Cuando el cachorro se pierde en su instinto, la corrección es lo único que lo vuelve a encaminar de su mal comportamiento.
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La casa queda en silencio una vez que ha sido desalojada por gente despreciable. Al menos eso es lo que son para mí.
Aunque eso no quita la ansiedad que todo esto me provoca de la futura reacción de Alexander. Así que lo mejor era distraer mi mente de cualquier forma.
Cogí la escoba, el recogedor y empecé a limpiar cada rincón de la casa. No es que estuviera en si sucio pero era de las pocas cosas que me relajaban cuando sentía que los pensamientos me querían carcomer el cerebro.
Barrí dos veces el mismo rincón.
Acomodé los cojines.
Enderecé cuadros que ya estaban derechos.
Recogí una migaja invisible del suelo.
Cuando terminé, me senté en la mesa del comedor con el computador. Tenía entregas esa semana. Me obligué a concentrarme.
Leí el mismo párrafo tres veces sin entenderlo.
Respiré hondo.
Otra vez como las cientos de veces que ya lo había hecho en el transcurso del día.
Dos horas después, preparé algo suave para cenar. Nada elaborado.
A las seis y media escuché el auto.
Me puse de pie de inmediato.
Alexander entró con una sonrisa dibujada en su rostro. Aun no lo sabía.
—Hola, amor —dijo, dejando las llaves—. ¿Cómo estuvo tu día?
Sonrió. Me besó la mejilla.
—Bien... avancé bastante —respondí—. Te hice algo ligero.
—Perfecto —dijo
Cenamos.
Hablamos de cosas pequeñas. Del trabajo. De mi proyecto.
Yo lo observaba en silencio esperando alguna reacción negativa de su parte.
Empecé a relajarme. Pero la paz no me duro mucho, ya que el sonido de su teléfono inundo el lugar.
—Espera un segundo —dijo levantándose—. Ya vuelvo.
Lo vi salir al pasillo. Escuché su voz baja, tensa.
No distinguí palabras.
Seguía comiendo cuando volvió. Cuando de repente solo alcance a atinar a ver su brazo tirando hacia un lado el plato y derramar su contenido en el suelo. Tal reacción me hizo respingar nerviosamente.
—¿Qué hiciste? —dijo.
—Alexander, yo—
No me dejó terminar.
Me tomó del brazo con fuerza y me levantó de un tirón. La silla cayó hacia atrás.
— ¿Qué hiciste? —repitió, ahora más bajo.
—Yo no hice nada malo —dije, la voz temblándome—. Solo—
— ¡Que mierda hiciste!
Me soltó el brazo con brusquedad provocando que callera de lleno al suelo.
— ¿Sabes lo que me acaban de decir?
Negué con la cabeza.
—Mi madre. Jean. Los dos. —Sonrió sin humor—. ¿Sabes lo ridículo que sonaba todo? ¿Sabes cómo quedé yo?
—Ella vino sin avisar —intenté explicar—. Empezó a insultarme, Alexander. Yo solo—
—¿Solo qué? ¿La echaste? ¿A MI madre?
—Me faltó el respeto.
Rió. Una risa corta, incrédula.
—Siempre tienes una excusa.
—No es una excusa —dije, ya llorando—. Me dijo cosas horribles. Me culpó de todo.
—Porque todo gira alrededor de ti, ¿no?
Me soltó. Caminó por la sala como si necesitara espacio.
—¿Tienes idea de lo que significa la familia para mí?
—Lo sé —susurré—. Por eso intenté—
—No, no sabes nada —me interrumpió—. Porque si lo supieras, no habrías hecho ese show.
—No fue un show —dije, alzando la voz por primera vez—. Me atacaron los dos. Yo solo reaccioné.
Se detuvo.
Me miró como si acabara de decir algo imperdonable.
—Ahí está —dijo—. Reaccionaste. Siempre reaccionas. Siempre haces drama.
—¡No es drama! —grité—. Me trataron como basura en esta casa.
Silencio.
Alexander se acercó despacio.
—Esta es nuestra casa —corrigió—. Y tú te comportaste como una extraña.
—¿Entonces qué debía hacer? —pregunté—. ¿Callarme? ¿Dejar que me humillen?
Me sostuvo la mirada.
—Sí.
La palabra cayó pesada.
—Eso era lo correcto.
Sentí algo quebrarse dentro de mí.
—Yo también soy tu familia —dije—. O al menos eso creía.
Su expresión cambió apenas. No culpa. No tristeza.
Advertencia.
—No vuelvas a ponerme en esa posición —dijo—. No me hagas elegir.
—No te pedí que eligieras —respondí—. Solo que me defendieras.
—Te defiendes sola demasiado —dijo—. Y eso es un problema.
Miré el plato roto en el suelo.
Mi cena.
Mi intento de normalidad.
—Mañana hablarás con mi madre —continuó—. Te disculparás.
—No —dije.
La palabra salió antes de pensarlo.
Su mandíbula se tensó.
—No voy a disculparme por defenderme —añadí—. No esta vez.
Me sostuvo la mirada varios segundos.
Luego habló, despacio.
—No sabes lo que estás provocando.
—¿Eso es una amenaza? —pregunté con la voz rota.
Alexander me miró como si yo fuera increíblemente ingenua.
—No —dijo—. Es una advertencia.
Se dio la vuelta, tomó el respaldo de una silla y la empujó con fuerza contra la mesa. El ruido me hizo sobresaltar.
—¿Tienes idea de la vergüenza que me hiciste pasar? —continuó—. ¿De cómo quedé yo frente a mi familia?
—¿Y cómo quedé yo? —respondí, ya sin lágrimas, solo temblor—. ¿Te importa eso?
Se giró de golpe.
—¡Claro que me importa! —gritó—. Pero siempre eres tú, Jane. Siempre tú, tus emociones, tus límites, tus dramas.
—No es drama pedir respeto —dije—. No es drama que no me insulten en mi propia casa.
—¡Tu casa! —rió con desprecio—. No olvides de quién es esta casa.
Eso fue lo que encendió todo.
—Entonces dime —dije, dando un paso hacia él—, ¿qué soy yo aquí? ¿Una invitada? ¿Una carga?
—Eres mi pareja —respondió—. Y eso significa que representas algo. Y hoy me dejaste como un imbécil.
—No te dejé como nada —grité—. Yo solo intenté defenderme porque tú no JAMAS LO HACES, PORQUE NO ERES MAS QUE UN MISERABLE COBARDE!