—¡Apártate, Liam! —grité, empujándolo con todas mis fuerzas.
Él retrocedió, sorprendido por mi violencia, y aproveché ese segundo para salir disparada de la habitación. Escuché los gritos de Xiomara detrás de mí y los pasos pesados de Liam persiguiéndome, pero no me detuve. Mis pulmones ardían y mis tacones golpeaban el mármol como disparos. Crucé el pasillo, bajé las escaleras y, al llegar al gran vestíbulo, la realidad empezó a resquebrajarse.
No fue un goteo. Fue una explosión. Al tocar el pomo de la puerta principal, mi mente se abrió como una presa rota y el pasado me arrolló con una fuerza física que me hizo caer de rodillas justo antes de salir al jardín.
ZUUUUM.
Vi mi primer día en la empresa. Yo, con un traje barato y los nervios a flor de piel, entrando en la oficina de Liam. Lo vi levantar la vista de sus planos; no hubo frialdad, hubo un chispazo inmediato. Recordé cómo empecé a interesarme en él, no por su dinero, sino por la pasión con la que hablaba de sus edificios, por la forma en que me trataba como a una igual, pidiéndome opinión sobre sus diseños.
Recordé cómo me correspondió. No fue una seducción de jefe a empleada; fue una danza de miradas en la cafetera, de quedarnos hasta tarde trabajando solo para tener una excusa para estar juntos.
El primer beso. Fue bajo la lluvia, en la puerta de mi casa. Sus labios sabían a café y a una promesa que cumplió meses después. La primera vez que estuvimos juntos, en su departamento, no hubo sombras ni secretos; fue una entrega total, una vulnerabilidad que me hizo sentir que finalmente pertenecía a alguien.
La propuesta. Ocurrió en la misma playa de mis sueños, pero ahora tenía sonido. "Alba, no quiero diseñar más casas si tú no vas a vivir en ellas". El diamante brillando bajo el sol. El "sí" que salió de mi alma.
La boda. Vi a Xiomara sonriendo falsamente en las fotos, pero recordé que ese día no me importó. Recordé el peso del encaje de mi vestido, el olor de las flores y la mano de Liam temblando mientras me ponía el anillo. Nuestra vida matrimonial no era una mentira; era perfecta. Desayunos compartidos, viajes, risas y una complicidad que me hacía sentir la mujer más afortunada del mundo.
Pero sobre todo... no había nada. Busqué en cada rincón de mi memoria recuperada. No había ningún amante. No había hoteles discretos. No había traición. El informe del detective que Liam tenía en su escritorio era una fabricación, una trampa de Xiomara que él había decidido creer en un momento de paranoia, o quizás, una excusa para justificar su control absoluto tras el accidente.
La discusión de la noche del choque volvió con una claridad aterradora. Estábamos en el arcén. Él me gritaba, enseñándome esas fotos falsas que su madre le había entregado. Yo lloraba, gritándole que me dejara en paz, que no podía creer que dudara de mí después de todo lo que habíamos construido. Intenté correr hacia la carretera para que me dejara ir... y entonces la luz blanca. El impacto.
El dolor de la verdad fue más fuerte que el golpe del coche.
Logré ponerme en pie, tambaleándome, y salí a trompicones de la mansión. El aire frío de la noche golpeó mi rostro, pero mi visión estaba borrosa, llena de imágenes de nosotros dos riendo, amándonos, prometiéndonos una eternidad que él mismo había corrompido con su desconfianza.
—¡Alba! ¡Espera! —la voz de Liam sonaba a mis espaldas, llena de una desesperación rota.
Llegué al sendero de entrada, mis pies apenas obedeciéndome. La mansión, el jardín, el guardia que me había saludado... todo empezó a dar vueltas. El peso de recuperar años de vida en un solo segundo fue demasiado para mi cuerpo herido.
Vi las luces de los portones de hierro a lo lejos. Vi mi libertad, pero también vi la profundidad del abismo en el que Liam me había mantenido. Él me amaba tanto que prefería tenerme como una página en blanco que como la esposa que se defendía de sus celos.
—Tú... me rompiste —susurré, aunque él no podía oírme.
Mis rodillas cedieron. El asfalto frío fue lo último que sentí contra mis palmas. El mundo se oscureció, las luces de la mansión se convirtieron en estrellas lejanas y mi cuerpo se desplomó sobre la grava de la entrada, justo cuando los recuerdos de nuestra boda se mezclaban con el sonido de los pasos de Liam corriendo hacia mí.
Me desmayé con una sola certeza grabada a fuego en mi pecho: el hombre que juró protegerme era el mismo que me había robado mi propia vida.
#572 en Otros
#66 en Relatos cortos
#1822 en Novela romántica
perdidadememoria, secreto misterio amor recuerdos diario, jefe y empleada mentiras inocencia
Editado: 07.02.2026