“No porque la jaula sea de oro deja de ser jaula; el brillo no sustituye a la libertad, solo la disfraza.”
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La Cosa Nostra avanzaba en bloque, empujando, cerrando espacios, buscando rodearlos.
Dos hombres se desviaron hacia la camioneta blindada.
Uno golpeó el vidrio con la culata del arma.
Nada.
El otro intentó forzar la puerta, tirando con furia, los dientes apretados, los brazos tensos.
El seguro no cedió.
El vidrio ni siquiera vibró.
-¡Mierda! -escupió uno, golpeando otra vez, desesperado.
Desde dentro no se escuchaba nada. Solo sombras moviéndose detrás del cristal oscuro. El blindaje hacía su trabajo. Frío. Implacable.
Alexander lo vio y el cuerpo se le tensó al instante.
-No las van a sacar -dijo entre dientes.
Un disparo resonó de pronto.
No fue certero.
No fue letal.
Fue un aviso.
El "acuerdo" empezaba a romperse.
-¡Cuidado! -gritó Oliver al reconocer el sonido.
Y entonces, el caos escaló.
Artemis recibió un golpe seco en el costado. El aire se le escapó de los pulmones, retrocedió un paso... y respondió sin pensarlo. El codo impactó directo en la mandíbula del atacante, haciéndolo girar sobre sí mismo antes de caer.
Alexander ya estaba ahí.
Cubriéndolo.
Empujó al hombre que se le venía encima y lo lanzó contra otro. Ambos cayeron al suelo entre gritos ahogados y tierra levantándose.
No había uno contra uno.
No había turnos.
Era todos contra todos.
Se movían como si compartieran un mismo pulso, ayudándose sin mirarse, sabiendo dónde estaba el otro sin necesidad de verlo. Un gesto, un cambio en el aire, y reaccionaban.
Un hombre intentó volver a la camioneta con una barra metálica en las manos.
No llegó lejos.
Artemis lo alcanzó por detrás, lo derribó con violencia y, antes de que pudiera reincorporarse, Alexander apareció para patear la barra lejos, enviándola a varios metros.
-Ni lo intentes -gruñó, con voz baja y peligrosa.
La ventaja empezó a inclinarse.
No porque fueran más.
Sino porque peleaban como un solo cuerpo.
Cuando el líder italiano volvió a ponerse en pie, sangrando, furioso, humillado por haber perdido terreno frente a Alexander, este ya estaba frente a él.
Artemis se colocó a un lado.
Oliver al otro.
No lo rodearon por estrategia.
Lo rodearon porque así terminaban las peleas.
El italiano lo entendió.
Lentamente, levantó las manos.
A su alrededor, los suyos gemían, retrocedían o yacían en el suelo, derrotados. Los cuchillos abandonados brillaban inútiles entre la tierra.
El silencio cayó de golpe.
Pesado.
Denso.
Alexander no bajó la guardia.
Otra camioneta apareció levantando polvo... pero no eran enemigos.
Eran los suyos.
-Tomen a estos idiotas y llévenselos -ordenó sin alzar la voz-. Que paguen por entrar a mi territorio.
El líder escupió sangre al suelo, mirándolo con odio.
La Umbra había ganado.
Y el castigo que recibirían los hombres de la Cosa Nostra no sería sencillo... ni rápido.
Los que aún seguían con vida fueron arrastrados por los hombres de Alexander hasta los autos. Los motores rugieron y, uno a uno, se perdieron en la distancia.
Cuando el ruido desapareció, Alexander se giró hacia la camioneta blindada.
Apoyó la mano en el metal frío.
-Ya pasó -murmuró.
Sabía que no podían escucharlo.
Pero lo dijo igual.
Dos horas después, los autos se detuvieron frente a la mansión Williams.
Las rejas de hierro se abrieron lentamente, dejando pasar uno a uno los vehículos. En cuanto los motores se apagaron, las hermanas Zhao descendieron con cuidado.
Mei apoyó primero el pie sano, luego el vendado. Xia estuvo a su lado.
Ambas alzaron la mirada.
La mansión se alzaba imponente, elegante, severa. No gritaba ostentación, pero tampoco modestia. Era un lugar que imponía respeto... y silencio.
No se parecía en nada a las residencias que poseían en China.
Era distinta.
No esperaban que el líder de la Umbra las llevara a su hogar.
¿Estaba bien eso?
No lo sabían.
La curiosidad se mezclaba con la incomodidad. ¿Su esposa estaría al tanto de quién era él realmente? ¿De lo que hacía? ¿De a quién protegía?
¿No le molestaría que dos mujeres desconocidas fueran llevadas a su casa?
Habían causado demasiadas molestias.
Sus guardaespaldas estaban muertos.
La Umbra se encargaba del caos: los medios, los rumores, las negociaciones privadas con otras organizaciones. Un equipo de la Triada sería enviado pronto.
Mientras tanto, permanecerían allí.
No había lugar más seguro.
O al menos eso creyó Mei cuando Alexander les informó que irían a su mansión.
Alexander, Oliver, Artemis, Félix y Dennet descendieron de los autos junto a los demás hombres. Félix y Dennet se habían unido a ellos en el hospital de la Umbra, donde no solo Mei y Artemis habían sido atendidos. Varios hombres habían salido heridos del enfrentamiento.
Artemis se acercó a Mei de inmediato, ofreciéndole el brazo sin decir una palabra.
Ella lo aceptó.
Las puertas principales de la mansión se abrieron.
Tres mujeres aguardaban del otro lado, los rostros marcados por la preocupación.
Hana fue la primera en moverse.
Corrió directo hacia Oliver.
-¿E-estás bien? ¿Te duele algo? ¿Te hirieron? -le preguntó atropellando las palabras-. ¿Por qué mierda hiciste algo tan peligroso? ¿Te crees indestructible? ¿O ya no quieres vivir?.
Lo golpeó en el pecho con los puños, una y otra vez, mientras lo revisaba con la mirada. Moretones. Raspones. Pero nada grave.
Oliver solo sonrió.
-Estoy bien -respondió, antes de rodearla con los brazos.
Hana terminó por apoyarse en él, respirando aliviada.
Alison fue la segunda en ir al hombre que amaba. Alexander la recibió sin dudar, estrechándola contra su pecho.
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Editado: 05.01.2026