Artemis se arrodilló frente a la silla ya con la navaja en la mano.
El temporizador parpadeaba sin piedad:
8:59… 8:58…
El sudor le corría por la sien. Él no lo limpió.
—Voy a cortar el cable—dijo con un murmullo casi ronco.
—No lo hagas —susurró Mei—. Por favor… puedes irte.
Artemis la ignoró.
Primero revisó los laterales, luego el mecanismo bajo el asiento.
Una placa metálica de presión, del tamaño de su palma, conectada por dos cables gruesos a la carcasa principal.
Si el peso desaparecía por completo, detonaba.
Si cortaba un cable equivocado, detonaba.
—Genial —murmuró con ironía áspera—. Un cabrón habilidoso lo armó.
Mei frunció el ceño.
—¿Eso qué significa?
—Que esto no es de entrenamiento, señorita Mei —susurró—. Esto es trabajo de artista.
Y justo al alzar el cable principal con la punta de la navaja…
CRASH.
La ventana rota terminó de venirse abajo.
Un golpe de aire movió el polvo del suelo.
Artemis detuvo su mano. Tal vez eso fue una señal para detenerse, alejó su mano y nuevamente volvio a revisar.
Algo no le cuadraba.
Escudriñó más profundo, apartando con delicadeza una capa de madera astillada.
Y entonces vio un segundo cable, tan fino que parecía un cabello metálico, escondido debajo.
Si hubiera cortado sin mirar dos veces, los dos estarían muertos.
—Hijo de… —respiró Artemis.
—¿Qué pasa? —gimió Mei.
Él no levantó la cabeza, su voz salió baja, tensa.
—Hay un cable trampa oculto. Si corto uno sin cortar el otro en el orden exacto… explotamos.
El temporizador marcó 7:39.
Artemis guardó la navaja con un movimiento seco.
—Plan B.
—¿Cuál es el plan B? —la voz de Mei se quebró.
—Salir de aqui con vida—le dijo viendola a los ojos— voy a sacar tu peso del sensor sin que note que te fuiste.
Se agachó, cortó las ataduras del torso de Mei y dejó solo una en sus tobillos.
Luego, metió su mano bajo la silla hasta encontrar la placa de presión.
La tocó.
—Señorita Zhao —dijo, con una calma que no tenía derecho a poseer—. Voy a reemplazar tu peso con mi mano. Necesito que levantes las caderas un centímetro. Solo eso. Si subes más… nos mata.
Mei tembló.
—N‐no…no puedo…
—Sí puedes —susurró él, sin dudar—. Yo te saco de aquí. Confía.
El temporizador bajó a 6:29.
Mei asintió, tragando lágrimas.
—A la cuenta de tres —dijo Artemis, respirando hondo—. Uno… dos… ¡YA!
Mei levantó su peso apenas lo necesario.
La bomba emitió un clic que sonó como un rugido.
Artemis apretó la placa con la fuerza justa.
Con su otra mano, deslizó la navaja y liberó el detonador principal, desconectándolo del sensor sin cortarlo.
Un trabajo tenso.
Lento.
Desesperado.
El temporizador siguió: 5:49… 5:48…
Pero la trampa que dependía del peso… ya no mandaba.
—¡Listo! —exhaló Artemis.
Rompió las últimas ataduras aun sin quitar la mano.
—Levántase. Ya.
Ella se incorporó, temblando.
—¡Corra! —ordenó él.
—¿Q‐qué?.
—Necesito que Corra.
—¡N-no me voy sin ti! —lo tomó de la mano.
—Voy detrás de usted. Pero corra.
—¡Los dos juntos! —gritó ella, desesperada.
Artemis la miró fijamente.
—Confíe en mí.
Ella, sin saber por qué, lo hizo.
—Prométeme que vendrás detrás —susurró.
—Lo intentaré.
Aunque no era una promesa, Mei soltó su mano y corrió… despues de unos segundos volteó a ver si él venía pero no y entonces se detuvo. Artemis la vio.
Había una ventana la cual estaba enfrente a él y le permitía seguirla con la mirada, le gritó:
—Corra, ya voy.
Ella volvio a mirar al frente y siguió corriendo.
Artemis esperó a que ella estuviera lo suficientemente lejos. Luego retiró su mano del sensor, conteniendo el aliento.
La bomba no explotó.
Soltó una risa suave, incrédula.
Ajustó su reloj para sincronizarlo con la cuenta regresiva exacta.
Lo necesitaría para calcular la distancia segura.
4:30… 4:20… 4:15…
Corrió.
Alcanzó a Mei más rápido de lo que ella esperaba. Ella sintió que alguien la sujetó de la cintura y gritó.
—Soy yo.
Artemis la levantó en brazos como una princesa y sin detenerse siguió corriendo.
—Agárrese.
Ella lo hizo. Lo rodeo con sus brazos en su cuello.
2:05.
Una formación rocosa apareció entre los árboles.
—Ahí —dijo él, acelerando con una fuerza casi inhumana al darse cuenta que apenas y les daría tiempo llegar por la distancia que había.
1:10.
Mei miró el reloj de Artemis.
El número descendía como una sentencia.
10 segundos.
Artemis se lanzó detrás de las rocas buscando caer el abajo y ella encima, luego rodó, la cubrió con su cuerpo, la envolvió como un escudo humano.
BOOM.
La tierra tembló.
Astillas, metal y polvo cayeron sobre ellos como lluvia maldita.
Artemis recibió todo.
No gritó.
No se movió.
Solo resistió, apretando los dientes, sosteniéndola, siendo su muralla.
Finalmente, todo quedó en silencio.
La tierra, el aire, los árboles… todo parecía contener el aliento junto con ella.
Mei abrió los ojos, temblorosa.
—¿Artemis…?
Él respiró hondo, dolorosamente, como si el aire le costara, pero aun así abrió los ojos y le regaló una sonrisa que no debería haberse visto tan dulce en un rostro cubierto de tierra.
—Le dije… que no moriría hoy.
Se incorporó con un gruñido leve y le extendió la mano.
Mei la tomó, y cuando estuvieron de pie, algo dentro de ella simplemente cedió.
Lo abrazó. Sin permiso. Sin explicación.
Rodeó su torso con los brazos, pegando su cabeza a su pecho, sintiendo el latido acelerado que aún trataba de volver a la normalidad.
—Te lo agradezco de corazón, chico de ojos lindos —susurró en chino, creyendo que no lo entendería. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas, robándole el control que tanto protegía—. Arriesgaste tu vida por mí cuando no tenías por qué… y eso no lo voy a olvidar nunca.
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Editado: 27.12.2025