La paz en la habitación del hospital duró lo que tarda un suspiro en desvanecerse. Apenas una hora después de que el doctor Varga se retirara, la puerta se abrió de par en par con un estruendo que hizo que mi corazón saltara. Xiomara Lewis entró, con su elegancia depredadora intacta, pero con una chispa de furia en los ojos que delataba que ya sabía que su castillo de naipes se estaba derrumbando.
—Vaya, así que la bella durmiente finalmente ha decidido despertar del todo —dijo, deteniéndose a los pies de mi cama—. Me han dicho que ya lo recuerdas todo, Alba. Qué lástima. El olvido te sentaba mucho mejor; te hacía parecer casi... inocente.
Intenté incorporarme, sintiendo cómo el odio me devolvía las fuerzas que el cuerpo me negaba.
—¡Eres un monstruo, Xiomara! —le grité, y mi voz resonó en las paredes blancas—. ¡Fabricaste pruebas! Le pagaste a alguien para que me siguiera y montaste ese teatro de la infidelidad solo para que Liam me dejara. ¡Casi me matas en esa carretera por tu maldito orgullo!
Xiomara soltó una risotada seca, acercándose tanto que pude oler su perfume costoso.
—No me mires así. Yo no hubiera tenido que mover un dedo si hubieras cumplido con tu única función en esta familia. Una Lewis que no puede dar herederos no es más que un gasto innecesario. ¿Qué esperabas? ¿Que me quedara de brazos cruzados viendo cómo el linaje de mi hijo moría contigo? Si no podías darnos un bebé, no merecías el apellido.
—¡El apellido no te da derecho a destruir vidas! —le espeté, pero ella solo me miró con desprecio.
En ese momento, la puerta volvió a abrirse. Liam entró con dos cafés en la mano, pero al ver a su madre, los dejó sobre la mesa con una violencia que hizo que el líquido salpicara. Su rostro se transformó; nunca lo había visto mirar a su madre con tanto rechazo.
—¡Fuera de aquí, madre! —rugió Liam, poniéndose entre ella y mi cama—. ¡No tienes derecho a estar en esta habitación!
—Vine a ver cómo la traidora intentaba manipularte de nuevo, Liam —respondió ella, sin inmutarse—. No seas débil. Ahora que recuerda, se irá con la mitad de tu fortuna.
—¡La única traidora aquí eres tú! —Liam sacó un sobre de su chaqueta y lo lanzó sobre la cama—. Ya sé lo de las fotos falsas. Ya sé todo lo que hiciste para envenenarme contra mi esposa. Y escúchame bien: Alba es mi mujer. Legalmente, nunca dejamos de estar casados y así va a seguir siendo. No eres bienvenida en mi casa, ni en mi oficina, ni en mi vida.
Xiomara apretó su bolso, con los nudillos blancos.
—Lo haces por despecho. Ella es una carga, Liam. No puede darte hijos. ¿Es eso lo que quieres para el futuro de la constructora? ¿Un callejón sin salida?
—Voy a presentar una demanda formal por acoso y manipulación, y pediré una orden de alejamiento —continuó Liam, ignorando sus provocaciones—. Tengo pruebas de los pagos que hiciste a ese detective para falsificar el informe. Aléjate de nosotros, Xiomara. Es la última advertencia.
—¡Lo hago por la familia! —gritó ella, perdiendo por fin la compostura—. ¡Ella no es buena para nosotros! ¡Es estéril!
Liam guardó un silencio sepulcral durante unos segundos. Me miró a mí, con una ternura que me resultó dolorosa, y luego volvió a mirar a su madre. Sacó un papel doblado del bolsillo de su camisa, un informe que el doctor Varga le había entregado minutos antes mientras yo dormía.
—Te equivocas, madre —dijo Liam, con una calma que cortaba el aire—. Los médicos dijeron que era difícil que Alba concibiera, nunca dijeron que fuera imposible. Dijeron que necesitaríamos un milagro.
Le extendió el papel a Xiomara. Ella lo arrebató, leyéndolo con frenesí. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y el papel empezó a temblar en sus manos.
—No... esto es imposible. Los exámenes de hace un año decían...
—Los exámenes del hospital, realizados tras el desmayo y el chequeo general, dicen que Alba está embarazada —sentenció Liam, y sentí que el mundo se detenía—. Es mi hijo. El heredero que tanto te obsesiona está ahí, creciendo a pesar de todo el daño que le hiciste a su madre.
Xiomara retrocedió, con el rostro pálido, como si hubiera visto a un fantasma. Miró mi vientre, luego a Liam, y sin decir una sola palabra más, dio media vuelta y salió de la habitación, derrotada por la única noticia que nunca esperó recibir.
El silencio que quedó era pesado. Yo estaba en shock. ¿Embarazada? Eso significaba que había ocurrido en el periodo de "reencuentro" en el departamento que mi memoria apenas procesaba.
Liam se acercó a la cama y se arrodilló, tomando mis manos. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Alba... perdóname. Por dudar, por ocultarte la verdad, por dejar que ella se metiera en nuestro matrimonio. Voy a ser un hombre mejor. Voy a protegerte a ti y a nuestro hijo con mi vida si es necesario. Por favor, dame una oportunidad para demostrarte que este milagro es nuestra señal para empezar de nuevo.
Lo miré. El zafiro en mi cuello, la mansión, las mentiras... todo seguía ahí, flotando entre nosotros. El bebé era una bendición, sí, pero no borraba las cicatrices de la desconfianza. Liam me miraba con esperanza, esperando una respuesta, un abrazo, una señal de perdón.
—Está bien, Liam —dije finalmente, con una voz carente de emoción, asintiendo levemente mientras retiraba mis manos de las suyas—. Pero no olvides que un milagro no es lo mismo que el perdón. Tendrás que trabajar mucho más que esto para recuperar lo que rompiste.
Él asintió, aceptando las migajas de mi atención. Mientras él se sentaba a mi lado, jurando lealtad eterna, yo cerré los ojos y puse mi mano sobre mi vientre. Tenía una nueva vida dentro de mí, y sabía que, por ese hijo, sería capaz de enfrentarme a mil Xiomaras y a mil mentiras más. Pero el amor... el amor por Liam tendría que esperar a ver si las ruinas podían volver a levantarse.
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Editado: 07.02.2026