"No todas las caídas son bruscas; algunas comienzan con un paso que parece seguro."
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Jane despertó antes que el despertador.
No porque estuviera descansada, sino porque algo dentro de ella no había dejado de moverse en toda la noche. Abrió los ojos, Alexander dormía de lado, dándole la espalda. Respiraba profundo, tranquilo.
Ella giró el rostro hacia él, buscándolo sin tocarlo. La conversación de la noche anterior regresó como un eco incómodo.
—Piénsalo, Jane.
—No todo se decide en un día.
Y luego… silencio.
Él dándose la vuelta.
Ella quedándose despierta.
Se levantó con cuidado para no despertarlo. Se vistió despacio. Cuando salió del baño, Alexander ya estaba sentado en la cama, revisando su celular.
—Buenos días —dijo él, sin levantar la vista.
—Buenos días —respondió ella, suave.
—Entrare tarde hoy —comentó—. Te llevo a la universidad.
Jane parpadeó, sorprendida.
—¿Seguro? No quiero que llegues más tarde por mí.
Alexander levantó la mirada por fin y sonrió, esa sonrisa tranquila que siempre parecía resolverlo todo.
—No pasa nada. Prefiero dejarte yo.
El trayecto fue silencioso, pero no incómodo del todo.
Alexander manejaba con una mano en el volante, la otra descansando cerca de la de ella, sin tocarla.
—Sobre lo de anoche… —dijo él de pronto—. No quiero que te sientas presionada.
Jane giró el rostro hacia él.
—No me siento presionada —respondió rápido. Demasiado rápido.
Alexander asintió, como si esa respuesta confirmara algo que ya sabía.
—Solo quiero que pienses con calma —añadió—. A veces la gente de afuera mete ruido. Y tú… tú eres muy sensible a eso.
Jane bajó la mirada.
—Yo solo… —empezó, pero no terminó la frase.
—Lo sé —la interrumpió él—. Por eso confío en ti.
Cuando llegaron a la universidad, Jane vio a lo lejos a sus amigos. Estaban juntos, cerca de la entrada. Al verla, se quedaron quietos. No se acercaron.
El estómago se le encogió.
Alexander estacionó el auto y, antes de que Jane abriera la puerta, él la tomó del codo.
Alexander no la miró a ella. Miró por encima de su cabeza, directamente hacia el grupo de sus amigos. Los sostuvo con la mirada unos segundos. Lo suficiente.
Ellos asintieron. Incómodos. Sin acercarse.
Jane sintió el peso de ese gesto como una mano invisible en la espalda.
—Amor —dijo Alexander entonces, ahora sí mirándola—. Sé que todo lo del otro día fue incómodo.
Ella tragó saliva.
—No les he respondido —confesó—. Ni al grupo… ni a los mensajes privados.
Alexander inclinó la cabeza, comprensivo.
—Lo noté —dijo—. Pero hiciste bien. A veces es mejor centrarse en lo importante. En nosotros. Ya habrá tiempo para arreglar esas tonterías.
Jane asintió, aunque algo dentro de ella se apretó al escuchar la palabra tonterías.
—Si los ves —continuó él—, discúlpame con ellos. Diles que estaba cansado por el trabajo y el viaje. Que no reaccioné bien.
Jane lo miró, sorprendida.
—¿En serio?
—Claro —sonrió—. Incluso podríamos ir otro día a su casa. Cenar o algo. Con calma.
Ese gesto… esa concesión inesperada… la alivió.
—Eso sería bonito —dijo ella, sincera.
Alexander le devolvió la sonrisa. Luego se inclinó, acercándose a su oído.
—Solo ten cuidado, Jane —susurró—. Cuida lo que hablas con ellos. No quiero problemas. No quiero que todo se vuelva una locura… como pasó con tu antiguo mejor amigo.
El cuerpo de Jane se tensó de inmediato.
Ese nombre no dicho.
Ese recuerdo.
—No… no pasará —dijo, pero su voz tembló.
Alexander lo notó. Sonrió igual.
—Lo sé —dijo—. Por eso te lo digo. Porque te amo.
La besó. Suave. Seguro.
—Ten un bonito día —añadió—. Te veo más tarde.
Entró al auto y se fue.
Jane se quedó mirando cómo el vehículo desaparecía entre los otros, hasta que ya no pudo verlo. Inspiró profundo
Se acomodó la mochila y caminó hacia la entrada.
No llegó lejos.
—Jane.
Se detuvo.
Sus amigos se le cruzaron delante, obligándola a frenar. No había sonrisas. No había reproches directos. Solo miradas cargadas de algo que ella no sabía cómo enfrentar.
—Tenemos que hablar —dijo uno de ellos.
Jane apretó los dedos contra las correas de su mochila.
—Ahora no… —intentó.
—No, Jane —intervino otra—. Ahora sí.
El silencio que se formó entre ellos era distinto al de la casa de sus padres. No había autoridad. No había control. Había preocupación.
Y eso… eso le incomodó más.
Jane levantó la vista.
—¿Qué sucede?
Se miraron entre ellos antes de responder.
—Qué fue eso del otro día —dijo uno—.
—Por qué no nos respondías —añadió otra—.
Jane sintió cómo el pecho se le cerraba.
—Es algo complicado… —dijo Jane
—Entonces explícanos —respondieron.
Jane abrió la boca.
Y por primera vez desde que Alexander se había ido…
no supo exactamente qué decir.
Jane respiró hondo antes de hablar.
—Alexander no es así —dijo, casi como si se lo recordara a sí misma—. Estaba cansado. Viajó, trabajó todo el día, y… reaccionó mal. Eso es todo.
Bianca frunció el ceño.
—Jane… no fue solo “reaccionar mal”.
—Sí lo fue —insistió ella—. Él mismo me pidió que me disculpara con ustedes.
Patrick cruzó los brazos.
—¿En serio? Porque desde afuera se vio más como que nos estaba marcando territorio.
Jane negó con la cabeza, incómoda.
—No… él solo es protector. Ustedes no lo conocen como yo.
Alayna habló con cuidado, como quien pisa un suelo frágil.
—No estamos diciendo que sea un monstruo. Solo… fue incómodo. Y tú desapareciste después de eso.