El pitido rítmico de un monitor cardíaco fue lo primero que me devolvió a la realidad. Mis párpados pesaban como si estuvieran sellados con plomo, y un dolor punzante atravesaba mi cabeza, como si alguien estuviera martilleando mis sienes desde dentro. Abrí los ojos lentamente, encontrándome con el techo blanco y aséptico de una habitación de hospital.
No era la primera vez que despertaba así, pero esta vez era diferente. Esta vez, mi mente no era un lienzo en blanco; era un cine en el que se proyectaban, una y otra vez, las imágenes de mi boda, el desprecio de Xiomara y la cara de Liam llena de secretos.
—Alba... gracias a Dios —la voz de Liam sonó a mi derecha. Estaba sentado en una silla junto a la cama, con el rostro demacrado y los ojos rojos—. Te desmayaste en la puerta de la mansión. Los médicos dicen que fue un síncope por estrés postraumático.
Intenté incorporarme, ignorando el mareo. La rabia fue más fuerte que la debilidad física.
—¡Aléjate de mí, Liam! —mi voz salió rasposa, pero cargada de veneno—. ¡Sé quién soy! ¡Lo recordé todo! Cada momento, cada promesa... y cada una de tus malditas mentiras. ¡Soy tu esposa! ¡Estamos casados y me tuviste viviendo en un departamento como si fuera una desconocida, haciéndome creer que apenas nos estábamos conociendo! ¿Cómo pudiste ser tan cruel?
Liam se puso de pie, con las manos alzadas en un gesto de súplica, pero antes de que pudiera responder, la puerta se abrió de forma pausada. Un hombre de mediana edad, con bata blanca y una expresión serena, entró en la habitación. Era el doctor Varga, el neurólogo que me había tratado desde el primer día.
—Señora Lewis, me alegra ver que ha recobrado el conocimiento —dijo el doctor, acercándose para revisar mis constantes—. Entiendo que está pasando por un momento de gran agitación, pero necesito que intente calmarse. Su cerebro ha sufrido un trauma muy severo.
—¡Dígaselo usted, doctor! —gritó Liam, con una nota de desesperación en su voz—. Dígale por qué guardamos silencio.
El doctor Varga suspiró y dejó la carpeta sobre la mesa. Me miró con una mezcla de profesionalismo y compasión.
—Señora Lewis, cuando usted despertó del coma, su memoria estaba fragmentada por un mecanismo de defensa cerebral. El impacto del accidente fue tal que su cerebro "decidió" borrar los eventos traumáticos más recientes para sobrevivir. —El médico hizo una pausa, midiendo sus palabras—. Yo fui quien le recomendó a su esposo y a su familia que no forzaran sus recuerdos. Le advertí al señor Lewis que si usted recibía el impacto de golpe de todas las verdades —el accidente, la crisis matrimonial, las disputas familiares—, el choque emocional podría causarle un daño psicológico irreversible o un retroceso en su recuperación física.
—¿Así que fue una decisión médica? —pregunté, sintiendo que el aire se volvía pesado.
—Fue una recomendación clínica —confirmó el doctor—. El plan era que su memoria regresara de forma orgánica, a su propio ritmo, para que su sistema nervioso pudiera procesarlo poco a poco. El señor Lewis solo siguió mis instrucciones para proteger su bienestar.
El doctor Varga asintió hacia Liam y salió de la habitación, dejándonos en un silencio sepulcral. Liam se acercó un paso más, sus ojos buscando los míos con una vulnerabilidad que casi me hizo dudar.
—Tenía miedo, Alba —susurró él—. Cuando el médico me dijo que decirte la verdad podía dañarte, me sentí morir. Ya casi te había perdido una vez en ese coche. No podía arriesgarme a perderte otra vez por culpa de un colapso. Por eso no dije nada. Por eso acepté que volvieras a la empresa como secretaria. Quería que tuviéramos una oportunidad de ser felices sin el peso de lo que pasó esa noche.
—¿Y qué pasó con las fotos de la infidelidad, Liam? —le espeté, y vi cómo se tensaba—. ¿También las ocultaste para "protegerme"? ¿O las guardaste para usarlas como un arma en caso de que yo recordara demasiado?
—¡Esas fotos fueron lo que causó nuestra pelea! —exclamó él, golpeando suavemente el borde de la cama—. Mi madre me las entregó y yo, como un idiota, dejé que los celos me cegaran. Esa noche en el coche, yo estaba fuera de mí. Tenía miedo de perderte por otro hombre.
—¡Pues deberías haber tenido más fe en tu esposa! —grité, sintiendo que las lágrimas finalmente se desbordaban—. ¡Yo nunca te fui infiel, Liam! ¡Jamás! Esas fotos eran una trampa, una fabricación de tu madre para destruirnos porque yo no podía darle los nietos que ella quería. Yo te amaba con todo lo que era, y tú preferiste creer en un informe de un detective antes que en la mujer que dormía a tu lado cada noche.
Liam se quedó paralizado. El dolor en su rostro fue tan real que, por un momento, la habitación pareció hacerse más pequeña.
—¿Nunca... nunca me traicionaste? —su voz era apenas un hilo de aire.
—Nunca. Lo que viste fue lo que Xiomara quiso que vieras. Y mientras yo estaba en esa cama de hospital, luchando por mi vida, tú estabas planeando cómo reconstruir nuestro matrimonio sobre una mentira médica, sin pedirme perdón por haber dudado de mí.
—Alba, yo... lo siento tanto. Yo solo quería salvar lo que nos quedaba.
—No se puede salvar una casa prendiéndole fuego a los cimientos, Liam —dije, apartando la mirada hacia la ventana—. Me ocultaste mi identidad, mi verdad. El médico podrá decir que fue por mi salud, pero tú y yo sabemos que también fue por tu miedo.
Me recosté en la almohada, sintiéndome más agotada que nunca. El misterio se había resuelto, pero la herida era más profunda de lo que cualquier cirujano pudiera coser. Yo era la Señora Lewis, sí. Pero ahora que lo recordaba todo, ya no estaba segura de querer seguir siéndolo.
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Editado: 07.02.2026