Lo que me dice mi Corazón

12

Había algo en la mirada de Marcus Lewis que me perseguía. No era la mirada posesiva de Liam, ni la mirada cargada de odio de Xiomara. Era la mirada de alguien que está viendo una película cuyo final ya conoce y se divierte con los giros del guion. Si quería respuestas sobre la "esposa fantasma", Marcus era el eslabón más débil del clan Lewis, o al menos el más accesible.

​Aproveché que Liam tenía una junta de accionistas en el club financiero, una de esas reuniones que duran horas y donde el alcohol fluye tanto como las mentiras corporativas. Conseguí la dirección de Marcus en el directorio privado de la empresa. No vivía en la zona aristocrática como el resto de su familia; vivía en un loft industrial reformado en el distrito de las artes. Un lugar que gritaba rebeldía y privilegios malgastados.

​Cuando llegué, el sonido de un saxofón suave se filtraba por la puerta de metal. Toqué el timbre y, un momento después, Marcus abrió. Vestía una bata de seda sobre unos pantalones de lino y sostenía una copa de whisky.

​—Alba... —dijo, y su sonrisa se ensanchó—. Sabía que eras inteligente, pero no esperaba que fueras tan rápida. Pasa, querida. El aire aquí afuera está lleno de preguntas y yo prefiero las respuestas... o al menos las buenas historias.

​El loft era inmenso, lleno de cuadros abstractos y muebles de diseñador que parecían más piezas de museo que objetos de uso diario. Me ofreció una copa, que rechacé con un gesto.

​—No vine a beber, Marcus. Vine porque tú sabes cosas que Liam se niega a decirme.

​Él soltó una risita y se dejó caer en un sofá de cuero desgastado, invitándome a sentarme frente a él.

​—Liam es un arquitecto, Alba. Él construye estructuras sólidas, muros altos, cimientos profundos. No puedes culparlo por querer que su vida sea igual de impecable que sus edificios. El problema es que los seres humanos somos... bueno, somos más como el arte moderno: caóticos y difíciles de restaurar después de un golpe.

​—Déjate de metáforas —le espeté, dando un paso hacia él—. Ayer mencionaste a una esposa. Dijiste que las esposas son como fantasmas. ¿Quién es ella? ¿Dónde está? ¿Es por ella que Xiomara me trata como si fuera basura?

​Marcus saboreó su whisky, dejando que el silencio se prolongara deliberadamente. Me observó por encima del borde del cristal, disfrutando de mi desesperación.

​—Xiomara es una mujer de tradiciones, Alba. Para ella, el linaje y el orden lo son todo. Y tú... tú siempre fuiste el elemento disruptivo. La nota discordante que hacía que la sinfonía de los Lewis sonara interesante.

​—¡No me estás respondiendo! —mi voz subió de tono—. Liam está casado. Lo vi en los registros. Pero él actúa como si yo fuera la única mujer en su vida. Si yo era su amante antes del accidente, ¿por qué sigue conmigo ahora que no recuerdo nada? ¿Por qué no volvió con su esposa?

​Marcus se inclinó hacia adelante, y por un segundo, su expresión se volvió casi seria. Me miró con una intensidad que me hizo retroceder un paso.

​—¿Y quién te dice que no está con ella, Alba? —soltó con una voz melosa—. A veces la gente se queda en matrimonios por razones que van más allá del amor. Culpa, deber, dinero... o quizás simplemente porque la esposa no tiene a dónde ir.

​—¿Ella vive en la mansión? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta—. ¿Liam me tiene en un apartamento mientras ella está en su casa?

​—Oh, la mansión Lewis tiene muchas habitaciones, querida. Y muchos secretos bajo la alfombra. Pero si esperas que yo te dé el nombre y el número de teléfono de la "pobre víctima", te equivocas de Lewis. Yo no traiciono a mi familia por caridad. Lo hago solo si es divertido, y ahora mismo, verte buscar a ciegas es mucho más entretenido.

​Me acerqué a él, furiosa.

—Esto no es un juego para mí. Es mi vida. No sé quién soy, no sé qué hice para que todos me mientan.

​Marcus se levantó con una elegancia felina y caminó hacia un pequeño mueble bar. Sacó una pitillera de plata y encendió un cigarrillo, envolviéndose en una nube de humo que le daba un aire de villano de cine negro.

​—Te daré un consejo gratuito, Alba. No busques a la esposa. No te va a gustar lo que encuentres. A veces, olvidar es el mayor regalo que el destino nos puede dar. Liam te está dando la oportunidad de ser alguien nuevo, alguien que no carga con el peso de lo que pasó en ese restaurante antes del choque. ¿Por qué no simplemente disfrutas de la joya de diamantes que él te compró y dejas de hacer preguntas?

​—¿Cómo sabes lo del anillo? —me quedé helada.

​—Yo estaba en la joyería cuando Liam lo escogió —respondió con un guiño—. Él estaba muy emocionado. Decía que ese anillo iba a "cambiarlo todo". Y mira tú por donde... el accidente lo cambió antes que el diamante.

​—Eres un cínico —susurré, sintiendo asco por su indiferencia.

​—Soy un Lewis, Alba. Llevamos el cinismo en el ADN junto con el buen gusto por los vinos. Ahora, si me disculpas, tengo una cita con una mujer que, a diferencia de ti, no tiene interés en el pasado de nadie.

​Caminó hacia la puerta y la abrió, invitándome a salir. Me detuve frente a él, buscando una última rendija en su armadura.

​—Si ella es tan importante, ¿por qué Liam no la menciona nunca? ¿Por qué no hay rastro de ella en su vida diaria?

​Marcus se inclinó y me susurró al oído, su aliento oliendo a tabaco y alcohol caro:

—Tal vez porque es más fácil amar a una mujer que no recuerda quién eres, que a una que sabe exactamente de lo que eres capaz, Alba. Piénsalo.

​Cerró la puerta en mi cara antes de que pudiera replicar. Me quedé en el pasillo frío, temblando. Marcus no me había dado un nombre, pero me había dado algo peor: la confirmación de que la esposa era una presencia real, una sombra que Liam prefería mantener encerrada en la mansión para poder "moldearme" a mí a su antojo.

​"Una que sabe exactamente de lo que eres capaz", repetí para mis adentros.




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