Lo que me dice mi Corazón

17

Salí del apartamento de mi madre con una sensación de asfixia. Si mi propia sangre estaba dispuesta a mentirme en la cara, ya no me quedaban refugios. La rabia, que antes era fría, ahora era un incendio que me pedía respuestas a gritos. No regresé al ático de Liam. Giré el volante con fuerza y me dirigí hacia el loft de Marcus. Él era el único cabo suelto en este tejido de mentiras, el único que parecía disfrutar viendo cómo el orden de los Lewis se desmoronaba.

​Llegué a su puerta y golpeé con una insistencia salvaje. Marcus abrió después de un minuto, con una copa en la mano y la camisa desabrochada. Al verme, arqueó una ceja con esa sonrisa cínica que tanto empezaba a odiar.

​—Vaya, la princesa ha escapado de su torre de cristal —dijo, dándose la vuelta para entrar—. Pasa, Alba. ¿Liam te ha dejado salir sin correa?

​—¡Basta de juegos, Marcus! —entré y cerré la puerta de un golpe—. Acabo de hablar con mi madre y con Xiomara. Sé que hay una traición. Sé que hay algo oscuro en ese accidente y sé que todos ustedes están actuando para mantenerme en la ignorancia. ¡Dime la verdad ahora mismo!

​Marcus se rió, un sonido seco y carente de humor. Se sentó en su sofá de cuero y me miró con una mezcla de lástima y diversión.

​—La verdad es una carga pesada, Alba. No estás lista para ella. Además, Liam me cortaría la lengua si te dijera una sola palabra más de la cuenta. Vete a casa, ponte ese collar de zafiro y sigue jugando a la secretaria enamorada. Es más seguro para todos.

​—¡No me voy a ir!

​—Sí, lo harás. —Su tono se volvió gélido de repente—. Porque no tengo nada que decirte.

​Discutimos durante diez minutos más, pero Marcus era un muro de sarcasmo. Frustrada y con los ojos ardiendo de rabia contenida, salí de su loft haciendo ruido con los tacones. Pero no me fui. Subí a mi coche, lo aparqué a media manzana de distancia bajo la sombra de un árbol y esperé. Sabía que mi visita lo habría puesto nervioso.

​No pasaron ni veinte minutos cuando vi su deportivo salir del garaje a toda velocidad.

​—Te tengo —susurré, encendiendo el motor sin las luces.

​Lo seguí manteniendo la distancia, con el corazón martilleando contra mis costillas. Marcus no se dirigía a ningún bar, ni a la oficina. Cruzó la ciudad hacia las colinas más ricas, hacia el lugar que yo tanto temía: la mansión familiar de los Lewis.

​Aparqué un poco lejos de la entrada principal, ocultando el coche tras unos setos altos. Vi cómo el portón de hierro se abría para Marcus y cómo él entraba como una exhalación. Bajé del coche, con la intención de bordear la propiedad, buscando una forma de entrar sin ser vista, pero antes de que pudiera esconderme, uno de los guardias de la garita, un hombre mayor que no había visto en mis visitas anteriores con Liam, salió a mi encuentro.

​Me quedé helada, esperando un interrogatorio o que llamara a Xiomara. Pero lo que pasó me dejó sin aliento.

​—¿Señora Lewis? —dijo el hombre, quitándose la gorra con un gesto de profundo respeto—. No la esperábamos hoy, señora. El joven Liam no avisó de su llegada.

​Me quedé muda. Mis pulmones se olvidaron de cómo respirar. "¿Señora Lewis?". No "señorita Sosa", no "Alba". El guardia me miraba con una naturalidad absoluta, como si yo fuera la dueña y señora de esas tierras.

​—Yo... yo me adelanté —logré articular, mi voz sonando como si viniera de otro planeta.

​—Claro, pase usted. El señor Marcus acaba de entrar, parece un poco alterado. ¿Quiere que le pida a alguien del servicio que la reciba en la entrada principal?

​—No, no es necesario. Conozco el camino —mentí, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies.

​—Por supuesto. Bienvenida a casa, señora. Me alegra mucho verla recuperada. Realmente se la extrañaba por aquí.

​Caminé por el sendero de piedra hacia la imponente fachada de la mansión. Mis piernas temblaban tanto que temí caerme. "Bienvenida a casa". Las palabras resonaban en mi cabeza como una campana fúnebre. Liam me tenía viviendo en un departamento lujoso como si fuera su "nueva novia", una conquista reciente a la que estaba seduciendo desde cero. Pero para el personal de esta casa, para la ley y para los cimientos de esta familia, yo ya era su esposa.

​¿Por qué me escondía mi propio título? ¿Por qué me trataba como a una extraña en mi propia casa?

​Entré por la puerta lateral, la que Marcus había dejado entreabierta en su prisa. El aire dentro de la mansión era pesado y frío. Escuché voces que venían del salón principal, voces airadas. Eran Marcus y Xiomara.

​—¡Ella vino a mi casa, madre! ¡Está empezando a recordar! —gritaba Marcus—. ¡Si Alba entra en la habitación de arriba y ve los papeles, el plan de Liam se va a ir al infierno!

​—Cállate, Marcus —la voz de Xiomara era un látigo—. Liam sabe lo que hace. Ella no es más que una sombra de lo que era. Mientras no encuentre el acta original, sigue siendo solo la amante que él rescató del hospital.

​Me pegué a la pared, con las lágrimas desbordándose por fin. "La amante que él rescató". Me habían robado mi nombre, mi lugar y mi verdad. Pero ya no era una sombra. Estaba allí, en el corazón de su fortaleza, y esta vez, no iba a dejar que nadie me borrara la cara de las fotos.




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