"La obediencia trae recompensa...o no?"
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La clase continuó, aunque para mí el tiempo parecía moverse con una cadencia distinta.
Más lenta.
El profesor hablaba de proporción, simetría y ruptura, de cómo el arte arquitectónico no solo se sostiene por cálculos, sino por intención. Dibujaba en el pizarrón columnas imposibles, líneas que se desarmaban a propósito para provocar algo en quien las mirara.
—La arquitectura no solo se habita —decía—. Se siente.
Las letras se me iban torciendo. Tenía que releer la misma frase dos veces para asegurarme de que la había entendido. Mi mano se movía un segundo después de que mi cabeza se lo ordenara.
No era cansancio.
Era... otra cosa.
—Jane —me llamó el profesor de pronto—. ¿Qué piensas de esta ruptura del eje central?
Parpadeé, sorprendida.
—Yo... —tragué saliva—. Creo que... obliga al espectador a moverse, a no quedarse cómodo. A buscar un equilibrio que ya no está dado.
El profesor sonrió, satisfecho.
—Exacto. Cuando el equilibrio se rompe, el cuerpo se adapta.
El cuerpo se adapta.
Cuando sonó el timbre final, sentí alivio. Guardé mis cosas con calma. Bianca me esperó apoyada en el borde de la mesa.
—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja—. Te noto... ida.
—Sí —respondí rápido—. Solo... fue una semana larga.
Nos reunimos afuera con los demás. Patrick hacía chistes malos como siempre, Verónica se quejaba del profesor de historia del arte y Alayna revisaba su celular mientras asentía sin escuchar del todo.
—Oigan —dijo Verónica—. Entonces es legítimo lo del fin de semana, ¿no?
—Sí —asentí—. Quedamos con Alexander. Les paso la ubicación más tarde.
—Perfecto —respondió Patrick.
—¿Almorzamos juntos? —preguntó Alayna—. Hay una promo nueva en la cafetería.
Negué con una sonrisa suave.
—No puedo. Quedé con Alexander. Íbamos a hacer unas cosas hoy.
—Cierto —dijo Bianca—. Lo del centro comercial.
—Exacto.
Nos despedimos entre bromas y abrazos. Fui hacia la salida principal.
El auto de Alexander estaba estacionado donde siempre. Él estaba dentro, revisando su teléfono. Cuando me vio, sonrió de inmediato.
—Hola, preciosa —dijo inclinándose para besarme—. ¿Cómo te fue?
—Bien —respondí—. Un poco pesada la clase, pero bien.
—Te ves linda —comentó—. ¿Estás mareada?
—No —negué—. Solo cansada.
Me observó unos segundos más de la cuenta, como evaluándome, y luego arrancó el auto.
—Vamos al Centro comercial —dijo—. El grande. Almorzamos ahí y luego vemos lo que falta para el fin de semana.
—Está bien.
El camino se me hizo corto. Hablamos de cosas simples: del tráfico, de una película que quería ver, de cómo Simón había hecho un comentario estúpido en el trabajo.
Cuando llegamos, el lugar estaba lleno. Gente entrando y saliendo, risas, música suave de fondo. Alexander tomó mi mano apenas bajamos del auto. Su gesto fue natural, automático.
—Primero comemos —dijo—. Luego compramos.
—¿Yo? —pregunté.
—Nosotros —corrigió—. Pero tú eliges.
Entramos a un restaurante de esos que siempre huelen a pan recién hecho. Nos sentamos frente a frente. Él pidió por los dos sin preguntar demasiado, como si ya supiera.
—Espero que no te moleste —dijo—. Sé lo que te gusta.
—No —respondí—. Está bien.
Mientras esperábamos, me observó con atención.
—Te portaste bien hoy —comentó de pronto.
Parpadeé.
—¿Cómo?
—En la universidad. En general. —Sonrió—.
—Solo... intento que todo esté bien —dije.
—Y lo está —aseguró—. Cuando me haces caso, todo fluye mejor.
Llegó la comida. Empezamos a comer. La conversación se volvió ligera. Me habló de planes, de muebles nuevos, de cómo el fin de semana sería tranquilo. Seguro.
—Me gusta cuando estás así —añadió—. Más calmada. Más tú.
Asentí, sin estar del todo segura de qué significaba eso.
Seguimos comiendo en silencio unos segundos más, hasta que la pregunta me nació sin poder evitarla.
—Alexander... —dije, bajando un poco la voz—. La pastilla de la mañana.
Él alzó la vista con calma, como si ya estuviera esperando que lo preguntara.
—¿Qué pasa con ella?
—¿Qué era exactamente?
—Nada malo —respondió—. Algo para el dolor... y un poco para ayudarte a relajar. Nada más.
—¿Por eso me la diste? —pregunté.
—Claro —dijo, apoyando el codo sobre la mesa—. No quería que siguieras sintiendo molestias por lo de ayer. La espalda, los muslos... —bajó un poco la voz—. Sé que te dolía.
Asentí despacio.
—Y además —añadió—, te he visto muy estresada últimamente. Pensé que necesitabas un poco de ayuda.
Jugó con el borde del vaso, observándome con atención.
—Dormiste de largo anoche —continuó—. ¿O me equivoco?
Lo pensé unos segundos.
—Sí... —admití—. No tuve pesadillas.
Sonrió, satisfecho.
—¿Ves? —dijo con suavidad—. Te hizo bien.
—Supongo que sí —respondí—. Me sentí... más tranquila.
—Porque yo sé lo que necesitas —afirmó sin arrogancia, como si fuera un hecho simple—. A veces tú no te das cuenta, pero yo sí.
Asentí otra vez.
—Tienes razón.
Terminamos de comer. Pagó y me tomó de la mano cuando salimos del restaurante. Caminamos por el centro comercial sin prisa. Entramos a tiendas, miramos vitrinas, comentamos cosas sin importancia. Todo se sentía ligero, bonito.
En una tienda de ropa se detuvo frente a un vestido.
—Este —dijo, sacándolo del perchero—. Te quedaría perfecto.
Era bonito. Más bonito de lo que yo habría elegido sola.
—Quiero que lo uses mañana —añadió—. Para la reunión con tus amigos.
—¿Mañana? —sonreí—. ¿Seguro?
—Seguro.
Lo compró sin preguntarme más.