"Hay días que parecen normales hasta que alguien cruza una puerta y te recuerda quién no eres bienvenida."
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Desperté porque me dolía el cuerpo.
No de una forma puntual.
Dolía todo.
Quise girarme y no pude. —una mano, un peso— me sujetaba desde atrás. Bajé la vista con cuidado y lo vi: el brazo de Alexander rodeándome la cintura mientras este descansaba.
Me moví despacio. Muy despacio.
El dolor se encendió en la espalda, en los muslos, en el cuello. Cerré los ojos un segundo, esperando que pasara.
Logré salir de la cama sin despertarlo. Caminé hasta el baño con pasos cortos, cuidando no hacer ruido. Al cerrar la puerta, apoyé la frente en la madera.
Respiré.
Cuando me quité la ropa, las vi.
Rojas. Moradas. Algunas apenas marcadas, otras más evidentes. Abrí la ducha antes de que el pensamiento tomara forma.
El agua caliente cayó sobre mi espalda y apreté los labios.
Nada malo paso, además de lo de siempre.
Fue una crisis.
Fue cansancio.
Fue mi cabeza.
El espejo estaba empañado cuando salí. No lo limpié.
No fui a clases.
Escribí en el grupo que teníamos con los chicas.
Yo:
No voy a poder ir hoy. Me siento mal.
La respuesta de Bianca llegó rápido.
Bianca:
Está bien 🤍 yo te paso los apuntes después. Descansa.
Dejé el teléfono boca abajo y volví a la cama. Dormí sin soñar.
Cuando desperté otra vez, la casa estaba en silencio. Miré la hora. Casi mediodía.
Alexander ya no estaba.
En la cocina encontré un plato tapado, aún tibio. Pan, huevos, café. Una nota doblada.
Para que comas algo. Te amo.
Sonreí.
Desde la ventana los vi: Alexander y Jean, afuera, limpiando el auto. Reían. Parecían normales. Familia.
Sabía lo importante que eso era para él.
Y cuando Alexander levantó la vista y me vio en la ventana, me sonrio y yo le devolví la sonrisa.
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Los escuchaba reír desde la cocina. El sonido del agua, el balde contra el suelo, la voz de Jean exagerada, la de Alexander más baja, controlada. Como si nada hubiera pasado la noche anterior. Como si el día pudiera empezar limpio.
Me senté a la mesa con el plato que Alexander me había dejado preparado. Huevos, pan tostado, una fruta cortada en partes iguales. Siempre lo hacía así. Nunca dejaba nada al azar.
Comí despacio.
Abrí el teléfono y entré a las redes sin pensar demasiado. Deslicé historias, fotos, vidas ajenas. Gente sonriendo, cuerpos sin marcas, mañanas que parecían livianas. Me sentí fuera de lugar, como si estuviera mirando algo que ya no me pertenecía.
Fue entonces cuando apareció el impulso.
No fue un pensamiento elaborado.
Fue más bien un tirón.
Mamá.
Papá.
Miré la hora. Tarde. Ya no estaban trabajando. Tal vez ahora sí. Tal vez esta vez.
Marqué.
El sonido del llamado me atravesó el pecho. Uno. Dos. Tres tonos.
Nada.
Corté antes de que saltara el buzón de voz.
Me quedé mirando la pantalla apagada, con el pulgar suspendido, como si pudiera obligarla a reaccionar. Volví a marcar. Esta vez al número de mi papá.
Nada.
Sentí ese vacío familiar instalarse en el estómago. No llanto. No rabia. Solo esa sensación de haber hablado al aire.
Guardé el teléfono rápido, como si alguien pudiera verme. A Alexander no le gustaría saber que los había intentado llamar otra vez. No porque me lo hubiera prohibido explícitamente... sino porque ya sabía cómo se ponía cuando "volvía al pasado".
Respiré hondo y seguí comiendo.
Después preparé algo rápido para el almuerzo. Pasta. Nada elaborado. Algo que no requiriera pensar demasiado. Mientras el agua hervía, abrí el cuaderno y avancé en las tareas. Dibujos, medidas, anotaciones sueltas. Intenté concentrarme, pero me faltaba material. Regla especial, cartulinas, un tipo de papel que no tenía.
Suspiré.
Salir me pareció buena idea. Necesaria, incluso.
Fui al dormitorio y me arreglé con cuidado. Me puse un vestido floreado, liviano. Me miré de perfil. Dudé. No vi marcas de inmediato y eso me tranquilizó... hasta que giré un poco más y noté el moretón tenue cerca del hombro.
El estómago se me cerró.
Salí igual.
Alexander estaba guardando cosas en el maletero cuando me vio acercarme.
—¿A dónde vas? —preguntó, con tono neutro.
—Necesito comprar material para la universidad. En el centro.
Su mirada recorrió mi cuerpo de arriba abajo. No fue rápida. No fue disimulada.
Se quedó fija en mi hombro.
—Cámbiate —dijo.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Ese vestido no —añadió—. Se nota.
No levantó la voz. No hizo un gesto brusco. Eso fue lo que más me incomodó.
Bajé la mirada, entendiendo.
—Está bien.
Entré de nuevo a la casa y me cambié por algo más cerrado. Jeans, polera de manga larga. Me sentía ridícula, pero también aliviada. Como si hubiera evitado un problema.
Cuando salí, Alexander sacó dinero del bolsillo y me lo extendió.
—Para lo que necesites —dijo—. Yo te paso a buscar después y damos una vuelta.
Asentí.
—Está bien.
—No te demores —agregó, y me besó la frente como si todo estuviera perfectamente en orden.
Caminé hasta la parada del bus. Cuando subí, me senté junto a la ventana y me puse los audífonos.
Miré mi reflejo en el vidrio mientras el bus avanzaba.
El centro comercial me haría bien.
Cerré los ojos apenas el bus arrancó.
La música llenó el espacio de inmediato. Una melodía suave. Subí un poco el volumen y apoyé la cabeza contra el vidrio.
El traqueteo del bus mecía el cuerpo.
No pensé en nada. Hasta que algo tocó mi rodilla.
Abrí los ojos de golpe.