Me despojé de la camisa, necesitando el aire frío contra mi piel. Pero cuando me giré para verla una última vez y asegurarme de que se estaba marchando, la vi tambalearse.
—F-Félix... —susurró ella. Se llevó una mano a la frente, buscando apoyo en el borde de la cama—. Me siento... me siento mareada. Veo que todo se mueve.
El pánico me golpeó con más fuerza que la propia droga al verla así. No podía ser cierto.
—No, no, no... Red, mírame —alcancé a decir, olvidando mi propio dolor para sostenerla antes de que sus rodillas tocaran el suelo.
Al tocarla, el mundo estalló. Si antes su contacto me quemaba, ahora era como si nuestras pieles estuvieran hechas de imanes y fuego. Estrella soltó un jadeo pequeño, entrecortado, y se aferró a mis hombros desnudos. Sus dedos, usualmente fríos, ahora estaban tan calientes como los míos.
—Félix... hace mucho calor —susurró ella.
—Maldita sea —gruñí, sintiendo una punzada de odio puro hacia el autor de esa carta. El polvo seguía en el aire, y ella, con sus pulmones pequeños y su cuerpo menudo, lo estaba procesando más rápido de lo que yo esperaba.
La cargué de nuevo, pero esta vez no hubo caballerosidad. Fue un movimiento desesperado. La deposité en la cama, lejos del sobre, pero el daño ya estaba hecho.
Estrella empezó a retorcerse levemente sobre las sábanas de seda.
—Me pica... me quema la piel —balbuceó, y ver su desesperación me hizo entrar en un estado de pánico absoluto.
—Escúchame, nena, trata de respirar lento —le pedí, aunque yo mismo estaba jadeando—. Era la droga, era solo el efecto. No dejes que te domine.
—No puedo... Félix, por favor... —me llamó, extendiendo una mano hacia mí.
Su voz tenía un matiz nuevo, una urgencia que me hizo vibrar hasta los huesos. Verla así, bajo el efecto de algo que yo había liberado, me hacía sentir como el peor de los monstruos.
—No te voy a tocar —me dije a mí mismo en un susurro, retrocediendo un paso mientras luchaba con la erección dolorosa que me nublaba el juicio—. No voy a aprovecharme de esto.
El hecho de que fuera tan débil ante el sexo me hacía la mejor víctima para un afrodisíaco.
Sabía que la droga no había logrado todo, aún faltaba llegar a su máximo, pero antes de eso debía pedir ayuda.
Caminé tambaleante a la mesa de mi habitación.
—Mierda —gruñí al darme cuenta de que mi celular se había quedado con Artemis. Busqué con la mirada, pero Estrella tampoco tenía el suyo.
Estábamos aislados.
Me di la vuelta para intentar pensar, pero el sonido de la seda deslizándose contra el suelo me detuvo el corazón. Al girar, la vi. Se había despojado del vestido.
—Red, no... nena, no hagas eso —supliqué.
Me acerqué tambaleándome, intentando cubrirla con una sábana, pero ella me esquivó. Sus mejillas estaban bañadas en lágrimas; una mezcla de frustración, confusión y ese calor abrasador que nos devoraba a ambos.
—Duele... se siente muy feo —solzó.
—A mí también me duele —admití.
Intenté limpiar su llanto, pero en cuanto mis dedos rozaron su piel, el mundo estalló. Ella me jaló hacia sí, uniendo nuestros labios en un beso que sabía a un delito que me moría por cometer, pero que mi conciencia me prohibía firmar.
No era la primera vez que nos besábamos; la primera había sido un simple juego, un reto vacío durante su fiesta de despedida antes de que regresaran a México. Pero aquel día quedó marcado en mi historial como el momento exacto en que mis cálculos fallaron. Fue cuando descubrí, para mi propia desgracia, que alguien podía convertirse en el centro de tu mundo en un solo segundo, sin pedir permiso y sin ofrecer una ganancia clara a cambio.
No sabía exactamente si lo que se había desatado en mí era una obsesión o un fallo en mi sistema, pero desde ese instante, mi único objetivo fue ella. Mi cuerpo empezó a buscarla y mi mente a procesarla en un bucle infinito, aunque no lograba descifrar el porqué.
Yo, que nunca daba un paso sin huarache, que solo movía un dedo si había un beneficio tangible de por medio, me encontraba ahora orbitando alrededor de una mujer sin una razón lógica. El día que ella cree que la conocí, cuando le arreglé la laptop por supuesta "amabilidad", fue solo una ejecución de mi plan; ella ya estaba en mi radar mucho antes de que supiera mi nombre.
La primera vez que la vi fue el día de la boda de Alexander. Todos creían que yo estaba fuera del país, pero la verdad era que observaba desde las sombras, siempre vigilando, siempre evaluando.
Recuerdo su mirada seria y asustada entre la multitud; intentaba parecer calmada, pero se tocaba el cuello constantemente. Después descubrí que ese era su tic, la señal inequívoca de que sus nervios estaban a punto de colapsar y que deseaba huir de las multitudes que tanto detestaba.
Observé cómo se exaltaba cuando cualquier hombre se acercaba a invitarla a bailar, y cómo apenas pudo sostener la mano de Alexis para entrar a la ceremonia. Parecía tenerle pánico a mi género. En ese momento me reí de ella. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué sacrificaba su propia paz por una amiga? No tenía sentido para mí que alguien pisoteara su comodidad solo por hacer feliz a otro.
En mi mundo, ser egoísta era la única forma de sobrevivir, pero en ella no encontré ni un gramo de ese instinto. Ella escondía su propio tormento con tal de no empañar la alegría ajena. Tal vez llamó mi atención porque yo era la personificación del egoísmo, y ella era todo lo que yo nunca me permitiría ser.
O quizás era algo más oscuro y básico. Ella me miraba como si yo fuera el mejor hombre del mundo, con una pureza que yo no poseía ni de lejos. Y al ser la primera vez que alguien me veía sin las manchas de mi pasado o las sombras de mi ambición, me volví adicto a ese reflejo. Quería seguir viendo esa versión de mí en sus ojos, aunque fuera una mentira.
Sin embargo, esa mentira se sentía demasiado real mientras su cuerpo se presionaba contra el mío.
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Editado: 02.03.2026