Lo que me dice mi Corazón

15

Desperté con el aroma del café recién hecho y el sol filtrándose por las enormes paredes de cristal del ático. Por un segundo, la calidez de las sábanas y el recuerdo de los besos de Liam me hicieron olvidar la misión de la noche anterior. Me puse una de sus camisas blancas, que me quedaba como un vestido, y caminé descalza hacia la cocina.

​Allí estaba él, de espaldas, tarareando una melodía mientras preparaba huevos y tostadas. Se veía tan doméstico, tan real, que el recuerdo de la playa volvió a mi mente.

​—Buenos días, dormilona —dijo Liam, girándose con una sonrisa que me derritió el pecho. Se acercó y me dio un beso suave, con sabor a café—. Espero que tengas hambre.

​—Hambre de respuestas, quizás —bromé a medias, pero él solo se rió y me sirvió una taza humeante.

​Nos sentamos en la barra de mármol. El momento era idílico, casi perfecto. Pero la perfección en el mundo de los Lewis nunca dura demasiado. El sonido del ascensor privado rompió la burbuja. Liam frunció el ceño; nadie subía sin avisar, a menos que tuviera un código de acceso de emergencia.

​Las puertas se abrieron y Xiomara Lewis entró como si fuera la dueña del edificio. Vestía un traje sastre color perla, ni un solo cabello fuera de su sitio, y una expresión que pasó de la altivez al absoluto asco en cuanto sus ojos se posaron en mí, sentada en la cocina de su hijo con su camisa puesta.

​—Madre —Liam se levantó de inmediato, su voz tensa—. No te esperaba.

​—Claramente no, Liam —respondió ella, ignorando a su hijo y clavando su mirada de acero en la mía—. Veo que has decidido convertir este santuario en un motel de carretera. Qué falta de clase, incluso para ti.

​Sentí que la sangre me hervía. La "rabia fría" que había estado cultivando se desbordó. Ya no era la secretaria confundida; era la mujer que recordaba haber sido amada.

​—Liam, déjanos solas un momento —dije, mi voz sonando mucho más firme de lo que me sentía.

​—Alba, no es el momento... —empezó Liam, pero Xiomara lo interrumpió.

​—Déjala, Liam. Si la señorita tiene algo que decir, prefiero que lo haga ahora antes de que siga ensuciando los muebles.

​Liam nos miró a ambas, preocupado, pero Xiomara le hizo un gesto imperativo. Él suspiró y se retiró hacia la terraza, aunque sabía que nos vigilaría desde el cristal.

​Me puse de pie, quedando a la altura de Xiomara. Ella no retrocedió.

​—¿Por qué me odia tanto, Xiomara? —le pregunté directamente, sin rodeos—. Sé que antes nos queríamos. He visto fotos, he leído cosas. Sé que usted me llamaba "hija". ¿Qué fue lo que hice? ¿Qué fue lo tan terrible que pasó para que ahora me mire como si fuera basura?

​Xiomara parpadeó, y por un microsegundo, la máscara de hielo se agrietó. Hubo una chispa de sorpresa genuina en sus ojos, seguida de una duda profunda. Se acercó un paso, estudiándome como si buscara una señal de engaño en mi rostro.

​—¿Has recordado algo, Alba? —su voz fue un susurro cargado de veneno y temor—. ¿Has recordado... tu vida pasada? ¿Esa noche?

​—No lo he recordado todo —mentí a medias, manteniendo el pulso firme—, pero estoy uniendo las piezas. Y cuanto más encuentro, menos entiendo su odio. Si yo amaba a su hijo y usted me amaba a mí, ¿por qué intentar borrarme ahora? Si fui yo la que casi muere en ese accidente, ¿por qué la víctima parece ser usted?

​Xiomara soltó una carcajada seca, carente de alegría. Sus manos, envueltas en guantes de seda, se apretaron contra su bolso.

​—¿Víctima yo? No tienes idea, niña. El odio que te tengo no nace de la nada. Nace de la traición. Tú destruiste la armonía de esta familia mucho antes de que ese coche chocara contra el guardarraíl. Crees que eres una blanca paloma, pero tus manos están tan manchadas como las de...

​—¡Basta! —la voz de Liam tronó mientras entraba de nuevo, interrumpiendo a su madre justo cuando estaba a punto de soltar algo crucial.

​Se puso en medio de las dos, como un escudo. Su rostro estaba pálido y sus ojos saltaban de Xiomara a mí con desesperación.

​—Madre, vete. Ahora. No voy a permitir que la alteres más.

​—Solo le estaba recordando su lugar, Liam. Algo que tú pareces haber olvidado —Xiomara se arregló la chaqueta, recuperando su compostura de hierro—. Disfruta de tu desayuno, Alba. Aprovecha los recuerdos que tienes, porque la verdad no es algo que quieras recuperar. Confía en mí: el olvido es tu única salvación.

​Se dio la vuelta y caminó hacia el ascensor con una elegancia letal. Cuando las puertas se cerraron, el silencio en el ático se volvió ensordecedor. Liam se giró hacia mí, intentando tomar mis manos, pero yo retrocedí.

​—¿Qué iba a decir, Liam? ¿De qué traición habla? —mi voz temblaba ahora, no de miedo, sino de pura frustración—. Ella sabe algo que tú no me dices. Todos lo saben.

​—Ella está loca, Alba. Solo quiere separarnos, siempre ha querido eso —dijo él, tratando de abrazarme, pero su mirada evitaba la mía—. No escuches su veneno. Lo único que importa es que estamos juntos.

​Me solté de su agarre y miré hacia el horizonte de la ciudad. El desayuno se había enfriado y el zafiro en mi cuello se sentía más pesado que nunca. Xiomara Lewis no me odiaba por ser "poca cosa". Me odiaba por algo que yo había hecho, algo relacionado con una traición que Liam estaba haciendo todo lo posible por ocultar bajo capas de romance y lujo.

​"La verdad no es algo que quieras recuperar", había dicho ella. Pero yo ya no podía detenerme. Si mi vida pasada era un incendio, prefería quemarme con la verdad que seguir viviendo en esta mentira de seda




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