El ambiente en la sala de la mansión era una mezcla rara: ese vacío que queda después de una despedida importante y una tensión que nadie terminaba de entender del todo.
Tras despedir a la familia Ramírez y a los Kim en el aeropuerto, los que quedaban se habían reunido en los sofás casi por inercia, como si todos necesitaran un momento para procesar el final del evento que los había unido. Sin embargo, aunque estaban en el mismo espacio, cada uno estaba lidiando con algo completamente distinto en su cabeza.
El silencio no era cómodo; era de esos silencios pesados que hacen que mires a los demás esperando que alguien diga cualquier tontería solo para romper el hielo. Más de uno notó que había algo extraño en el aire, una vibración que no encajaba con la calma de la tarde.
Estrella se mantenía lejos del grupo. No solo se había sentado físicamente apartada, sino que emocionalmente parecía estar en otro lugar. Evitaba cualquier contacto visual que tuviera que ver con Félix. Su mirada se quedaba fija en el suelo, en una mancha en la pared o en cualquier punto que no fuera él. Los sucesos de la noche anterior seguían demasiado presentes, demasiado recientes como para que ella pudiera fingir una normalidad absoluta frente a todos.
Félix, en cambio, parecía intacto.
Estaba sentado con una serenidad que resultaba casi irritante, como si nada en el mundo pudiera afectarle o sacarlo de su centro. Pero Alexander no se lo creyó ni por un segundo. Conocía a su amigo lo suficiente para notar cuándo estaba usando su máscara de frialdad profesional. Félix estaba fingiendo, y lo estaba haciendo muy bien, pero Alexander sabía que algo importante había pasado entre esos dos y no pensaba ignorarlo por mucho tiempo.
—Y bien… ¿nos van a decir qué se traen ustedes dos? —preguntó Andrei sin ningún tipo de filtro, rompiendo el silencio de golpe.
Andrei no llevaba tanto tiempo conociendo al grupo íntimo de la Umbra, pero ya no se molestaba en ocultar su verdadera personalidad extrovertida. Ya era demasiado evidente cómo era: directo, incómodo cuando se lo proponía y completamente incapaz de quedarse callado cuando detectaba un secreto en el aire.
Henry soltó una risa seca, negando con la cabeza.
—¿No pudiste ser un poco menos directo, Andrei?
—¿Menos directo? —respondió Andrei, encogiéndose de hombros con total naturalidad—. Si hubiera sido directo de verdad, les habría preguntado de frente si están saliendo o qué.
Su mirada se desvió con toda la intención del mundo hacia el sofá donde estaban Artemis y Mei. Mei se sonrojó al instante, una reacción que no pudo ocultar. Estaba sentada justo al lado de Artemis y, sin darse cuenta, jugaba distraídamente con el anillo que él llevaba en la mano. Era un gesto pequeño, pero que denotaba una cercanía que nadie esperaba ver en alguien como ella.
Desde el sofá de enfrente, Xia entrecerró los ojos. Conocía a su hermana mejor que nadie y sabía que Mei no dejaba que cualquiera invadiera su espacio personal, y mucho menos con esa naturalidad. Definitivamente, no permitía ese tipo de confianza... no tan rápido y mucho menos frente a testigos.
Al sentir el peso de todas las miradas encima, Mei se aclaró la garganta y recuperó su postura erguida. Intentó recuperar su seguridad habitual, pero el leve rubor en sus mejillas seguía delatándola.
—Sé que todos quieren saber qué es lo que pasa —dijo finalmente, tratando de que su voz sonara firme.
Artemis asintió apenas, dándole su apoyo silencioso. Mei ya le había dejado claro que no quería esconderse. Aunque fuera algo muy reciente, ella quería poder tomar su mano o estar cerca de él sin tener que actuar como si fueran extraños.
—Sí, yo definitivamente quiero saberlo —añadió Andrei, pinchando un trozo de fruta mientras se acomodaba como si estuviera viendo un espectáculo de primera fila.
Xia también asintió, esperando la respuesta. Mei fingía que estaba tranquila, pero por dentro su mente iba a mil por hora. Estaba pensando en lo que dirían todos ellos, en cómo lo tomaría Alexander y los demás miembros de la Umbra y en todo lo que podía salir mal si su padre se enteraba. Sabía que, desde fuera, esto no tenía sentido lógico: era demasiado poco tiempo y había demasiados problemas de seguridad de por medio.
Además, estaba el asunto de Félix. Ese era otro problema que le preocupaba. Muchos en ese círculo sabían que ella había estado interesada en Félix no hacía mucho tiempo. Si revelaba lo suyo con Artemis ahora, podían pensar cualquier cosa: que era una forma despechada de provocar a Félix, que no era un sentimiento real o que simplemente estaba jugando con los sentimientos de Artemis. O peor aún, temía que se burlaran de ella si llegaban a sospechar la verdadera razón que había acelerado todo.
—Bien, pero no hagan preguntas incómodas. Solo quédense con lo que les vamos a decir —advirtió Mei, dejando ver un poco de sus nervios.
—Habla ya, Mei. ¿Qué está pasando entre ustedes dos? —insistió Xia, perdiendo la paciencia.
Mei respiró hondo, y, sin soltar la mano de Artemis, soltó la bomba que cambió el rumbo de la tarde:
—Artemis y yo… estamos saliendo.
—¡¿QUÉ?! —la reacción fue inmediata y completamente caótica.
Henry se atragantó con su bebida de tal manera que empezó a toser violentamente, mientras Andrei intentaba ayudarlo dándole palmadas en la espalda, aunque no sabía si reírse o preocuparse por su amigo. Dae-Hyun, Alexander, Oliver y Félix intercambiaron miradas rápidas, todos claramente descolocados por la noticia.
Del otro lado, las chicas reaccionaron de forma totalmente opuesta. Melany, Alison, Hana y Lucía soltaron un grito emocionado que hizo que el pequeño Alejandro se sobresaltara en los brazos de su hermana. La mayoría de ellas ya lo sospechaban; habían notado las miradas robadas, la tensión y la forma en que se buscaban sin darse cuenta. Pero escucharlo oficialmente de la boca de Mei lo hacía real.
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Editado: 30.03.2026