me levanté temblorosa, mirando el guardarraíl de nuevo. La rabia de la noche anterior se había transformado en un miedo frío y una determinación férrea. No fue un accidente fortuito. Hubo una razón. Y esa razón estaba vinculada a esa discusión.

​Y Liam Lewis, quien supuestamente estaba "ileso" y era el "famoso arquitecto" que me dejó en el hospital en coma, estaba ahí. Me vio. Me vio caer. Me vio ser golpeada. Y después, me dejó creer que fui yo la única culpable, la única víctima de la amnesia.

​Mis ojos se posaron en la pequeña cruz de flores marchitas. ¿Era para mí? ¿O para alguien más? El pensamiento de que hubiera otra persona involucrada, o de que yo no estuviera sola en el coche, me hizo sentir un escalofrío aún más profundo.

​"Mentiroso", susurré al viento. "Todos ustedes son unos mentirosos".




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.