"Félix Larey".
—¿Ella sabe sobre todo esto?
Estrella levantó el mentón sin vacilar.
—Claro que sí. Sé quién es él. Sé lo que es la Umbra y sé perfectamente lo que pasó el día del ataque.
Respondió con firmeza.
Mierda, nena… no debiste decir eso.
Todo acababa de complicarse.
Hernesto la observó unos segundos antes de hablar.
—Sabes que, al estar enterada de este mundo, no puedes hablar de ello con nadie. Tu vida corre riesgo desde este momento, ¿verdad?
—Lo sé.
Atraje a Red hacia mí, manteniéndola pegada a mi cuerpo.
—Está permitido que nuestras parejas sepan sobre nuestra vida dentro de las organizaciones. No se rompió ninguna ley.
Hernesto soltó una risa seca.
—Solo en caso de matrimonio, señor Larey. ¿O acaso olvidó una de las reglas principales para los altos mandos?
Un músculo me palpitó en la mandíbula.
—Usted no es cualquier miembro. Es la mano derecha del líder de una de las organizaciones más grandes del país. Debía saber que ella no podía enterarse… a menos que piense casarse con ella o convertirla oficialmente en parte de la organización.
No, no lo había olvidado.
Las reglas dentro de la mafia muchas veces parecían un mal chiste. Probablemente la mitad de los hombres allí habían hablado demasiado con sus amantes, novias o esposas. La diferencia era simple: nadie los había descubierto.
Pero conmigo era distinto.
Yo no era cualquier mafioso.
Era uno de los nombres más importantes dentro de la Umbra.
Y la Umbra no era cualquier organización.
¿Qué se supone que haga ahora?
El problema ya no era solo el tratado de la zona neutral. Ahora había personas que sabían que Estrella conocía lo que realmente era la Umbra.
Sería tan fácil matarlos a todos aquí mismo…
Pero su jefe sabría que fui yo, y entonces todo escalaría a otro nivel. Y eso pondría en peligro a Red y a los demás.
Ninguna de las dos opciones me gustaba.
No podía casarme con ella. No podía arruinarle la vida de esa manera.
Pero tampoco podía hacerla parte de la Umbra.
¿Qué mierda se supone que haga?
—De matrimonio, sinceramente, no hemos hablado. Apenas tengo diecinueve y, aunque mi mejor amiga, la esposa de Alexander, se casó con él a esta edad… creo que habría más controversia si el mundo se enterara de que me casé con Félix, quien es apenas un año mayor que Alexander. No quisiera causarle problemas a él con una noticia así.
La miré confundido.
¿Cómo podía decir algo así con tanta facilidad?
—Pero lo que sí hemos hablado… es de volverme parte de la Umbra.
Sentí que todo mi cuerpo se tensaba.
—Red… —susurré.
Ella ni siquiera me miró.
—Félix se niega, pero yo quiero. Así que estén tranquilos. No diré nada sobre esto porque, muy pronto, seré parte de su mundo.
¿Qué mierda está haciendo?
Giré hacia ella de inmediato.
Esperaba miedo. Aunque fuera un poco.
Pero Estrella seguía tranquila.
De pie, rodeada de hombres armados en mitad de una calle, hablando con una calma que empezaba a inquietarme.
Hernesto sonrió apenas.
—Eso me parece conveniente. Entonces supongo que ese problema dejará de existir pronto.
Estrella sostuvo su mirada sin bajar el mentón.
—Eso depende de que todos aquí sepan manejar la situación con inteligencia.
La tensión aumentó de golpe.
Ella continuó antes de que alguien pudiera interrumpirla.
—Yo entiendo perfectamente el riesgo de saber lo que sé. También entiendo que ustedes tienen razones para desconfiar.
Su voz seguía serena.
—Pero si mi intención hubiera sido perjudicar a alguien de este mundo… ya lo habría hecho hace tiempo. ¿No creen?
Nadie habló.
Aquello no sonó desesperado.
Sonó como una advertencia.
—Así que creo que podemos beneficiarnos todos —continuó—. Ustedes mantienen discreción sobre lo ocurrido esta noche y yo mantendré la mía respecto a todo lo relacionado con la Umbra y el mundo de la mafia.
Hernesto la observó con atención.
—No es como que tengas opción, linda. Si no guardaras el secreto, nosotros nos encargaríamos de ti.
La ira me recorrió de inmediato.
¿Cómo se atrevía a amenazarla?
Pero antes de que pudiera intervenir, Estrella habló.
—Claro. Y si yo representara una amenaza real, no estaríamos teniendo esta conversación.
Los hombres que acompañaban a Hernesto intercambiaron miradas.
—Los hombres que me secuestraron también creyeron que tenían el control de la situación.
La sonrisa de Estrella apenas se ensanchó.
—No les fue particularmente bien.
Hernesto soltó una carcajada.
—Eres más lista de lo que creí.
—En un mundo como este, uno aprende rápido o termina muerto.
La sonrisa de Hernesto se amplió.
—Ahora entiendo por qué el señor Larey está tan interesado en ti.
Contuve una mueca.
Estrella arqueó una ceja.
Hernesto negó con la cabeza mientras soltaba una breve risa.
—Te sabes mover demasiado bien para alguien que supuestamente no pertenece a este mundo.
Lo observé con atención.
—Sostenías esa arma como si no fuera la primera vez que tocabas una. Nos enfrentaste a todos sin una sola muestra de miedo y, cuando tu situación se complicó, no entraste en pánico. Negociaste. Eso me dice que el señor Larey te ha estado enseñando más de lo que debería.
Mierda.
Estrella no respondió. Solo sostuvo su mirada.
Era increíble. Cualquier otra persona habría intentado justificarse. Ella simplemente dejó que sacara sus propias conclusiones.
—No es algo malo —continuó Hernesto—. De hecho, es bastante impresionante.
Miró a sus hombres y luego volvió la vista hacia ella.
—La mayoría de las personas tiemblan la primera vez que descubren cómo funciona realmente este mundo. Tú, en cambio, parecías estar evaluando opciones.
—Entrar en pánico rara vez resuelve los problemas.
Hernesto volvió a reír.
—Definitivamente entiendo qué vio en ti.
Luego dio un paso hacia atrás.
—Bueno, los dejaremos.
Su expresión se volvió más seria.
—Estaré atento a las noticias sobre tu ingreso a este mundo. Y cuando ocurra… te daré un regalo de bienvenida.
No me gustó cómo sonó eso.
Ni un poco.
Finalmente dirigió la mirada hacia mí.
—Señor Larey.
Asentí sin apartar los ojos de él.
—Nos retiramos.
Entonces sonrió.
—Y felicitaciones.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Por tener una novia tan hermosa.
Hizo una breve pausa.
—Y tan capaz.
Algo en esa última palabra me puso en alerta.
No era un cumplido.
Era una advertencia.
Porque Hernesto acababa de reconocer algo que yo mismo estaba empezando a notar.
Estrella encajaba en este mundo mucho mejor de lo que debería
...
Una hora más tarde.
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Editado: 12.06.2026