ACTO II — INMERSIÓN A UNA REALIDAD DISTORSIONADA
Adiestramiento: romper para moldear
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CAPITULO 16
"No entré a la oscuridad de golpe. Primero, me enseñaron a cerrar los ojos."
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Hice lo que ordenó y me arrodille frente a la puerta del baño.
Me quedé exactamente ahí, en el centro de la habitación, con el corazón golpeándome fuerte. El aire frío acariciaba mi cuerpo desnudo. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que la puerta del baño se cerró.
Pensé en sentarme.
Pensé en cubrirme.
Obedecer era más seguro que pensar.
Respiré hondo.
El sonido del agua cesó. Luego, pasos. Lentos. Tranquilos.
Alexander nunca tenía prisa cuando sabía que yo estaba esperando.
No levanté la mirada cuando lo sentí salir.
—Así —dijo, finalmente—. Quédate ahí.
Su voz no era alta. Nunca lo era cuando estaba realmente en control.
Eso me erizó la piel.
Tragué saliva. Asentí, aunque sabía que no necesitaba verlo.
Caminó alrededor de mí. Fue a su cómoda y sabía que se estaba poniendo ropa, lo confirme cuando se paró frente a mí, pero solo con un bóxer cubriéndolo. Sentí su mirada, un depredador paciente. No me tocó. Y esa ausencia fue más pesada que cualquier contacto.
—¿Sabes por qué me gusta cuando haces caso? —preguntó, casi con curiosidad.
Negué despacio.
—Porque así no tengo que corregirte.
—Hoy aprendiste algo importante —continuó—. Mi familia. Mis tiempos. Mis límites. Todo eso no se discute.
Quise decir algo. Pero mi garganta se cerró.
—Mírame.
Obedecí.
Su expresión no era de ira. Eso era lo más confuso. Estaba tranquilo. Seguro. Como alguien que ya había ganado una batalla.
—Cuando haces lo que te digo —añadió—, todo fluye mejor. Tú estás más tranquila. Yo estoy más tranquilo. ¿Lo notas?
Asentí otra vez.
—No quiero lastimarte, Jane —dijo, acercándose lo suficiente como para que su sombra me cubriera—. Quiero que aprendas.
Aprender.
La palabra se clavó en mí como algo frío.
No respondí. No sabía qué se esperaba de mí. Y eso, al parecer, ya era un error.
—Mírame —ordenó.
Lo hice. Mis ojos ardían, pero no lloré. Todavía.
—Cuando te dije que esperaras —continuó—, no era una sugerencia. Y aun así, te noto tensa. ¿Sabes por qué?
Negué despacio.
Apretó un poco más.
—Porque sigues creyendo que tienes elección.
—El problema, Jane —dijo cerca de mi oído—, es que cuando no aprendes por las buenas, me obligas a ser... más explícito.
—Levántate.
Lo hice rápidamente.
— ¿Ves? —dijo—. Esto es lo que pasa cuando no dudas. Cuando no piensas. Cuando no te resistes.
Caminó alrededor mío otra vez. Cada paso suyo me tensaba más.
—Quiero que recuerdes esta sensación —añadió—. Para que la próxima vez, obedezcas antes de que yo tenga que enseñarte.
Las lágrimas llegaron sin permiso. Silenciosas. Humillantes.
—No llores —ordenó—. No eres una víctima.
Me limpié el rostro con el dorso de la mano.
Uso sus manos para empujarme y caerme al suelo de golpe. No me lo esperaba, lo mire desde mi posición él tenía una sonrisa dibujada en su rostro.
—Párate—dijo firme.
Lo volví a hacer.
Volvió a empujarme antes de que pudiera incorporarme mejor.
—Párate de nuevo— volvió a decir.
Lo volví a hacer y me volvió a empujar antes de poder enderezarme
—Párate Jean—dijo más fuerte.
Volví a pararme, esta vez sí me permitió hacerlo bien, con su mano derecha cogió mi cuello y lo apretó antes de volver a tirarme al suelo de golpe sin ninguna delicadeza.
Mi espalda dolía.
—Voltéate y ponte de rodillas, con la cabeza en el suelo, y las manos en la espalda.
La petición me descoloco. El noto mi cambio.
—Te di un orden Jane—dijo firme.
Lo mire a los ojos estaban fríos era como si se hubiera transportado a otro lugar.
Obedecí, hice lo que me pidió. Mi cuerpo desnudo resintió el frio del suelo, la posición era demasiado explicita él podía ver todo de mí.
Empezó a rodearme, asecharme como una presa indefensa, lista para ser devorada.
Alexander se agachó frente a mí, y apareció en mi campo de visión.
—Así —dijo—. Mucho mejor.
Su voz volvió a ser tranquila. Satisfecha.
—Tienes que entender algo —continuó—. Yo no pierdo el control. Nunca. Todo esto —hizo un gesto vago con la mano— pasa porque tú lo provocas.
Asentí como pude.
—Si te portas bien —añadió—, no hay castigo. Es simple.
Simple.
Se incorporó, dejándome ahí, pequeña, vulnerable, confundida.
—Serán treinta por altanera —ordenó—. Quiero que los cuentes, Jane.
No sabía a qué se estaba refiriendo hasta que sentí un golpe seco en mi espalda, que me hizo salir de la posición que me había sido exigida. Volteé a verlo con temor.
Él estaba imperturbable.
—Dije que serían treinta, Jane, y no veo que estés obedeciendo ni contándolos. ¿Quieres que aumente el número? ¿Es eso? —dijo, viéndome desde arriba con superioridad.
—N-no —respondí en un murmullo.
—¡Ponte en posición AHORA! —gritó.
Me volví a poner como pidió lo más rápido posible, mientras las lágrimas corrían por mis mejillas.
—Cuenta —exigió, para luego volver a provocar el mismo dolor en mi espalda y muslos.
—U-uno —dije con la voz entrecortada.
—¡MÁS FUERTE! —gritó—. Quiero que se te quede grabado que cada uno de estos azotes es por tu mal comportamiento —terminó de decir, para volver a golpear.
—D-dos —dije más alto. Otro golpe.
—Tr-tres —otro.
—C-cuatro—