Félix Larey
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¡Denle like y síganme!.
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"Las mentiras más peligrosas no son las que se dicen a los demás, sino las que uno necesita creer para seguir adelante."
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¿En serio iba a hacer esto?
Exhalé despacio, forzando a mis pulmones a seguir un ritmo constante para mantener el pulso estable.
En mi cabeza la secuencia de acciones había sonado mucho más sencilla. Incluso Artemis aseguraba que aquello funcionaría, aunque, siendo justos, la idea original había sido mía; él solo se encargó de calcular qué tan estúpido me escucharía si intentaba improvisar.
Abrí la puerta del vehículo y le tendí la mano.
-Con cuidado.
Estrella la aceptó en silencio. Todavía le costaba apoyar por completo el tobillo, así que la levanté en brazos antes de que su terco orgullo la hiciera dar un paso en falso.
No protestó. Solo pasó un brazo alrededor de mi cuello y dejó caer su peso contra mi pecho.
Era una sensación extraña. No por el peso, sino por la costumbre.
Había cargado personas antes. Heridos. Cadáveres. Compañeros inconscientes al borde de la muerte tras una operación fallida. Pero sostenerla a ella rompía cualquier parámetro. Jamás encontraba una variable que explicara de forma lógica por qué se sentía tan distinto.
Avancé hacia la entrada del Astraea Dome.
Convencerla de venir no había sido un proceso sencillo. Desde su cumpleaños, todo lo que nos rodeaba había empezado a fracturarse. Luego vino el imbécil de su cita, mi decisión impulsiva de sacarla de allí, lo que ocurrió en mi departamento, el maldito encuentro con Hernesto... y, para rematar, una sala llena de mafiosos [en su mayoría] decidiendo que la forma más eficiente de mantenerla con vida era convertirla oficialmente en mi novia.
Magnífico.
La noche anterior tampoco había ayudado. Dormí apenas un par de horas. Mi mente se negó a apagarse, reproduciendo en bucle el momento exacto en que aceptó el plan con demasiada tranquilidad... la resignación de quien ya no ve otra salida.
No discutió. No exigió nada. Solo aceptó. Y, por alguna razón que todavía no terminaba de procesar, su silencio me molestó infinitamente más que si me hubiera gritado.
Empujé la enorme puerta de madera.
Al cruzar el umbral, el sistema automatizado detectó nuestra presencia y las luces del vestíbulo se apagaron en secuencia.
Un segundo después, el techo desapareció.
Miles de estrellas de luz proyectada invadieron la oscuridad. Las constelaciones comenzaron a trazarse sobre nosotros, transformando la estructura en un cielo imposible en el corazón de Nueva York.
La bajé con lentitud hasta que la suela de sus zapatos tocó la alfombra.
Ella levantó la cabeza.
Durante varios segundos el silencio fue absoluto. Solo observó. Los destellos del techo se reflejaban en sus pupilas como si las estrellas hubieran encontrado la trayectoria exacta donde debían existir.
-¿Qué... qué es este lugar? -preguntó en un susurro.
-El Astraea Dome -respondí, sin apartar los ojos de su rostro-. Lo compré hace unos años.
Giró la cara hacia mí, sorprendida.
-¿Te gusta la astronomía?
Dejé escapar una risa corta, casi imperceptible.
-Me gusta el orden.
Alcé la vista un segundo hacia la cúpula.
-El cielo siempre está donde debe estar. Nosotros somos los que vivimos empeñados en destruir todo lo que hay debajo. Y por muy oscura que sea la noche, las estrellas nunca dejan de brillar. No eliminan la penumbra... solo te recuerdan que incluso en mitad de ella existe la luz.
Volví la mirada hacia ella.
-Supongo que por eso te llamas Estrella. Tienes la mala costumbre de irrumpir en la vida de los demás justo cuando todo parece venirse abajo... y, sin hacer demasiado, consigues que el mundo pese un poco menos.
Ella no dijo nada, solo me miro detenidamente.
Maldición.
¿Por qué demonios era tan complicado hablar con una sola mujer? Podía negociar términos con mafias enteras, firmar órdenes de ejecución sin un solo parpadeo y mantener el pulso en cero mientras la ciudad ardía a mi alrededor. Pero bastaba la presión de esos ojos sobre mí para sentirme caminando en terreno minado.
Me aclaré la garganta, recuperando la postura.
-Lo de ayer fue una estrategia. Y probablemente seguirá siéndolo para los demás.
Ella bajó la mirada.
-Lo sé.
-Pero... me dijiste una vez que nunca habías tenido novio.
Asintió despacio, en silencio.
-Y me niego a permitir que la primera relación que tengas empiece como un simple acuerdo táctico. Estuve investigando... y, al parecer, cuando alguien quiere iniciar algo real, hay momentos que importan. Protocolos que la gente considera indispensables. Pedirle a la otra persona que sea tu novia es uno de ellos. Dicen que es ahí donde todo comienza de verdad.
Hice una pausa para evaluar sus reacciones antes de continuar.
-Nuestra relación no va a ser normal. Nació de las razones equivocadas. Pero eso no significa que tengas que privarte de lo que cualquiera experimentaría al inicio.
Solté un chasquido con los labios, sin pizca de humor.
-Me niego a ser tan imbécil como para convertir tu primer noviazgo en un simple expediente de la Umbra. Bastante culpa tengo ya por haberte arrastrado a este desastre por no manejar la situación como debía desde el principio.
Llevé la mano al bolsillo interior del saco y saqué una caja pequeña de terciopelo negro.
La abrí frente a ella.
En el interior descansaba una fina pulsera de oro. Varias cadenas delicadas se entrelazaban entre sí hasta converger en un centro con pequeños destellos blancos.
Alrededor, cuatro piedras iridiscentes cambiaban de tonalidad con el mínimo reflejo. Verde, azul, turquesa y violeta se fundían sobre la superficie como si la gema hubiera atrapado un fragmento de aurora boreal.
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Editado: 13.08.2026