La noche del domingo fue eterna. No pude cerrar los ojos sin ver esa luz blanca del accidente o la silueta de Liam discutiendo conmigo. Pero ahora, la rabia tenía un nombre: infidelidad. Me sentía sucia, utilizada. Liam Lewis me estaba tratando como a una muñeca de porcelana que acababa de encontrar, cuando en realidad yo era la pieza que había roto su "perfecta" vida familiar.
El lunes por la mañana, llegué a la oficina de la constructora Lewis antes que nadie. Mis pies, todavía resentidos por la caminata en la carretera 34, se sentían pesados, pero mi mente estaba más afilada que nunca. Si Liam estaba casado, debía haber un rastro. Un hombre de su posición no desaparece de los registros sociales así como así.
—Buenos días, Alba. Te ves... pálida. ¿Dormiste bien? —me preguntó la recepcionista mientras yo pasaba mi tarjeta por el sensor.
—Perfectamente, gracias —mentí, dedicándole una sonrisa gélida que ni yo misma reconocí.
Me encerré en mi cubículo. Mi puesto como secretaria me daba acceso a la agenda de Liam, a sus contactos y, lo más importante, a los archivos digitales de la empresa. Esperé a que Liam se fuera a una inspección de obra en las afueras. Lo vi salir: impecable en su traje gris, dándome un beso en la frente que me hizo querer ducharme con lejía.
—Vuelvo después del almuerzo, Alba. Si necesitas algo, llámame —me dijo con esa voz de esposo devoto. Maldito cínico.
En cuanto el ascensor marcó su descenso, mis dedos volaron sobre el teclado. Empecé por lo obvio: registros de propiedad. Busqué la mansión Lewis. Estaba a nombre de "Liam Lewis y cónyuge". El corazón me dio un vuelco. Ahí estaba. La prueba legal de que no era una alucinación de mi memoria dañada. Estaba legalmente unido a alguien. Pero el sistema de la oficina, por seguridad o por puro destino, no mostraba el nombre completo del cónyuge, solo las iniciales o el término legal.
—Necesito más —susurré, sintiendo el sudor frío en la nuca.
Recordé que Liam guardaba una caja de seguridad en el archivo físico, en el sótano. Como su secretaria de confianza, yo tenía la llave duplicada para "emergencias corporativas". Bajé por las escaleras de servicio, evitando las cámaras del pasillo principal. El sótano olía a papel viejo y a aire acondicionado viciado.
Busqué la letra L. Lewis, Liam. Archivos personales.
Mis manos temblaban tanto que casi se me cae la caja. Al abrirla, encontré lo que buscaba: un sobre de cuero con documentos notariales. Mi respiración se volvió errática. Saqué un fajo de papeles. Eran contratos, seguros de vida... y una carpeta de color crema que decía "Asuntos familiares".
La abrí. Lo primero que vi fue una fotografía. Estaba un poco borrosa, como si hubiera sido tomada de lejos. Era una mujer de espaldas, entrando a una joyería de lujo. Tenía una silueta elegante, el cabello recogido... se parecía a mí, pero en mi mente, esa era "Ella". La esposa traicionada.
Seguí pasando hojas hasta que encontré un recorte de un periódico de sociedad. “Boda privada en la Toscana: El heredero de los Lewis contrae nupcias en secreto”. La foto del artículo mostraba a Liam sonriendo, sosteniendo la mano de una mujer cuyo rostro quedaba oculto por un velo de encaje largo y la sombra de un árbol.
—¿Por qué no hay fotos de su cara? —me pregunté, sintiendo que la paranoia me consumía.
Era como si Liam hubiera hecho un esfuerzo consciente por borrar la identidad de su esposa de todos los registros públicos tras el accidente. ¿Estaba ella escondida, herida, en alguna parte, mientras él jugaba a los novios conmigo?
De pronto, un papel pequeño cayó de la carpeta. Era un recibo de una joyería de hace apenas un mes antes de mi accidente. Un anillo de diamantes, un solitario de corte princesa. Miles de dólares. Sentí un nudo en la garganta. Ese anillo no estaba en mi dedo. Yo no tenía nada más que una cicatriz en la frente y una maleta de ropa usada.
"Él nunca tuvo la intención de dejarla", pensé con una amargura que me quemaba el pecho. "Yo solo era su escape, y ahora que no recuerdo nada, soy su juguete perfecto".
Escuché pasos en el pasillo del archivo. Cerré la caja de golpe y la deslicé de nuevo en su estante. Me pegué a la pared, conteniendo la respiración. Mi corazón latía tan fuerte que temí que el intruso pudiera oírlo.
—¿Alba? ¿Estás aquí abajo?
Era la voz de Liam. Había vuelto antes de tiempo.
Salí de entre las estanterías tratando de parecer ocupada con unas carpetas de facturación viejas. Lo vi al final del pasillo. Su silueta era imponente, y por primera vez, sentí miedo de él. No del hombre que amaba, sino del extraño que me mantenía cautiva en una mentira.
—Solo buscaba unos registros de 2024 que pidió contabilidad —dije, tratando de que mi voz no temblara.
Liam caminó hacia mí. Sus pasos resonaban en el suelo de cemento. Se detuvo a pocos centímetros, rompiendo mi espacio personal. Me tomó del mentón con suavidad, pero sus ojos estaban fijos en los míos, analizándome.
—Estás muy trabajadora hoy, Alba. Pero te noto... distante. ¿Segura que no quieres hablar de lo que te pasa?
—Estoy bien, Liam. Solo... recuperando el tiempo perdido —respondí, sosteniéndole la mirada.
Él sonrió, pero fue una sonrisa que no llegó a sus ojos. En ese momento, estuve a punto de escupirle la verdad. A punto de decirle que sabía lo de su esposa, que sabía que él era un adúltero y que yo era su cómplice involuntaria. Pero me detuve.
Si él sabía que yo estaba investigando, destruiría las pruebas. Tenía que encontrar a esa mujer. Tenía que hablar con la esposa de Liam Lewis. Ella era la única que podía decirme quién era yo realmente antes de convertirme en la sombra que habitaba mi cuerpo.
—Vamos arriba —dijo él, poniéndome una mano en la espalda. Su toque, que antes me daba seguridad, ahora me recordaba al peso de las cadenas—. Tenemos una reunión en diez minutos.
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Editado: 07.02.2026