Lo que me dice mi Corazón

23

El silencio que siguió a la estrepitosa salida de Xiomara fue profundo, casi sagrado. Liam permanecía en silencio al borde de mi cama, con la mirada fija en el suelo, como si el peso de la noticia del embarazo y la expulsión de su madre le hubieran arrebatado las palabras. Yo, por mi parte, sentía el pulso de una vida nueva en mi interior, una pequeña chispa de esperanza que me daba la fuerza para dictar las reglas de lo que vendría después.

​—¿Por qué el departamento, Liam? —pregunté finalmente, rompiendo la quietud—. Si éramos los dueños de la mansión, si esa era nuestra casa... ¿por qué me llevaste a ese edificio de cristal en cuanto desperté? ¿Por qué me hiciste sentir como una invitada en tu vida de soltero?

​Liam levantó la cabeza. Sus ojos azules estaban nublados por una mezcla de arrepentimiento y una verdad que apenas empezaba a procesar.

​—Nosotros vivíamos en la mansión, Alba. Es cierto. Era nuestra base, el símbolo de lo que los Lewis debían ser —explicó, acercándose un poco más pero manteniendo una distancia respetuosa—. Pero cuando despertaste y no sabías quién era yo... me di cuenta de que la mansión estaba llena de fantasmas. Estaba la sombra de mi madre, la presión de los herederos, el eco de nuestra última pelea. No quería que recuperaras la conciencia en un lugar que te recordara el dolor antes que el amor.

​Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad.

​—Compré el departamento el mes que saliste de la unidad de cuidados intensivos. Lo preparé todo pensando que, si alguna vez decidías darme una oportunidad, necesitábamos un lugar neutral. No sabía si querrías volver a vivir conmigo, Alba. No sabía si, al verme, sentirías el rechazo que sentías la noche del accidente. El departamento era mi forma de decirte que estaba dispuesto a empezar de cero, en un lugar donde nadie pudiera decirte quién debías ser.

​Lo escuché con atención. Sus motivos, aunque teñidos de la misma manipulación que lo había caracterizado, tenían un fondo de miedo legítimo. Liam no solo me estaba ocultando; se estaba ocultando a sí mismo de la posibilidad de que yo lo abandonara otra vez.

​—Entiendo —dije, aunque mi voz seguía siendo firme—. Pero ese departamento sigue siendo tuyo, Liam. Es tu diseño, tu refugio, tu control. Y si vamos a intentar que esto funcione, especialmente ahora que viene un bebé en camino, las cosas no pueden seguir bajo tus términos.

​—Haré lo que me pidas —respondió él sin dudarlo—. Si quieres volver a la mansión y que echemos a todo el servicio que responda a mi madre, lo haré. Si quieres que compremos una casa en la otra punta del país, nos iremos mañana.

​—No —lo interrumpí, mirándolo directamente a los ojos—. No quiero la mansión. Ese lugar está intoxicado por Xiomara. Pero tampoco quiero vivir en tu ático de cristal sintiendo que soy una pieza más de tu mobiliario.

​Liam frunció el ceño, confundido.

​—Entonces, ¿qué quieres, Alba?

​—Quiero volver a mi departamento —sentencié—. Al lugar donde vivía antes de que todo este caos empezara, el pequeño apartamento que mis padres aún conservan. O mejor aún, buscaremos un lugar nuevo que sea mío, bajo mi nombre. Pero por ahora, volveré a mi hogar. Y si tú quieres estar en mi vida, si quieres ser el padre de este niño y el esposo que dices querer ser... te mudarás conmigo. A mi territorio.

​Vi la sorpresa en su rostro. El gran arquitecto de la ciudad, el hombre acostumbrado a los techos de doble altura y al mármol importado, viviendo en un espacio donde no podría controlar cada sombra.

​—¿Quieres que viva contigo... en tu departamento? —preguntó, procesando la idea.

​—Sí. Allí no habrá cuadros nupciales rotos, ni informes de detectives, ni cámaras de seguridad que le reporten a tu madre cada uno de mis movimientos. Si quieres ganarte mi perdón, tendrás que hacerlo en el mundo real, Liam. Sin el escudo de tu fortuna y sin las mentiras que el hospital te permitió construir.

​Liam se quedó callado un momento, y luego una pequeña sonrisa, la primera sonrisa honesta que le veía en mucho tiempo, apareció en su rostro. Se inclinó y besó mis manos con una devoción que esta vez no me pareció una actuación.

​—Acepto, Alba. Me mudaré contigo a donde sea. Si tengo que dejar atrás la mansión y el lujo para demostrarte que solo me importas tú y este bebé, lo haré con gusto. No me importa el espacio, siempre y cuando tú estés en él.

​Me recosté en la almohada, sintiendo un pequeño alivio. El poder había cambiado de manos. Ya no era la mujer a la que le daban un collar de zafiro para callar sus dudas; ahora era la mujer que ponía las condiciones para la redención de su marido.

​—Bien —dije, cerrando los ojos por el cansancio—. Pero recuerda una cosa, Liam. Mi departamento es pequeño. No hay lugar para secretos allí. Si vas a entrar por esa puerta, tienes que dejar fuera cualquier rastro de la desconfianza que nos trajo hasta aquí.

​—Lo haré, Alba. Te lo juro por nuestro hijo.

​Asentí, permitiéndome descansar. La guerra con Xiomara no había terminado, y las cicatrices del accidente aún dolían, pero por primera vez sentía que el suelo bajo mis pies era mío. El futuro era incierto, pero ya no era una construcción de Liam Lewis. Era mi propia vida, recuperada de entre los escombros.




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