"No hay nada más serio que el juego de la muerte, y en un duelo, uno juega con las cartas que le ha dado el destino".
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—No pueden ir todos. Solo aceptarán a tres acompañantes junto al participante —sentenció uno de los hombres de Krone.
El punto de encuentro no era el sitio del duelo, sino el lugar donde los recogerían para trasladarlos al enfrentamiento final. Owen miró a Alexander con insistencia.
—Queremos ir —le dijo.
Alexander apretó los labios. No le inspiraba confianza asistir sin su equipo de seguridad completo, pero no tenía alternativa; la negociación se había pactado precisamente para evitar una guerra abierta.
—Llegan hasta aquí —ordenó Alexander a su grupo—. Iré con Oliver, Félix y Artemis. Los demás, esperen en la mansión de Félix. Les avisaremos cuando esto termine.
Alexis asintió. Se acercó a Oliver y le dio un abrazo breve.
—Nos vemos en un rato, Kim —se despidió confiando de que no sería la última vez que abrazara a Oliver.
Oliver asintió.
—Por supuesto.
El resto del equipo se despidió y subió a los autos para marcharse, dejando a los cuatro hombres solos con la gente de Krone. El líder del grupo, un sujeto de unos cuarenta años con una cicatriz cruzándole la mejilla y cabello canoso, les señaló una camioneta negra.
Subieron sin perder tiempo. Las puertas se cerraron y las camionetas arrancaron. El trayecto se alargó cerca de cuarenta minutos.
Nadie habló.
Alexander miró a Oliver un par de veces. Iba tranquilo. Demasiado. No revisaba nada, no hablaba. Solo estaba ahí, con la mirada fija al frente.
Y Alexander no lo entendía. No era una pelea más. Era un duelo. Y uno de ellos no saldría con vida.
Desde que Oliver aceptó representar a la Umbra, Alexander no había dejado de darle vueltas. Sabía por qué lo hizo, pero eso no lo hacía más fácil. Él era quien debía resolver ese tipo de cosas, no dejar que alguien más cargara con ellas.
Apretó la mandíbula.
No le gustaba cómo había terminado todo. Ni el acuerdo, ni las condiciones, ni tener que confiar en que Krone respetaría su parte.
Miró otra vez a Oliver.
Su relación no había empezado bien. Durante un tiempo lo vio como un problema más dentro de su círculo. Eso ya no aplicaba. Con el tiempo, Oliver se había ganado su lugar.
Y Alexander no dejaba caer a los suyos.
Por eso le pesaba.
Porque esta vez no podía intervenir. No podía cambiar las reglas ni meter más gente. Todo lo que normalmente haría para proteger a los suyos… no servía aquí.
Desvió la mirada hacia la ventana.
Oliver tenía que volver.
No solo por lo que implicaba para la Umbra.
No solo por el acuerdo.
Si no volvía, Alison no se lo iba a perdonar. Y no iba a tener cómo defenderse de eso.
Pero no era solo por ella.
Alexander no estaba dispuesto a perder a alguien más.
Los vehículos se detuvieron frente a una fábrica abandonada. El portón principal se abrió para revelar el interior de las instalaciones.
Alexander descendió primero, seguido de Oliver, Félix y, finalmente, Artemis. Los cuatro inspeccionaron el entorno: decenas de hombres armados patrullaban el lugar.
Por un segundo, Alexander consideró la posibilidad de una trampa. No era difícil que sucediera; ellos eran solo cuatro y los enemigos los superaban en número. Si Krone decidía matarlos ahí mismo, podría hacerlo sin problemas.
Alexander sabía que el riesgo era alto, pero también que, si algo salía mal, varias organizaciones se unirían para aniquilar a Krone por jugar sucio. La mafia no se caracterizaba por su honestidad, pero incluso en ese mundo existían jerarquías y códigos que no se rompían a la ligera.
—Síganme por aquí —indicó el líder del equipo que había ido por ellos.
Alexander y los demás lo siguieron sin decir nada.
El recorrido fue breve. Cruzaron un último pasillo hasta una puerta metálica. El hombre la abrió y los dejó pasar.
El espacio era amplio, despejado en el centro. Algunos hombres vigilaban desde los extremos.
—Sean bienvenidos. Espero que el viaje haya sido cómodo —dijo Eliam al verlos entrar—. Aquí se llevará a cabo el duelo.
Alexander recorrió el lugar con la mirada un momento y asintió.
—¿Solo estás tú? —preguntó al no ver a Dimitrio, Anna ni a Ashton Beltran.
Eliam esbozó una leve sonrisa.
—Sí. ¿Esperabas a alguien más?
Alexander no respondió a eso.
—¿Quién va a representar a Krone?
Eliam hizo un gesto hacia uno de sus hombres.
—Que pase.
La puerta se abrió. Un hombre de unos treinta años entró sin prisa. Alto, cabello negro, el rostro y los brazos cubiertos de tatuajes. Su forma de moverse era tranquila, pero firme.
Alexander lo reconoció al instante.
—Sombra…
Félix y Artemis intercambiaron una mirada breve.
—Correcto —confirmó Eliam—. Es él.
Oliver no necesitó explicación.
Lo había visto antes. No en persona, pero sí en archivos. Durante su tiempo en la DEA, había participado en un operativo que terminó en nada. El objetivo era capturarlo.
Nunca lo encontraron.
Andrei y Henry lo habían mencionado cuando lo entrenaban.
Ambos coincidieron en lo mismo.
Sombra no se escondía.
A diferencia de Keres, no trabajaba en silencio. No le interesaba el anonimato. Su nombre circulaba, su rostro también. Dejaba rastro a propósito.
Por eso Oliver lo reconoció en cuanto cruzó la puerta.
A diferencia de otros, no trabajaba para desaparecer. No limpiaba sus rastros. Los dejaba como si quisiera que todos se enteraran de que él había sido el responsable.
En ese entorno, no era lo habitual.
La mayoría evitaba llamar la atención. Él no.
Por eso su nombre empezó a circular rápido. No solo por la cantidad de trabajos, sino por cómo los hacía.
Nunca improvisaba. No repetía. Y jamás fallaba.
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Editado: 14.05.2026