El aire en la oficina de Liam era cada vez más difícil de respirar. Cada vez que él me sonreía o me rozaba el brazo, yo sentía el peso del anillo invisible de la esposa que él ocultaba. Pero esa tarde, el ambiente cambió con la entrada de un huracán de colonia cara, risas ruidosas y un carisma que no encajaba con la rigidez de los Lewis.
—¡Pero si es la secretaria más eficiente y misteriosa de toda la ciudad! —exclamó una voz profunda desde la puerta.
Levanté la vista de mi monitor y me encontré con un hombre que parecía una versión más relajada y desgastada de Liam. Tendría unos cuarenta y cinco años, vestía una chaqueta de lino que gritaba "vacaciones en el Mediterráneo" y llevaba el cabello un poco más largo de lo que las normas de la empresa permitirían.
—¿Marcus? —Liam se levantó de su escritorio, con una mezcla de fastidio y resignación—. ¿Qué haces aquí? Creí que estabas en tu retiro espiritual en Bali.
—Bali es aburrido cuando te das cuenta de que el silencio es solo falta de buena compañía, sobrino —el hombre se acercó a mi escritorio ignorando a Liam por completo. Me miró de arriba abajo con una chispa de picardía en los ojos—. Alba, querida... sigues siendo un espectáculo para los ojos cansados. Aunque me dijeron que habías tenido un pequeño percance con la memoria. Qué tragedia para nosotros, que nos hemos quedado sin tus mejores anécdotas.
Se inclinó sobre mi mesa y me tomó la mano, depositando un beso cálido y prolongado en mis nudillos. Sus ojos, del mismo azul que los de Liam pero mucho más traviesos, no se apartaban de los míos.
—Mucho gusto, señor Lewis —dije, tratando de retirar mi mano con sutileza.
—¡Oh, nada de "señor"! Soy Marcus. El tío que Liam trata de esconder en el ático cuando vienen visitas importantes —me guiñó un ojo—. Dime, ¿este tirano te está tratando bien? Porque si necesitas un nuevo jefe que te lleve a tomar cócteles en lugar de revisar planos aburridos, solo tienes que decir una palabra.
—Marcus, deja de molestar a Alba. Tiene mucho trabajo —intervino Liam, rodeando mi escritorio y poniendo una mano posesiva sobre mi hombro.
Noté cómo los ojos de Marcus bajaron hacia la mano de Liam y luego volvieron a mi rostro. Hubo un destello de algo... ¿lástima? ¿diversión? No pude descifrarlo.
—El trabajo puede esperar, Liam. La vida no —Marcus se sentó en el borde de mi escritorio, balanceando una pierna con total despreocupación—. Estaba pensando, Alba, que ahora que estás "reiniciando" tu sistema operativo, podrías venir conmigo a la inauguración de la galería de arte este viernes. Tu madre siempre decía que tenías un ojo excelente para el arte... y para los hombres con secretos.
El corazón me dio un vuelco. "¿Hombres con secretos?". ¿Era una pulla hacia Liam?
—¿Mi madre? —pregunté, tratando de sonar casual—. ¿Usted hablaba mucho con ella?
—Hablamos lo suficiente para saber que eres la joya de su corona —respondió Marcus con una sonrisa enigmática. Se acercó a mi oído, bajando la voz lo suficiente para que Liam, que estaba atendiendo una llamada rápida, no pudiera oírnos del todo—. Es una pena que hayas olvidado las cenas en la mansión, Alba. Eras el alma de la fiesta. Especialmente cuando te ponías a discutir de política con Xiomara. Nadie más se atrevía.
—¿Yo discutía con Xiomara? —el sudor frío volvió—. Ella... ella me apreciaba, ¿verdad?
Marcus soltó una carcajada suave, una que no llegaba a ser burlona pero que escondía mucha información.
—Querida, Xiomara te adoraba de la misma forma que un coleccionista adora una pieza única que no puede controlar. Pero bueno, los tiempos cambian, los accidentes ocurren y las esposas... bueno, las esposas a veces son como fantasmas, ¿no crees? Siempre están ahí, aunque no las veas.
Se puso de pie antes de que pudiera preguntarle qué quería decir con eso. Liam terminó su llamada y se acercó a nosotros con el ceño fruncido.
—Marcus, ya es suficiente. Tenemos una reunión de presupuesto.
—Ya me voy, ya me voy. No quiero interrumpir la felicidad doméstica de este despacho —Marcus me dedicó una última mirada cargada de significado—. Alba, si alguna vez te cansas de las sombras, búscame. Yo prefiero la luz del sol... y la verdad, por muy fea que sea.
Se despidió con un gesto elegante y salió silbando una melodía que me resultaba inquietantemente familiar. Me quedé helada frente al ordenador. Liam volvió a su sitio, suspirando.
—No le hagas caso a Marcus, Alba. Es un cínico y le gusta confundir a la gente. Solo busca atención.
—Parece agradable —dije, sintiendo que mis manos temblaban bajo el escritorio.
—Es un Lewis. Eso significa que nunca dice nada sin una intención oculta —respondió Liam sin mirarme, concentrado de nuevo en sus planos.
"Como tú", pensé.
Marcus Lewis sabía algo. Sabía sobre la "esposa fantasma". Había hablado de ella como si fuera un concepto que yo debería entender. Su coqueteo no era el de un hombre interesado, sino el de alguien que conoce un secreto vergonzoso y se divierte viendo cómo los demás intentan ocultarlo.
Él no me diría la verdad directamente —la lealtad de sangre de los Lewis era más fuerte que cualquier cóctel—, pero me había dado una pista. Las respuestas no estaban en los archivos de la oficina. Estaban en la mansión, en aquellas cenas que yo había olvidado, y en la boca de un tío que prefería ver el mundo arder antes que aburrirse.
Esa noche, mientras Liam me llevaba a casa, no pude dejar de pensar en las palabras de Marcus: "Hombres con secretos". Miré el perfil de Liam bajo las luces de la ciudad. Parecía tan perfecto, tan sólido. Pero ahora sabía que su perfección estaba construida sobre los escombros de una mujer a la que él llamaba esposa y a la que yo, por algún motivo, no podía recordar.
Tenía que volver a ver a Marcus. Sin Liam cerca. Él era la grieta en el muro de los Lewis, y yo iba a usarla para derribar toda la estructura.
#572 en Otros
#66 en Relatos cortos
#1822 en Novela romántica
perdidadememoria, secreto misterio amor recuerdos diario, jefe y empleada mentiras inocencia
Editado: 07.02.2026