Nota:
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Dae-Hyun
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El romance nunca se me dio bien. Siempre me pareció ridículo.
Cada vez que veía a alguien llegar con flores para su pareja, mis amigos y yo nos burlábamos sin pudor.
"Mira a ese idiota, ya va con el perdón" decíamos.
Supongo que esa forma de pensar también nació de la única relación "romántica" que tuve antes de Melany. Durante mucho tiempo creí que tal vez mi manera de ser —seca, práctica, poco demostrativa— fue lo que llevó a esa chica a traicionarme.
Ciertamente lo di todo, según yo.
No era romántico, pero intentaba cumplirle cada deseo. Si quería joyas, se las daba. Si quería viajar, la llevaba. Pensé, de verdad, que eso era amar. Que así se veía el amor desde donde yo estaba.
Hoy entiendo que hay muchas formas de querer… y que también es fácil confundir el cariño, la costumbre o la comodidad con el amor.
Con ella me sentía bien. Quería tenerla cerca. Me dolió su traición.
Pero ahora me pregunto si aquello fue realmente amor.
No lo sé.
Lo que sí sé es que lo que siento por Melany es distinto.
No nace de la obligación ni de la idea de "cumplir". Nace solo. Me nace darle, cuidarla, consentirla. Ella no me pide nada; soy yo quien quiere ofrecerlo todo.
Quiero ser alguien que merezca estar a su lado.
Las cosas que antes me parecían ridículas en una relación, ahora las hago sin pensarlo. Ya no me avergüenzan. Ya no me incomodan.
Porque cuando es ella…
vale la pena demostrarlo.
—¿Y entonces, a dónde vamos? —pregunta Mel mientras caminamos de la mano hacia el jardín de la mansión de Alexander.
Aún no lo ha visto. O eso quiero creer.
Los demás ya deben de estar en el hotel donde será la fiesta. Decidimos que fuera de noche y solo falta una hora para empezar; el día se pasó volando, pero todo quedó genial. Ahora solo tengo 30 minutos para terminar lo que quiero.
Le pedí a Mel que se quedara conmigo.
Necesitaba este momento a solas con ella. Necesitaba hablarle sin el ruido del mundo alrededor.
Está lista. Y se ve hermosa.
Lleva el vestido que le compré ayer, uno que parece hecho para ella. Su maquillaje es sencillo, apenas lo justo para resaltar lo que ya es imposible de ignorar. El cabello lo lleva lacio, solo esta recogido en una parte con una trenza en forma de corona, adornada con pequeñas flores blancas.
La observo un segundo más de lo necesario, como si quisiera grabar la imagen en mi memoria.
—Al jardín —le respondo finalmente, guiándola con suavidad en esa dirección.
Apenas cruzamos el arco de piedra, Mel se detiene en seco.
El camino frente a nosotros está iluminado por velas colocadas a ambos lados, marcando una ruta clara entre los árboles y las jardineras de rosas. No es exagerado. No quería algo ostentoso. Solo… lo suficiente. Lo justo para que se sintiera especial.
Al fondo, cerca del lago, suena un violín.
Suave. Tranquilo.
Mel gira la cabeza buscando de dónde viene la música.
—¿Ese es…? —empieza a decir.
—Henry —respondo—. Pensé en contratar a alguien, pero no quería a nadie ajeno. Esto… —hago un gesto vago con la mano— es nuestro mundo. Y resulta que el tipo toca el violín mejor de lo que dispara.
Al principio, tanto ella como Estrella y las demás, a excepción de Alison, creían que Henry y Andrei trabajaban para la empresa de Alex. Sin embargo, más tarde se les reveló que formaban parte del equipo de seguridad. Ya sabían que eran guardaespaldas entrenados; o mejor dicho, la versión aceptable para describir a los asesinos de la Bratva. Bueno, al menos en el caso de Andrei.
Ella sonríe, todavía sin entender del todo, pero sigue caminando conmigo.
Nos detenemos cerca del lago. El agua refleja las luces de las velas y las pequeñas luces cálidas que mandé colocar entre los árboles.
Respiro hondo.
Aquí es donde normalmente me quedo en blanco.
Nos quedamos en silencio un momento, con el sonido suave del agua del lago como único fondo. Me costaba encontrar las palabras, pero sabía que si no lo decía ahora, no lo diría nunca.
—No soy bueno con estas cosas —dije al fin, rompiendo el silencio—. Nunca lo he sido. Siempre pensé que el romance era una pérdida de tiempo, algo que solo pasaba en las películas o que le ocurría a otras personas... hasta que llegaste tú. Fue entonces cuando me di cuenta de que lo único que estaba perdiendo era la oportunidad de decir lo que realmente siento.
Me giré un poco para mirar el reflejo de la luna en el agua, soltando un suspiro
—¿Sabes qué es lo más irónico de todo esto? —comenté sin apartar la vista del lago—. Que siempre creí que mi vida estaba bien tal como estaba. Era ordenada, segura, lógica. Y resulta que no estaba bien... solo estaba incompleta.
Me acerqué a la jardinera de piedra que estaba a un costado del sendero. Allí, oculto entre las hojas y la sombra, descansaba el objeto que había estado escribiendo. Lo tomé entre mis manos, sintiendo su peso familiar.
No era nuevo, pero tampoco se sentía viejo. Tenía tapas de cuero oscuro, gastadas en los bordes. No llevaba título en la portada; solo una fecha escrita a mano, casi escondida en la esquina inferior.
Caminé de vuelta hacia ella y se lo extendí. Melany lo tomó con cuidado.
—Antes de que me preguntes algo —dije con la voz un poco ronca—, necesito que sepas que... Eso no es un regalo bonito. Es un pedazo de mí.
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Editado: 05.02.2026