Lo Que Me Pertenece: Esposa De Un Mafioso

Cap 78: 7 flores y una confesión

Las horas pasaron sin que nadie lo notara. Quizá porque hacía mucho tiempo que no compartían un momento así, sin preocupaciones, sin conversaciones cargadas de negocios o estrategias. Por un rato dejaron de ser CEO's, herederos o magnates. No había apellidos importantes ni responsabilidades encima de sus hombros; solo eran amigos disfrutando del tiempo juntos.

Las chicas, sobre todo, parecían haberlo disfrutado al máximo. Después de las compras, ellas fueron al salón de belleza para arreglarse las uñas y el cabello.

Ellos, por su parte, esperaron viendo un partido de fútbol, relajados, como si el mundo pudiera detenerse unas horas más.

Más tarde, Hana y Oliver se despidieron del grupo. Ambos habían acordado desde antes que esa noche tendrían una cita. A las nueve en punto.

Oliver había comprado boletos para una película que Hana llevaba tiempo queriendo ver y que, "por suerte", había regresado a la cartelera. No era común que ella pudiera permitirse ese tipo de salidas. Su posición como heredera de los Jung no le dejaba demasiado tiempo libre ni la libertad de caminar por la ciudad como cualquier otra persona.

Sabía que al día siguiente aparecerían fotografías suyas en redes sociales. Sabía que Oliver también estaría bajo la lupa. Pero no le importaba. No quería esconderlo. Era feliz, y no pensaba ocultar la razón de esa felicidad.

Sus padres ya sabían que estaba enamorada de él; se los había confesado antes de que Dae-Hyun se enterara de que Melany estaba embarazada. Su madre, incluso, se alegraba por ello. Ver a sus hijos encontrar el amor era, para ella, lo más importante.

Hana era consciente del impacto que ese tipo de noticias podía tener en su mundo, pero aun así no le preocupaba. Siempre había creído que su vida amorosa y su desempeño profesional eran cosas distintas. Mientras hiciera bien su trabajo, nadie tenía derecho a cuestionar con quién decidía estar.

Después del cine, fueron a cenar. Oliver había planeado toda la cita con cuidado; ella solo se dejó llevar. Hasta ese momento, todo le había encantado. Y estaba segura de que, incluso si solo hubieran caminado por la ciudad tomados de la mano, habría sido suficiente.

Porque cuando se está con la persona correcta, incluso lo más simple -eso que otros considerarían insignificante- se convierte en algo perfecto.

El restaurante fue un acierto. Oliver lo había elegido con atención, consciente de que sorprenderla no era fácil.

Dudaba que existiera algún lugar que ella no hubiera visitado antes, pero aun así quiso intentarlo.

Y lo logró.

Cuando salieron del restaurante, la noche ya se había adueñado de la ciudad. Las luces de Nueva York brillaban con esa intensidad que parecía no apagarse nunca.

Oliver la guio hasta el auto que los esperaba a unos metros. Hana lo siguió sin prisa.

Se acomodó en el asiento del copiloto.

-¿A dónde vamos? -preguntó, más por curiosidad que por necesidad.

Oliver encendió el motor antes de responder.

-Quiero llevarte a un lugar especial.

No dio más detalles. No hizo falta.
Hana apoyó la cabeza contra el respaldo, observando la ciudad a través de la ventana.

El trayecto transcurrió en silencio, envuelto en una calma suave. Afuera, Nueva York seguía latiendo con su ritmo frenético; adentro, el tiempo parecía haberse ralentizado.

Minutos después el auto se detuvo y el silencio se instaló entre ambos. Hana reconoció el lugar apenas abrió la puerta: el aire distinto, el murmullo lejano de la ciudad filtrándose entre los árboles. Central Park, incluso de noche, tenía algo que lo separaba del resto de Nueva York.

Antes de que pudiera avanzar un paso, Oliver la tomó de la mano.

-Confía en mí -dijo en voz baja.

Hana no respondió. Solo sonrió.

Oliver se posicionó detrás de ella para vendarle los ojos con un pañuelo.

-No hagas trampa.

-No lo haré -respondió, divertida.

Dio un paso... y luego otro, guiada por él. El suelo bajo sus pies cambió, el sonido de la ciudad se volvió más lejano. Entonces Oliver se detuvo.

-Espera.

Antes de que pudiera preguntar qué hacía, sintió cómo la levantaba con facilidad, sosteniéndola contra su pecho.

Hana soltó una risa suave, sorprendida, pero no protestó.

Pasó los brazos alrededor de su cuello por instinto, apoyando la frente en su hombro.

-Oliver...

-Ya casi -susurró él.

La cargó con cuidado, avanzando unos metros más.

Cuando volvió a dejarla en el suelo, el mundo parecía haberse detenido.

-Aún no mires -le pidió.

Hana asintió, con el corazón acelerado, sin saber exactamente qué esperaba... pero segura de que estaba a punto de descubrir algo que recordaría toda su vida.

Oliver tomó aire.

Y entonces, lentamente, retiró el pañuelo de los ojos de Hana.

Ella tardó un segundo en reaccionar.

Y luego... se quedó sin aliento.

Frente a ella, el Bow Bridge se alzaba como un suspiro suspendido sobre el parque, su arco elegante iluminado por una hilera de luces LED cálidas que seguían la curva del puente, suaves y delicadas.

El sendero que conducía hasta el centro del puente estaba cubierto de rosas. Pétalos perfectamente acomodados marcaban el camino, guiándola paso a paso, como si no hubiera otra dirección posible más que avanzar.

Hana llevó una mano a su pecho, incapaz de ocultar la emoción.

-Oliver...

Él no dijo nada. Solo la observó, dejando que sus ojos recorrieran cada detalle.

En los barandales del puente, entrelazadas con pequeñas guirnaldas de luz, colgaban fotografías. No eran muchas, pero sí suficientes. Imágenes capturadas en momentos especiales: risas desprevenidas, miradas robadas; la mayoría eran fotos de ella solamente.

Fotos que él había tomado cuando ella no lo veía; algunas en donde estaban ambos eran cortesía de sus amigos.

Ellos les habían tomado fotos más de una vez sin que ambos se dieran cuenta; luego habían ido a dar al celular de Oliver.




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