“Existen jaulas que no hacen ruido cuando se cierran”.
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El día después
Dolor.
Una molestia extraña, dispersa. No abrí los ojos de inmediato. Me quedé quieta, respirando despacio, tratando de identificar de dónde venía esa sensación que me apretaba por dentro.
Alexander no estaba a mi lado.
Me senté con cuidado. El movimiento me arrancó un gesto involuntario que reprimí apretando los labios. Caminé al baño casi en puntas, cerré la puerta y encendí la luz.
El espejo no mintió.
No me quedé mirándome demasiado. Bajé la vista, abrí el botiquín y busqué crema. Mis manos se movían solas.
Tapar.
Cubrir.
Desde la cocina llegaban ruidos familiares: platos, la cafetera, música baja.
Normalidad.
Me vestí rápido. Cuando salí, Alexander estaba apoyado en la encimera con una taza en la mano, relajado, sonriente.
—Buenos días, dormilona —dijo, besándome la frente—. Hice café.
Parpadeé.
—¿Dormiste bien? —preguntó, natural, tranquilo.
—Sí… creo.
Su sonrisa se ensanchó, satisfecho. Me acercó una taza, rozándome los dedos.
—¿Ves? —dijo—. Todo está bien. Ayer solo necesitabas soltar.
Sostuve la taza con ambas manos. El calor me tembló un poco entre los dedos.
Me observaba mientras bebía, atento, presente de una forma que no sabía cómo interpretar.
—Hoy hace frío —comentó de pronto—. Ponte algo más cerrado.
Levanté la vista.
—¿Ah?
Tomó una chaqueta de la silla y me la puso sobre los hombros con cuidado medido.
—Para que no se note nada —susurró—. No quiero que te incomoden con preguntas tontas.
Asentí.
—Gracias…
Me besó la mejilla, orgulloso.
—Siempre voy a cuidarte —dijo—. Incluso de ti misma.
Sonreí.
Una sonrisa pequeña.
Habló del trabajo, del tráfico, de cosas sin importancia.
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La universidad estaba igual que siempre.
El murmullo constante, mochilas arrastrándose por el suelo, risas cruzándose en el aire. Caminé por el pasillo intentando concentrarme en eso: en lo cotidiano, en lo normal.
Me senté en mi lugar habitual al final. No había llegado casi nadie aun, así que abrí mi cuaderno. Saqué el lápiz.
Respiré.
Entonces lo escuché.
Risas masculinas. Graves. Macabras justo detrás de mí.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Un nudo seco en el estómago.
La garganta cerrándose.
El pecho apretándose como si alguien hubiera puesto una mano invisible ahí, presionando sin avisar.
El lápiz cayó de mis dedos.
Me voltee con temor. No había nadie ahí.
— ¿Jane? ¿Estás bien? —escuché una voz femenina preguntar pero no alce el rostro para ver quién era.
Asentí demasiado rápido.
—Sí… solo… tengo calor.
Mentí con facilidad.
Me levanté antes de que esa persona pudiera insistir y caminé hacia el baño, contando los pasos para no correr. Cerré la puerta del cubículo y apoyé la frente contra la pared fría.
Las manos me temblaban. El corazón latía desordenado. Sentía una presión incómoda en el pecho.
¿Qué te pasa?
¿Por qué reaccionas así?
Me lavé la cara. El agua estaba helada, pero no me importó. Levanté la vista hacia el espejo.
—No debería sentirme así… —susurré.
Mi reflejo no respondió.
—Que me está pasando…—tragué saliva.
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Me sequé las manos despacio.
Respiré como pude.
Tal vez exagero.
Tal vez estoy cansada.
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Salí del baño y regrese al aula
El profesor hablaba de límites, de cómo un espacio no se define solo por sus muros, sino por lo que permite y lo que prohíbe. Dibujó una línea en la pizarra y la subrayó dos veces.
—Un buen diseño —dijo— no invade. Respeta. El límite no es una barrera arbitraria, es un acuerdo.
Tracé líneas en mi cuaderno sin darme cuenta.
Rectas. Demasiado rígidas.
—Cuando un espacio oprime —continuó—, el cuerpo lo sabe antes que la mente.
El lápiz se detuvo.
Sentí esa presión otra vez, como si alguien hubiera pronunciado una palabra prohibida dentro de mí. Me moví en la silla. Crucé los brazos. Después los descrucé. Nada me acomodaba.
—El cuerpo siempre responde —insistió—. Incluso cuando creemos que estamos bien.
Tragué saliva.
No mires así, me dije a mí misma. No hagas ruido. No llames la atención.
Fue entonces cuando lo sentí.
No una voz.
No un recuerdo.
Una mirada.
Levanté la vista y desde la otra esquina del salón, junto a la ventana.
No la conocía bien. Sabía su nombre solo porque lo escuchaba cuando era nombrada en las listas de asistencia: Lucía.
Aparté la vista de inmediato. Decidí seguir concentrándome en lo que el profesor hablaba.
Pero cada vez que lo hacia la sensación de presión, de encierro, de cuerpos forzados a adaptarse a espacios mal pensados me hacían mover incomoda en mi asiento. Y corrobar la mirada de aquella chica sobre mí.
—A veces —dijo él profesor— el problema no es el espacio… sino quién decide cómo debe ser habitado.
Mis manos empezaron a sudar.
La campana sonó. Cerré el cuaderno rápido. Me levanté con prisa, pero al girar, choqué con alguien.
—Perdón —murmuré.
—No pasa nada —respondió una voz suave.
Era ella.
Lucía.
Tenía los ojos claros y cabello rubio cenizo que estaba sujeto por una coleta alta.
—¿Estás bien? —preguntó con suavidad.
La respuesta automática salió sola.
—Sí.
Ella asintió, pero no pareció convencida.