Lo que me dice mi Corazón

20

El asfalto frío desapareció bajo mis pies y la oscuridad me envolvió, pero no fue un vacío silencioso. Fue como caer en un pozo lleno de ecos. Mientras mi cuerpo yacía inerte en la entrada de la mansión, mi mente seguía reconstruyendo el rompecabezas de mi vida, y esta vez, las piezas tenían el rostro de Xiomara Lewis.

Un parpadeo.

​Recordé los primeros años. Xiomara no siempre fue la estatua de hielo que me miraba con asco. Hubo un tiempo en que sus manos, esas mismas que ahora se apretaban con furia, me acariciaban el cabello mientras tomábamos el té en el solárium. "Eres la hija que nunca tuve, Alba", me decía con una sonrisa que parecía genuina. Pasábamos tardes enteras hablando de moda, de la empresa, de cómo Liam finalmente había encontrado su equilibrio conmigo. Yo la amaba. La veía como mi segunda madre, la mujer que me enseñó a moverme en un mundo de privilegios que yo no conocía.

​Pero el amor de Xiomara era condicional. Tenía un precio que yo aún no sabía que no podía pagar.

El recuerdo cambió.

​Estábamos en el jardín, rodeadas de peonías blancas. Xiomara me miró con una chispa de anticipación en los ojos.

​—Dime, Alba querida... —dijo, dejando su taza de porcelana con delicadeza—. Liam está expandiendo la constructora, todo es éxito. Pero una casa no es un hogar sin herederos. ¿Cuántos hijos tienes pensado darle a esta familia?

​Sentí un nudo en el estómago. Yo amaba mi trabajo, amaba nuestra vida juntos, y sentía que apenas estábamos empezando a conocernos como esposos.

​—Aún es pronto, Xiomara —respondí con cautela—. Queremos esperar unos años. Queremos viajar, establecernos... Liam y yo estamos de acuerdo en que todavía no es el momento de ser padres.

​La sonrisa de Xiomara no desapareció, pero se volvió rígida, como una máscara de porcelana agrietada. A partir de ese día, la presión se convirtió en un goteo incesante. Cada cena, cada visita, cada llamada terminaba en lo mismo: vitaminas prenatales "recomendadas", folletos de clínicas de fertilidad dejados "por descuido" en mi bolso, y comentarios hirientes sobre mi edad y mi "deber" como Señora Lewis.

​Liam intentaba defenderme. Recordé las discusiones en nuestra habitación, los susurros furiosos detrás de las puertas cerradas.

​—¡Es nuestra vida, madre! ¡Deja de presionarla! —gritaba Liam en mis recuerdos.

​Pero Xiomara no escuchaba. Para ella, yo ya no era una persona; era un envase que debía asegurar el apellido.

La escena se volvió fría, aséptica.

​Recordé el día en que llegaron los resultados de los exámenes médicos. El doctor hablando de "baja reserva ovárica", de "dificultades severas para la concepción". Sentí el peso de ese papel en mis manos, el miedo de no poder darle a Liam la familia que él, en el fondo, también deseaba. Se lo conté a Xiomara, esperando consuelo. Esperando que el amor que decía tenerme fuera suficiente.

​Me equivoqué.

​—¿Infértil? —la palabra salió de su boca como un insulto—. ¿Me estás diciendo que mi hijo se casó con una mujer que no puede continuar nuestro legado?

​Esa misma tarde, escuché a Xiomara en el despacho de Liam. Ya no había rastro de la mujer que me llamaba "hija".

​—¡Déjala, Liam! —rugía ella—. Un matrimonio sin hijos es un edificio sin cimientos. Divórciate de ella ahora que todavía eres joven. Busca a una mujer que pueda darte lo que esta... secretaria no puede. ¡Es una estafa, Liam! ¡Ella nos engañó!

​Pero Liam, en aquel entonces, fue mi héroe. Recordé cómo golpeó la mesa, cómo le gritó a su madre que me amaba por encima de cualquier linaje, y cómo me tomó de la mano para sacarme de la mansión ese día.

​—Me casé contigo, Alba. No con una fábrica de hijos —me dijo esa noche, besando mis lágrimas.

​Sin embargo, la semilla de la discordia ya estaba plantada. Xiomara empezó a fabricar pruebas, a sembrar dudas, a decir que si yo no quería hijos era porque tenía a "otro" con quien sí planeaba una vida. El odio de Xiomara no nació de una traición real, sino de su propia frustración dinástica. Ella decidió que si yo no podía darle un nieto, entonces no merecía ser una Lewis. Y Liam... Liam se dejó envenenar lentamente, hasta que la duda fue más fuerte que su propia fe en mí.

La oscuridad volvió.




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