El sol de la tarde se filtraba a través de los ventanales del ático de Liam, iluminando las maletas abiertas y las cajas de cartón que empezaban a amontonarse en el salón. Salir del hospital se sentía como nacer de nuevo, pero esta vez con el peso de treinta años de vida sobre mis hombros. Liam se movía con una eficiencia silenciosa, guardando sus trajes caros y sus libros de arquitectura, cumpliendo su promesa de abandonar su santuario de cristal para mudarse a mi pequeño apartamento.
Mientras doblaba una de mis blusas, mi mirada se desvió inevitablemente hacia el final del pasillo. Allí estaba aquella puerta de madera oscura, la única que Liam me había pedido explícitamente que no abriera durante los meses de mi supuesta "recuperación". En aquel entonces, pensé que escondía a otra mujer o algún secreto oscuro de su empresa.
—Liam —dije, señalando con la barbilla hacia la puerta—. Estamos empacando todo. No podemos dejar una habitación cerrada si nos vamos de aquí.
Liam se detuvo con una camisa en las manos. Su expresión se suavizó y una pequeña sonrisa nostálgica curvó sus labios. Dejó la ropa sobre la maleta y caminó hacia mí, extendiendo su mano.
—Tienes razón, Alba. Ya no hay más espacio para las puertas cerradas entre nosotros —dijo con voz suave—. Ven.
Tomé su mano y caminamos hacia el fondo del pasillo. Mi corazón latía con una mezcla de curiosidad y temor. Liam sacó una llave que llevaba siempre en su llavero personal, la hizo girar en la cerradura con un clic metálico y empujó la madera.
Me quedé sin aliento en el umbral.
No era un depósito de muebles viejos, ni una oficina secreta. Era un museo. La habitación estaba iluminada por luces cálidas que resaltaban estanterías llenas de portarretratos, cajas de terciopelo y objetos que gritaban "nosotros".
Entré lentamente, sintiendo que el aire se llenaba de la esencia de nuestra vida real. En una de las paredes estaban colgadas nuestras fotos de viajes: nosotros dos riendo frente a la Torre Eiffel, abrazados en una cabaña nevada, y sí, la foto de la playa donde me propuso matrimonio, la original, sin cristales rotos.
—¿Qué es todo esto? —susurré, rozando con los dedos una pequeña caja de música que, al abrirla, tocó la melodía de nuestro primer baile.
—Son nuestras cenizas y nuestra gloria, Alba —respondió Liam desde la puerta, observándome con una vulnerabilidad absoluta—. Cuando te traje aquí después del hospital, el médico me dijo que no debía exponerte a objetos que pudieran causarte un shock. Pero yo no podía tirarlos. No podía deshacerme de lo único que probaba que alguna vez fuimos felices. Así que lo guardé todo aquí. Venía a esta habitación cada noche cuando tú te dormías, solo para recordarme a mí mismo que no te había imaginado, que realmente eras mi esposa y que alguna vez me habías amado así.
Caminé hacia una repisa donde había un par de tazas de café con nuestras iniciales, un poco desgastadas por el uso. Al lado, vi el boleto de un concierto al que fuimos hace tres años y una servilleta de papel donde Liam había dibujado el primer boceto de la casa que queríamos construir, la misma que vi en mis sueños en el hospital.
Las lágrimas empezaron a nublar mi vista. La nostalgia me golpeó como una ola, pero no era una nostalgia dolorosa, sino una alegría agridulce. Cada objeto era un trozo de mi alma que me habían devuelto.
—Mira esto —dijo Liam, señalando una caja grande en el suelo.
La abrí. Dentro estaba mi vestido de novia, perfectamente conservado, junto a un álbum de fotos que Xiomara no había podido tocar. Al pasar las páginas, vi fotos de nuestra vida cotidiana: yo cocinando, él durmiendo en el sofá, nuestras manos entrelazadas en el cine. Era la prueba irrefutable de que, a pesar de las presiones de su madre y de nuestras discusiones, había un amor sólido que nos mantenía unidos.
Me giré hacia él con las mejillas bañadas en lágrimas.
—Gracias por no tirarlo, Liam —le dije, mi voz quebrándose—. Gracias por guardar mis recuerdos incluso cuando yo no podía reclamarlos.
Él se acercó y me rodeó con sus brazos. Esta vez no sentí que me atrapaba, sino que me sostenía.
—Lo siento tanto, Alba. Debí haber tenido el valor de enseñártelo antes. Debí haber confiado en que nuestro amor era más fuerte que cualquier diagnóstico médico.
Me separé un poco para mirarlo a los ojos y luego volví a mirar la habitación llena de tesoros.
—No vamos a dejar nada aquí —sentencié, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano—. Quiero todo esto en nuestra casa. En mi departamento. Vamos a llenar esas paredes con nuestra verdadera historia. Si vamos a empezar de nuevo, quiero despertar cada mañana viendo que lo que tuvimos fue real, para asegurarme de que lo que construyamos ahora sea aún mejor.
Liam asintió, visiblemente emocionado.
—Será como tú digas, Señora Lewis. Cada foto, cada taza... todo irá con nosotros.
Esa tarde, empacar dejó de ser una tarea pesada para convertirse en un rito de recuperación. Mientras guardábamos los recuerdos en cajas acolchadas, sentí que la brecha entre la Alba de antes y la de ahora finalmente se cerraba. Estábamos dejando atrás el lujo frío del ático para mudarnos a un lugar más pequeño, pero lo hacíamos cargados con la riqueza de una vida que, aunque nos intentaron robar, seguía perteneciendo a los dos.
Al cerrar la puerta de esa habitación por última vez, supe que el pasado ya no era una amenaza, sino el cimiento sobre el cual nuestro hijo crecería.
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Editado: 07.02.2026